LA COMPOSICIÓN química de Carlos Herrero es un desafío a la ciencia: el cerebro analítico de un científico combinado con la capacidad de persuasión de un vendedor de motos y el encanto personal de un seductor. ¡Cómo no va a tener facilidad para las relaciones humanas un experto en redes neuronales, capaz de explicar cómo se comunican entre ellas dos neuronas que a lo mejor están solas en el cerebro y no se han cruzado en toda su vida! No es raro que el puesto de profesor y de investigador en la universidad se le hiciera un poco pequeño y decidiera dar el salto a la política universitaria, eso sí, siempre desde el conocimiento atómico: en la campaña que le dio su primer mandato como vicerrector del campus de Lugo visitó uno por uno 510 despachos y obtuvo los votos que le confirieron la sustancia de rector a su colega y amigo Senén Barro.
Eso le ha dado un tremendo margen de maniobra como virrey lucense, puesto en el que lleva ya seis años y en el que se encuentra tan cómodo que las malas lenguas dicen que se acaba de romper la pierna —le han quitado la escayola hace cuatro días— porque de tanto pisar moqueta ya no sabe andar por la calle. "En un puesto como el mío, en ocasiones tienes cierta falta de contacto, lo cual también es bueno porque hay que poner cierta distancia con las cosas para verlas con perspectiva. Pero de ahí a olvidarse de mantener el contacto con la gente de la universidad… Bueno, vale, es una justificación. Otros dicen que le encanta estar en la pomada. Tanto que parte de la ciudad da por hecho su salto a la otra política, a la del fango y la puñalada. "Claro que me gusta estar en la pomada”, reconoce, "y seguro que tengo el perfil. Pero las dos condiciones para ser un cargo público es tener salud y querer. De verdad, no me atrae la política”. Para ser sincero, he oído por ahí que ya ha rechazado alguna oferta en ese sentido, pero la ventaja que da la práctica en laboratorio es que una afirmación categórica sólo dura lo que duran las circunstancias específicas del experimento: "Hay determinadas responsabilidades políticas que en un determinado momento me gustarían, pero desde luego ninguna de ellas es la de concejal o la de alcalde”. Ya veremos.
Además, qué quieren que les diga, yo creo que valdría. Su formación académica y personal le ha dado algo de lo que carecen otros muchos, la perspectiva suficiente para valorar lo que aquí somos sin menospreciar lo que son los demás. No es extraño en un hombre que se aficionó a los toros mientras estudiaba en Burdeos o que conoció a su esposa, que es de Malpica, en una visita a la universidad de Kansas City. Es afable y de conversación fácil, a veces demasiado. Es consciente de su capacidad de seducción y la tiene trabajada, sabe cómo usar la mirada y como remarcar sus argumentos con una gestualidad generosa de sus manos y un rostro tan expresivo que el labio inferior tiene tendencia a la mueca. El pelo ya va escaseando pero está aprovechado con dignidad, y el traje de combate tiene ese aire anodino de los trajes de combate, pero el conjunto es eficaz.
Aunque aquí merezca sólo unas líneas, la universidad se lleva buena parte de conversación. Echa de menos la docencia, "porque yo lo hago bien, joder”, pero le gusta su actual trabajo y está orgulloso de lo conseguido y se le nota. La reciente certificación de la facultad de Veterinaria como una las mejores de Europa ha sido la guinda, lo que le permite hasta darse el gusto de la mala baba: "Me alegro de que todo saliera tan bien, no sólo porque saliera bien, sino porque los que decían que toda iba mal no tuvieran razón”. No ve con el mismo optimismo la situación en los órganos de gobierno de la universidad, con un pacto entre las tres "sensibilidades” —su lado sensible es socialista— difícil de gestionar en un ámbito cuyas circunstancias políticas se aproximan más a una reunión de una comunidad de vecinos que a otra cosa. Tiene fama de ser un duro negociador y de saber elegir sus batallas, así que no creo que tenga mayores problemas.
Y, la verdad, tampoco es que se le vea muy preocupado con el tema. Pone mucho más interés en vivir, en el Breogán, en conservar su fama de perfecto anfitrión para sus amigos, en sus relojes —por la maquinaria, no por el lujo—, en cómo llegar a hacerse con un clásico 911 o en encontrar repuestos para su Golf GTI de hace 19 años, de cuando se decía que ese coche era como un castillo escocés porque dentro siempre había un fantasma. No le pierdan la pista, porque este aspirante tiene química. Analítica, además.
11/05/2008