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Camino a la libertad

En contra de la violencia machista. JAVIER CERVERA-MERCADILLO
En contra de la violencia machista. JAVIER CERVERA-MERCADILLO

Durante más de una década Nuria vivió "un infierno". En el caso de Pilar, los malos tratos se prolongaron durante 42 años. Desde hace cuatro, ambas son libres

Nuria y Pilar son hoy mujeres nuevas, con ilusiones y un futuro que quieren disfrutar. Han salido del "infierno", de la "mazmorra" en la que malvivieron durante demasiado tiempo, porque cuando los puñetazos (en la cara o en la autoestima) marcan el día a día y el miedo (al agresor, al entorno, al que dirán...) te roba la voz y la esperanza, la vida solo se puede malvivir. Pero Nuria y Pilar ahora son "libres".

Así se sienten y así lo dicen. Hablan con optimismo, intercalando silencios pero también sonrisas. Su presente es la prueba de que de los malos tratos se sale y así quieren gritarlo. Sus nombres reales se los callan, por tranquilidad y porque lo que de verdad importa es su historia.

MALTRATO PSICOLÓGICO. La de Nuria empieza como tantas otras. "Me casé con mi novio de la universidad. Realmente el noviazgo ya no fue normal. Era conflictivo, no tanto conmigo como con el resto de la gente. Era como si tuviera rencor social, una falta de adaptación, pero yo, por inocencia exagerada y porque me inculcaron ser muy permisiva y tolerante, pensaba que con los años las cosas podrían ir a mejor, que conviviendo conmigo podría superarlo. Ese fue mi fallo, no por sentirme débil, sino por sentirme fuerte. Para mí, el débil era él", cuenta .

"Cuando fui al ginecólogo se echó las manos a la cabeza y me dijo: ‘Estás infectadísima de bichitos'"


Además de fuerte, Nuria era "valiente e independiente". Por eso, pese a que en los once años que duró su matrimonio "no hubo una semana en la que no hubiera una bronca tremenda" y su marido le llamase "puta" todos los días, no se reconocía a sí misma como una mujer maltratada. "Me parecía imposible. Me lo tuvo que decir la psicóloga. Yo usaba la frase que después fue uno de los eslóganes de una campaña: ‘Él me trata mal, pero no me maltrata’". La ausencia de violencia física le impedía ver los otros golpes. "Creo que si hubiera habido malos tratos físicos, yo lo habría detectado antes y habría tenido más posibilidad de reaccionar rápido. El maltrato psicológico es súper complejo, como te va aislando te vas sintiendo culpable. No tienes capacidad de reacción. Él todavía niega que me haya maltratado porque no me pegó".

Pero los malos tratos eran constantes. Aunque fueron padres y laboralmente no les podía ir mejor, la vida de Nuria era un "auténtico infierno". "Siempre había un motivo para echarme una bronca, de lo que fuera. Me quitó las ilusiones de todo. Él, de cara a la gente, era encantador y yo, muchas veces, estaba tan hecha polvo que no me salía ni una palabra. Me autoaislé socialmente porque no le podía contar a nadie lo que pasaba. A mi familia tampoco porque él odiaba a toda la gente con la que yo estaba muy bien y tenía miedo de que les hiciera algo", explica.

Nuria tenía claro que su única salida era el divorcio, pero seguía aguantando por una razón: "Porque sabía que él, aunque fuera un maltratador y todas las semanas me amenazara con matarme a mí y a mi hijo, tendría el derecho de visita. Pensaba que si mi hijo era un poco mayor y pasaba algo gordo cuando se lo llevara, el niño me lo podría contar. No aguanté para que tuviera un padre y una familia tradicional, aguanté porque no me la quería jugar", precisa.

Y Nuria aguantó lo inaguantable, situaciones tan graves que, en una ocasión, incluso peligró la vida de todos ellos. Finalmente, cuando su hijo "empezaba a enterarse ya de demasiadas cosas", tomó la decisión. "Yo no quería que eso lo aceptara como algo normal. La situación me estaba afectando a la salud y yo ya no aguantaba más. Toqué fondo. Aunque tenía asumido que cuando me divorciase me iba a matar, no podía seguir así", relata Nuria.

