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Crece de una vez, niño grande, ¿quieres?

e.e.cummings. EP
e.e.cummings. EP

Tras la experiencia de la Gran Guerra, de la que se han cumplido cien años, el poeta e.e.cummings escribió su única novela, en la que se reflejan la estética y el pensamiento desarrollados en su corpus poético

NUESTRO MUY estimado e.e. cummings,
Dinos tú, quién eres. Quién eres tú que escribías y pintabas. Que eras poeta y pintor, o pintor, primero, como alguna vez, en alguna carta, afirmaste. Dinos quién eres, porque es posible que los que leamos tus poemas queramos entender.


Naciste en Cambridge, Massachusetts, aquel octubre de 1894. No era mal lugar, aunque eso no te hace mejor ni peor que nadie, solamente, digamos, un niño suertudo con una infancia feliz, amado y bendecido. Sabemos, porque lo has contado, que para ti el ser humano ha de ser único y que su singularidad es inconmensurable. Esto, está claro, trasciende las fronteras de Massachusetts. Pero ¿qué significa? ¿Hay, acaso, manera de explicarlo? Has tratado de exponerlo en verso. Porque tú —dinos, si puedes, quién eres— fuiste un poeta escurridizo y respondón, y, al mismo tiempo, tradicional y romántico. No tiene que haber paradoja alguna, aunque, es cierto, la han buscado, los críticos, los estudiosos, los sorprendidos.

Tu poesía no se enmarca en el edificio lírico de principios del siglo XX tan fácilmente, o quizá sí ¿no crees? Fuiste, en aquel aquí y ahora tan importantes para ti, un inquilino inquieto y, por qué no decirlo, juguetón. Subías y bajabas, entrabas y salías de los apartamentos vanguardistas en los que se fraguaban revoluciones estéticas y miradas al mundo. Un poco de dadá, un poco de cubismo. Desde allí, o puede que desde otra ventana, solitario, mirabas a Europa y recogías tradiciones para luego pulverizarlas en una sátira poética que, trata de ser sincero, desorientó a muchos, y no para bien, precisamente.

En su única novela se reflejan la estética y el pensamiento desarrollados en su corpus poético, aunque para muchos no haya habido nunca un corpus


Pero, venga, cuéntanos desde el principio. "Nací en mi hogar", dices. Y te afanas en que comprendamos que hogar no es cualquier espacio donde habita cualquier familia, que entendamos que, en tu caso, hogar fue un lugar irremplazable donde pudo llevarse a cabo, a través del amor, la construcción del yo. Tu padre, profesor en Harvard primero y, más tarde, predicador unitario influyente en la comunidad, y tu madre, a la que calificabas de heroína por su coraje y su sensibilidad, fueron los pilares idolatrados de un yo en obras, consciente tanto de sus privilegios como de su singularidad. Les escribiste poemas. "Si hay algún cielo mi madre (para ella sola) tendrá/uno". "...Mi padre estará (profundo como una rosa/alto como una rosa)...". Eso escribiste. Aquella casa de estilo colonial, en el 104 de Irving Street, muy Cambridge, muy mansión, muy de clase, muy icónica del intelectualismo de la época. Aquella casa fue tu hogar. De ahí salió tu yo y casi con rabia ¿no te parece? defendiste siempre al individuo frente a todo lo demás. Quisiste preservarte siempre en aquel tiempo detenido. "Quién eres, pequeño yo/ (de cinco o seis años de edad) que observas desde una alta/ ventana: el dorado/ ocaso de noviembre/ y que piensas: que si el día/ ha de convertirse en noche/ este es un hermoso modo de hacerlo".

Esa sociedad que se iba gestando en tu juventud, después de la guerra, y que siguió todavía más allá, borrando perfiles y repartiendo máscaras de igual tamaño, con el mismo rictus, esa América consumista y anónima, fue blanco de tus versos. Muchos han dicho sobre ti, sin embargo, que jamás saliste de la burbuja de Harvard, juvenil, inocente y simple —por ende, falsa— en la que la felicidad viene dada por el amor. Otros te han defendido y ven en ti una poesía trascendente. ¿Qué tienes tú que decir a eso? Siempre, a pesar de la guerra, a pesar de la muerte, te ha gustado jugar. Puede que por eso no respondas nunca.

Para algunos su poética era un juego de niño grande; hoy es considerado un imprescindible de la poesía nortemericana del siglo XX


Condujiste ¿te acuerdas? una ambulancia durante la Primera Guerra Mundial. Hubo un malentendido. Te hicieron prisionero en un campo, junto con un amigo. La determinación de tu padre —y sus contactos — os sacó de allí a los dos. Nunca negaste, por otro lado, ese trato de favor reservado a los de tu clase. Lo que te fue dado hacer con eso lo podemos ver, si queremos, si entendemos, en tu poesía. También escribiste una novela, tu única novela, titulada La habitación enorme, en la que cuentas esa experiencia. Después fueron los versos.

