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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Cruce de caminos

Cómo empezar en Corea del Norte y acabar en París

Ilustración para el blog de María Piñeiro. MARUXA

PORQUE EN el bosque de la cabeza se cruzan caminos rarísimos, leo un reportaje sobre los científicos de Corea del Norte y enseguida pienso en París. Me entero de que, además de programas médicos y nucleares, el país tiene uno específico para hacer más llevadera la vida de los Kim. Una de las líneas de investigación, abierta ya por Kim Il Sung y heredada después por su hijo y ahora por su nieto, intenta descubrir cómo pueden comer sin engordar. Cuidado, no adelgazar, sino comer lo que les gusta sin ganar peso. También se dedica a estudiar cómo hacer que el alcohol y el tabaco, que a todos pirran, no sean tan perjudiciales. Mira tú las preocupaciones de los Kim, rechonchos en un país de hambrientos.

Yo tuve muchos compañeros de Corea del Norte, pero solo con uno compartí pupitre. Era un hombre que pasaba de los 50, con cinturita de bailarín de clásico, pin con el rostro del gran líder en la solapa y cara siempre apesadumbrada que tenía la misión de aprender en un año suficiente chino como para ser admitido en un máster en la mejor universidad de Pekín al curso siguiente. Nada más presentarnos nos provocamos sendos estremecimientos. Me preguntó a qué me dedicaba, le dije que era periodista. Tembló él. Le pregunté de qué era el máster, me dijo que de bioingeniería. Temblé yo.

Para entonces yo llevaba año y medio de observación de los estudiantes norcoreanos y ya sabía algunas cosas de su vida en China: que solo vestían de dos formas, o con traje militar de camuflaje o con camisa blanca y pantalón negro, siempre con la chapa del fundador prendida; que algunos no eran alumnos de la universidad sino vigilantes de los suyos, que si no iban en parejas o pequeños grupos siempre llevaban unos cascos puestos, que no escuchaban música sino discursos, una y otra vez; que jamás se les veía hablando con los únicos con los que compartían idioma, podían charlar en un chino de preescolar con un estudiante de Mali pero los surcoreanos les eran invisibles.

Pasaba las clases a su lado en verdadera tensión de tantas cosas que quería preguntarle y no podía. Meses antes, en un descanso, vi a uno de sus compatriotas al borde del llanto, enrojecer del esfuerzo que exige la contención, apretarse las manos tanto que se le quedaron blancas, mientras un americano le repetía el horror que le parecían las pruebas nucleares en su país. Cuando el profesor pidió silencio porque iba a empezar la clase, soltó un suspiro lentísimo y representó la más pura manifestación del alivio: levantó la cabeza, bajó los hombros, perdió la curvatura de la espalda, abrió las manos y las posó extendidas sobre las pantorrillas. Odié mucho a ese americano por cuanto le hizo sufrir y dejé que la curiosidad me hirviera dentro.

Imagino que él haría lo mismo. A veces lo veía echando una miradita fugaz a alguna de mis cosas, un libro o el teléfono; lo que bebía o comía, las doscientas capas de ropa que me iba sacando al llegar a clase. Pero nuestras charlas eran solo sobre la asignatura.

Un día, poco antes de que acabara el curso, cogió aire y me preguntó cómo volvería a casa. "En avión", le dije. Volvió a la carga: "En avión a Europa...". Le miré mientras se mojaba los labios, reuniendo ánimos: "Y.... ¿cómo es París?". Me lo preguntó de la forma en la que se pide una confidencia, en bajito y casi mirando al suelo, sin creerse que estuviera cediendo a ese interés superficial, a una verdadera debilidad. "Precioso ", le dije, "París es precioso". Le encantó la respuesta y enseguida asintió como si ya lo supiera, confirmando una percepción íntima.

Cuando nos despedimos, nos deseamos buena suerte. Ese hombre que, quién sabe, ahora puede estar analizando la manera de neutralizar la carga metabólica de los Doritos, sacudió mi mano muy firme y repitió "París es precioso", como si fuera una orden.