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Glifosato, el herbicida de la polémica

Glifosato
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Pese a la sospecha de ser cancerígeno, la UE le permite seguir en el mercado ►Los estudios, sobre los que existen dudas, difieren sobre su peligrosidad

 

CON GRAN DECEPCIÓN entre los grupos ecologistas y alivio contenido en la industria agroquímica y en parte del sector agrícola, la Comisión Europea aprobó el pasado lunes prorrogar cinco años la autorización al glifosato, el herbicida no específico más usado en todo el mundo al que se le suponen, dependiendo de los estudios a que se atienda, efectos carcinógenos, es decir, capacidad de provocar cáncer. La decisión se produjo prácticamente en tiempo de descuento, porque a este fitocida descubierto en 1970 por un ingeniero de la multinacional estadounidense Monsanto la licencia europea se le acababa el 15 de diciembre, pero la disparidad de criterios científicos y políticos y la presión popular hizo imposible un acuerdo en fases anteriores.

El glifosato se aprobó por primera vez a nivel europeo en 2002, cuando ya estaba libre de patentes, dado que la licencia que protegía el hallazgo de Monsanto expiró en 2000. Antes de 2002, la decisión sobre su uso era particular de cada país. El proceso de renovación comenzó en 2016 y ha sido largo y tortuoso por los numerosos intereses encontrados y la falta de un criterio científico unánime.
Imagen para el EsDomingo (03/12/17)
Finalmente, en comité de apelación, el pasado lunes 18 estados miembros votaron a favor —entre ellos España, partidaria desde el principio de una renovación por 15 años—, 9 en contra —entre ellos, Francia y Bélgica, decididas a su prohibición— y una abstención.

El voto de Alemania, que pasó de abstenerse en votaciones anteriores a apoyar la prolongación por cinco años, fue clave en el resultado. El cambio de parecer ha causado una crisis interna en el país teutón porque el ministro de Agricultura admitió haber actuado según su propio criterio y en contra de las directrices del gobierno, favorable a la abstención. En algunos sectores este cambio de parecer se interpretó como un apoyo a los intereses de la alemana Bayer, que está en proceso de adquirir Monsanto.

Aunque se haya autorizado en Europa, los países tienen la potestad de vetarlo en su territorio y algunos, como Francia, han manifestado que en un plazo de tres años lo habrán desterrado.

BANDOS. La preocupación y oposición que causa este herbicida es tal que la campaña Stop Glifosato, auspiciada por colectivos ecologistas europeos, tardó apenas cinco meses en conseguir 1,3 millones de firmas que avalaran una iniciativa ciudadana europea para pedir la prohibición total de esta sustancia, aunque, visto el resultado, de poco ha servido. Para Greenpeace, uno de los principales motores de esta iniciativa, la decisión de la comisión demuestra que las amenazas de pleitos de la industria han pesado más que la salud pública y del medio ambiente.

Del mismo modo que la campaña Stop Glifosato se afanó en divulgar los datos científicos que desaconsejan el uso de esta sustancia, el sector agroquímico contraatacó con el Portal de Información del Glifosato para «aportar transparencia» a la información sobre el fitocida. A través de este medio, el consorcio de empresas —entre las que se encuentra la multinacional Monsanto o la española Industrias Afrasa S.A., de Valencia— hizo saber que la autorización de cinco años le parece "un triunfo de la política y de la opinión pública sobre la ciencia" y que se ha creado un precedente de inseguridad "que compromete futuras inversiones de la industria agroquímica en Europa".

INVESTIGACIÓN. En el centro de la polémica sobre la autorización del glifosato se sitúan los estudios científicos que avalan su efecto cancerígeno y los que dicen exactamente todo lo contrario, todo ello salpicado de sospechas de falta de objetividad que se cruzan entre unos y otros.

En 2015, la Agencia Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA, en sus siglas en inglés) presentó una evaluación científica del glifosato y llegó a la conclusión de que "es improbable que suponga un riesgo carcinogénico para los seres humanos".

Sin embargo, ese mismo año la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC en sus siglas en inglés), dependiente de la Organización Mundial de la Salud, incluyó el glifosato en el grupo de las sustancias "probablemente carcinogénicas", lo que multiplicó la oposición al herbicida, al tiempo que dio una baza importantísima a las decenas de personas que han denunciado a Monsanto en Estados Unidos por considerar que la exposición al glifosato les causó cáncer, específicamente linfoma no-Hodking.

Como las conclusiones de las dos entidades eran totalmente divergentes, la Comisión Europea solicitó la opinión de la Agencia Química Europea. Esta concluyó que a partir de la información disponible, el glifosato debe considerarse una sustancia que puede causar serios daños oculares y ser tóxica para la vida acuática con efectos a largo plazo, pero que no puede clasificarse como carcinogénica.

Para Greenpeace, la opinión más fiable es la de Agencia para a Investigación del Cáncer, a la que le atribuye el mayor grado de transparencia, dado que se conocen los científicos involucrados en la decisión y los estudios que se tuvieron en cuenta. A la Agencia de Seguridad Alimentaria le reprocha haber incluido investigaciones encargadas por la industria y, por lo tanto, tendenciosas, y tambén que no da a conocer a todos los científicos participantes.

Greenpeace pide que se aplique el principo de precaución contemplado en los tratados europeos para casos en los que una investigación científica objetiva permite sospechar que un producto puede suponer un peligro potencial, incluso si el riesgo no se puede determinar de forma exacta.

Por su parte, el consorcio agroquímico resalta que la Agencia de Investigación del Cáncer no valora el riesgo real para los consumidores, sino que se basa en consideraciónes teóricas. No tiene en cuenta cómo se manipulan las sustancias ni la exposición real que se produce en la vida diaria, lo que explica por qué considera también carcinogénicos la carne procesada o el serrín, alega.

A su vez, una investigación de Reuters le ha reprochado al responsable del comité que clasificó el glifosato como potencialmente carcinogénico, Aaron Blair, haber ocultado al panel de científicos que la actualización de resultados de un estudio epidemiológico realizado por el Instituto Nacional del Cáncer de Estados Unidos, entonces aún sin publicar, demostraba que no existía vínculo entre glifosato y cáncer. Blair respondió que la Agencia solo se basa en información pública.

Esa investigación vio la luz a principios de noviembre y revela que, tras un seguimiento de veinte años a más de 50.000 agricultores que usaron glifosato, no se ha encontrado asociación entre esta sustancia y tumores sólidos o malignidades linfoideas. Pero mientras cierra esta puerta, abre otra, ya que refleja un riesgo más elevado de padecer leucemia entre el grupo de mayor exposición, aunque matiza que se necesita (aún más) investigación.

Glifosato, el herbicida de la polémica