Te fuiste a París, estudiaste arte, viviste, reconócelo, como un esnob. En una ocasión, declaraste: "La poesía —y cualquier otro arte— es y será siempre exclusiva y claramente una cuestión de individualidad". Después, Nueva York, Grenwich Village, como no podía ser de otro modo. Diseccionabas la ciudad, con ironía lingüística. Una vez allí, seguiste jugando ¿verdad? Hay quien ve reminiscencias orientales en esos poemas haiku que en realidad no se parecen al haiku pero que lo recuerdan, formalmente. Porque lo que intentabas decir era que el yo es un misterio y que ahondar en ese misterio puede que sea lo único que importa. Le das vueltas a esa idea, vuelves sobre tus pasos, contemplas la naturaleza, te haces el romántico. Tus detractores dicen que le das demasiadas vueltas al amor, como un chiquillo, dicen. ¿Qué tienes que contestar a eso? ¿Has conseguido, así, trascender? Escribes: "...no sé qué hay en ti que se cierra/ y se abre; pero algo en mi comprende/ que la voz de tus ojos es más profunda que todas las rosas/ nadie, ni siquiera la lluvia, tiene unas manos tan pequeñas".

Edward Estlin Cummings escribió obras de narrativa y teatro y un libro de crítica, pero sobre todo fue poeta, con una docena de títulos publicados entre 1923 y el año de su muerte


Te dio por escribir sonetos. ¿En serio? Muy a lo Dante. Podrías parecerte al nuevo dandi del siglo XX. Aunque en ocasiones, siéntete libre de confesarlo, hablabas como un loco ordinario, maldita sea. Tú y tus jeroglíficos. Te gustaba viajar y te fuiste a la URSS. Regresaste con tus ideas más marcadas, con tu sensibilidad herida y te sacudiste con espanto tu traje bien cortado de individuo irremplazable. De individuo-héroe, de ser humano libre, de artista. "Usted y nadie más [dices], es quien decide su destino y crea su suerte". Publicas No Thanks porque no puedes desprenderte de esa ironía punzante, de lo que viste y te dejó helado. De ahí te salieron versos: "Los kamaradas mueren porque así se les ordena/ los kamaradas mueren antes de hacerse viejos (los kamaradas no tienen miedo de morir/ los kamaradas no creen/ los kamaradas no creerán/ en la vida) la muerte sabrá por qué". Eso, por qué eres tan niño. ¿Acaso crees que al comunismo le interesó, alguna vez, tu lirismo satírico? Que no te importa, nos dirías. Que, además, qué otra cosa piensan los adultos si no es en la vida y en la muerte, nos dirías, en cómo hacer esas dos cosas. Y tienes razón, no lo negamos, pero ¿puedes, por un minuto, dejar de escabullirte en ese pasado idílico? ¿En esa infancia tan plena, tan perfecta? No nos resulta difícil imaginarte al piano con una de tus tías, un atardecer de primavera, tocando algún nocturno, pongamos. Tu madre, no muy lejos, copiando sus poemas preferidos en una libreta amada, que luego conservarías como un bien preciado. Tu padre, un poco más allá, en la sala contigua, con sus colegas de Harvard, hablando del significado metaliterario de Keats o de Emmerson. Fuera, los dos manzanos, despidiendo el aroma dulzón con el que estabas ya familiarizado, que siempre te hacía volver con la mente a la casa venerada. Esa escena, no negarás la evidencia, te proporcionaba seguridad. Sin embargo, de la seguridad has dicho que es esclavitud, que "ningún espíritu libre ha soñado nunca con la seguridad". Ese individualismo radical tuyo, tan solo por preguntar, ¿no te llevaría a contradecirte algo? En el fondo, admítelo, eras un sentimental. Escribiste odas y cantos a la unión amorosa, intentaste recoger con acertijos un éxtasis estético. Te podía la emoción. No te lo reprochamos, aunque muchos lo han hecho, los críticos serios que alaban exclusivamente a los poetas serios, a los poetas mayores —léase adultos—. Lo que se puede decir de ti, al final, sin ánimo a equivocarse demasiado, es que fuiste un revoltoso. Un erudito y refinado caballero revoltoso correteando entre siglos de poesía universal, pero inventando tu propio juego. Nadie más ha seguido tu ritmo y tú, admítelo, no has querido entretenerte con ellos. Para ser un niño como tú, tenían que haber sido otros. "Nadie más puede estar vivo por usted ni usted estar vivo por alguien", dijiste. Y también: "En eso radica la responsabilidad del artista".


Fuiste responsable, coherente, irreverente y experimental. Y todo lo contrario. Escribiste poemas que tiemblan como si fueran seres. "La poesía consiste en ser [proclamaste rotundo], no en hacer". Y después dijiste que preferías escribir tu nombre con minúscula.

Crece de una vez, niño grande, ¿quieres?