La primera reacción de su esposo fue de sorpresa. "Dijo que parecía mentira que yo me quisiera divorciar y aún hoy dice que con el tiempo me daré cuenta del buen marido que he perdido". Pero, cuatro años después, lejos de arrepentirse, Nuria está feliz. "No me he arrepentido jamás. Tampoco estoy pensando en esos años tan duros. No miro hacia atrás —afirma—. Pero sí me ha hecho ver las cosas de otra manera. Ahora entiendo muchas cosas y tengo sensibilidad para muchas cosas que antes no tenía. Me ha hecho ver la hipocresía de la sociedad. Esto no se soluciona porque, en parte, no hay una verdadera voluntad de solucionarlo. Hay muchos prejuicios hacia la gente que tiene problemas. A las víctimas en cierta forma se nos culpabiliza, igual que se culpabiliza la pobreza".

Su mensaje para otras mujeres que estén pasando por lo mismo solo admite una lectura: "Que le pongan fin, sin duda. Les va a exigir ser muy valientes y asumir riesgos, pero luego vale la pena porque les va a suponer recuperar la libertad".

"Después de la primera torta siempre vienen más. Que no aguanten porque eso no es vida. Eso es estar muerto en vida"


OTROS TIEMPOS. La historia de Pilar tiene el mismo final, pero a ella la libertad le llegó pasados los 60 y después de 42 años de malos tratos psicológicos y físicos. Los suyos eran "otros tiempos". "Tuve una infancia maravillosa. Estudié, pero mis padres no quisieron que trabajara. Con 20 años, después de un noviazgo de dos años, me casé. Él era un hombre muy suyo...", comenta.

Tan suyo que durante su matrimonio Pilar apenas disponía de dinero y, mucho menos, de atenciones. "Mientras tuve a mis padres no me faltaba nada. Como nos ayudaban ellos, él hacía la vida que le daba la gana. No me prestaba ninguna atención. En los embarazos ni siquiera me preguntaba cómo iban", recuerda.

La indiferencia iba acompañada siempre de desprecios y malas palabras: "Siempre me decía que estaba loca, que le dejara en paz que estaba trabajando. Yo, para no darles disgustos a mis padres, me callaba".

El primer golpe físico no tardó en llegar. "Cuando no sabía aún que estaba embarazada de mi hijo pequeño me pegó. Mis padres, que vivían arriba, oyeron algo tremendo y bajaron. Yo les dije que me dolía la cabeza y me dieron el dinero para ir al médico. Entonces supe que estaba en estado. Cuando fui al ginecólogo se echó las manos a la cabeza y me dijo: ‘Estás infectadísima de bichitos'".

Eran los años 70 y a Pilar le pudo "el miedo al que dirán". "Tenía que haber cogido las maletas y echarlo, pero seguí adelante y la cosa fue a peor: golpes, gritos... Casi no tenía dinero para comer, pero decía que tenía que pagar deudas y gastos. Yo sabía que andaba con otras señoras. A mi casa llegaban facturas de El Corte Inglés de cosas que nunca llegaban. Me hizo tantas... Yo pasaba días, meses, años sin salir a ningún sitio. Eso sí, a veces me llenaba la casa de gente y yo tenía que atenderlos. Tuve enfermedades graves y no se ocupaba de mí. Todo eran desprecios y abandono", subraya Pilar.

Hace cuatro años su paciencia llegó al límite. "Estaba sin teléfono, sin calefacción... Me dio un puñetazo y ahí fue cuando denuncié. Yo ya le había pedido el divorcio. Le dije que me quería separar por su malos tratos físicos y psicológicos y él decía que era mentira. Afortunadamente, mis hijos me apoyaron desde el primer momento. Le pusieron las cartas sobre la mesa y le dijeron que me había tenido como en una cárcel", rememora Pilar que, para afrontar el proceso, contó también con el apoyo de la psicóloga de un Centro de Información á Muller (CIM).

Separarse fue la mejor decisión de su vida. "Me he quedado con muy poquito. Tengo la casa que él hipotecó y ahora tiene que pagar y estoy viviendo con los 400 euros que me tiene que dar, pero no tengo que darle cuentas a nadie y estoy feliz, hasta la gente se da cuenta y me dice que antes estaba abandonada·, apunta Pilar con ilusión.

Al igual que Nuria, a las mujeres que sufren malos tratos Pilar solo les da un consejo: "Que denuncien, aunque tengan 60, 70 u 80 años. Que no esperen porque después de la primera torta siempre vienen más. Que no aguanten porque eso no es vida. Eso es estar muerto en vida. Es preferible tener poco a vivir en una mazmorra. Hay que tener las ganas, las agallas y las fuerzas, pero de esto —concluye— se sale".

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