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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Del ascensor al taxi

DE LAS COSAS más difíciles de entender es eso de Gil de Biedma. Lo de "que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde". Efectivamente, también el propio verso uno lo empieza a comprender más tarde, tardísimo, mucho después de que la vida haya empezado a ir en serio y se da cuenta retrospectivamente todo lo en serio que fue yendo la vida sin que se percatase. Es un poema de lectura obligatoria en el instituto, en la precisa edad ni entiendes (ni atiendes a) nada de eso. Pero, oye, es una semilla. Se te queda dentro y décadas después se abre sola, un esqueje enano que es una certeza, el principio de algo recio, un olivo mínimo. Mira qué te digo, Jaime, toda la razón tienes.

Lo mismo ocurre con aquello que salpica tantos libros, de la autoayuda a David Foster Wallace: cómo todo es ahora, lo único que verdaderamente tenemos, que nos parece tan poco siendo tanto, la importancia de ir por ahí consciente de que estás yendo por ahí y de todo lo que hay mientras vas por ahí.
Imagen para ilustrar el blog de María Piñeiro (30/12/17)
Nunca sabes dónde te va a pillar la trascendencia, así que me dio por pensar en esto en un taxi. Me subí para un trayecto corto y, casi como si se tratara de cumplir una cláusula de un contrato invisible, el taxista empezó enseguida a hablar de la lluvia; en concreto, de lo mal que estaba lloviendo.

Es reduccionista, muchas veces ridículo y también mentiroso, retratar a un pueblo con tres pinceladas. Pero es verdad que hay algunas minucias elocuentes, con asombrosa capacidad descriptiva, y la manera en la que hablamos del llover es, creo, una de ellas. Si llueve muchos días seguidos, nos parece mal; quién puede vivir con esta humedad, no sabes qué ponerte, ya nos podía dar una tregua. Si no llueve, qué invierno es este; dónde vamos a parar con el cambio climático, has visto cómo está el embalse/ río/regato/los campos, esto nunca había ocurrido, es el fin del mundo. Si llueve después de un tiempo muy seco, el problema es que llueve mal, no llueve como tiene que llover, llueve en modo spray, llena todo de niebla, no soluciona la sequía y molesta mucho.

En esas estábamos, enfrascados en hacerle al tiempo una crítica de Boyero a una peli coreana cuando pasamos al lado del Rato. Agarrando el volante a las nueve en punto para tomar una curva, el conductor me pidió que me fijase en esa insignificancia, en ese "pobre río" que "no levanta cabeza" con la porquería de lluvia esta. Humanizar las masas de agua es otra cosa bastante nuestra.

Me fijé. Me pareció que tenía razón y pensé entonces en esa revolucionaria conversación de ascensor que estábamos teniendo, en una charla insustancial sobre el tiempo, de qué manera la repetición no la estaba estropeando sino mejorando. Cómo podía ser.

Ahí, en el coche, donde se habla mirando al frente, no al interlocutor, me agarró la trascendencia. Era aquello, aquel ahora. Ese circular entre el ambiente de aspersor, el ruido del neumático sobre el asfalto húmedo, las ramas vacías, las nubes bajas, el paisaje del frío, la radio de fondo, el runrún de la calefacción, la charla llenando el vacío. Aquello era un ahora como esto lo es también. La vida, que va en serio, es esto, este ahora. Lo que escribo es esto. No es lo que planeo para dentro de un mes, de dos, cuando tenga tiempo libre, las anotaciones en libretas que luego pierdo y más tarde encuentro y solo tienen dos tristes frases, los documentos de texto que guardo con títulos genéricos y párrafos que ya no entiendo a qué venían. Proyectos, proyectitos.

Por eso, y otra vez porque no acabo de hacerlo nunca del todo, me propongo el ahora para el año nuevo, un ahora tras otro, un párrafo tras otro, un aprecio tras otro por hablar del tiempo dentro de un coche mientras fuera llueve y finge el bosque que muere entero para después volver. Pero no ahora. Ahora esto.

Feliz año nuevo.