Sábado. 16.12.2017 |
El tiempo
Sábado. 16.12.2017
El tiempo

María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Recorrido veloz

Visito la casa de un escritor y veo cómo la escritura es tantas veces un trabajo de equipo

ESTE VERANO visité la casa de Tolstoi. Una de sus casas, al menos, en la que pasaba los inviernos. En la puerta me puse unas calzas de laboratorio y patiné por las esponjosas alfombras de un escritor al que le fue bien en la vida, que miraba la nieve caer tras la ventana y enterrar en blanco su jardín mientras sentía que la calefacción era un gran invento.

La visita consistió en pasar muy rápidamente de sala a sala a otra sala mientras las cuidadoras del museo me animaban a no detenerme nunca, a irme cuanto antes. En pocas ocasiones me han gritado tanto al oído, qué experiencia ininteligible. Pararme junto a un cordoncillo para admirar un comedor o una salita a la que se impedía el paso y notar su aliento era todo uno. En mi espesura, tardé mil habitaciones en darme cuenta de que no querían que tocase nada, literalmente nada, tampoco el cordoncillo. Esa era la clave. Como me resultaba muy difícil asomarme a los rincones sin rozarlo, seguí haciéndolo. Ellas siguieron gritándome. El mundo siguió girando.
Imagen para el blog de María Piñeiro
Para recalcar mi condición de paria, el destino colocó a un grupo de turistas japoneses y los dotó de privilegios para mí inalcanzables. Pudieron hacer fotos y tocar cordoncillos, caminar tortugamente por los pasillos y recibir sonrisas de mis temidas gritadoras. Se detuvieron ante las camas de Tolstoi y su mujer, Sofía Behrs, para admirarlas largo rato. Yo también. Las camas del siglo XIX siempre tienen tirón porque evocan a gente minúscula, como si entonces todo el mundo fuera bajito. Lo pensé la primera vez que vi la de Rosalía en una visita escolar y lo vuelvo a pensar cada vez. Esta también, aunque era una pareja alta. En el vestíbulo hay una prueba: el abrigo del escritor en una vitrina, una levita de lana larguísima, con cuello de zorro, para pasear en el invierno moscovita. Lo admiro y enseguida una de mis perseguidoras me hace un gesto universal con la mano: arreando.

A la velocidad que ellas quieren —o sea, mucha— veo las cocinas, el lugar donde se alimenta de agua caliente el sistema cerámico de calefacción, los comedores puestos para una cena, las habitaciones de los niños pequeños, con sus juguetes y primeros cuadernos, la trona donde se sentaba el menor, el armario de la ropa de casa, los cuartitos abuhardillados de los criados.

En la última planta está el sitio que todos habíamos ido a ver, donde ya prácticamente chasquean los dedos para animarte a avanzar, de tanta demanda que tiene: el despacho del escritor, con su escritorio de madera y, otra vez, una sillita que no se corresponde a su altura. Al lado está su vestidor y su obrador, el sitio donde hacía zapatos, una de sus aficiones que durante una temporada convirtió en oficio.

Cuando llego allí ya estoy agotada, así que me comporto y no me asomo, me mantengo alejada de los cordoncillos, desisto. Tampoco pienso ya en Tolstoi sentado a su mesa pluma en mano escribiendo lo de que las familias felices se parecen, pero no las desdichadas, ni en el mundo entero saliendo de su cabeza y pegándose al papel, que es lo que supuestamente nos ha atraído a los japoneses y a mí hasta allí. Pienso en su casoplón y en su extenso jardín, en la cantidad de cosas que hay que hacer para llevar adelante una vivienda así, en sus trece hijos, en las muertes de cinco de ellos y en seguir adelante después de que ocurriesen. Pienso, en fin, en su mujer, en Sofía Behrs, en cómo copió a mano siete veces (siete) el manuscrito de Guerra y Paz y otros muchos quizás menos veces, en cuántos diarios de la vida de su marido escribió y por eso ahora conocemos tanto del escritor, en las miles de fotografías que tomó.

Cuando salgo por la puerta principal la recepcionista levanta el ceño a modo de despedida. En la tienda, me entero de la razón de los privilegios nipones: una entrada más cara, que hubiera pagado con gusto para poder rozarme a lo loco con todos los cordoncillos. Me compro una taza con una foto de Tolstoi en su jardín. Es de sus últimos años y parece el Fernando Fernán Gómez de sus últimos años. Por supuesto se la hizo Sofía, que es, al fin y al cabo, la que también me ha llevado hasta allí.