El gran festival

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  • Lunes 01.12.2008

El gran festival


Etiquetas: J. A. Xesteira

J. A. Xesteira.

El verano avanza entre chubascos; los veraneantes (aquí no hay turistas) tienen que meter a los niños en un hipermercado o en un cine de un área comercial. La playa es casi un recuerdo. Pero, pese a todo, es el verano con más festivales musicales de la historia de Galicia (en el verano de más festivales musicales de la historia de España).Y esto es un misterio digno de una tesis doctoral o de una interpelación parlamentaria en Bruselas. Por qué, de pronto, todos los concellos y pedanías se han convertido en unos Woodstock del país es algo que escapa a los analistas y a los grandes estrategas, más ocupados en destripar la crisis económica o la invasión del Caucaso, que son cosas que, a fin de cuentas nos afecta de langueta (aunque se empeñen en hacernos creer que hay crisis, todos decimos que sí, que la hay, pero al segundo estamos pidiendo otra de bravas y unas cañas para celebrarlo). Lo de los festivales es un sinvivir, no damos abasto; estábamos acostumbrados a una cuota fija, repartida entre Pontevedra, Vigo y las capitales, con alguna salida a Paredes de Coura, y nuestro verano recibía las debidas dosis de jazz, rock, folk (en sus sitios habituales, que limitan al norte con Ortigueira y al sur con el Morrazo) y poca cosa más. Pero esta avalancha es inusual. Hay para todos y por pequeño que sea el concello, nadie quiere quedarse sin su festival, en el que se importa todo lo bueno que ande libre, que, a juzgar por lo visto, es todo. Todos los géneros tienen su espacio, todos los novedosos tienen su escenario y su mesa de sonido como dios manda. Música indie, rock duro, metal, folk, buenrollito mestizo, pop juvenil, grandes estrellas, jazz, e incluso, a última hora se engancha la novedad de Cedeira con el soul nostálgico de Percy Sledge (al que muchos creían muerto). Hay para todos, y en los presupuestos municipales de concellos rústicos y pequeños, poco acostumbrados a la gran marcha musical, se han habilitado partidas para contratar a largas listas de nombres desconocidos para muchos, sólo para que una noche, Ponte Caldelas, Meis, Carballo, Valga, Moeche Teo, Allariz o Ribadavia brillen con el fulgor musical de un Rock in Río gallego. Porque todo esto dura una noche, en la que el vecindario anda de cabeza, los bares se agotan ante la avalancha de los invasores que se mueven a lo largo y ancho del país para ver a Barricada, Vetusta Morla, Deluxe, Amparanoia, Johnny Winter y demás espadas del cartel, encargado a un experto en diseño gráfico con las mejores intenciones del concejal de cultura de cada municipio. Alguien podría preguntarse de dónde sale tanta pasta para pagar a tanto guitarrista, tanto equipo de luces y humos, tanto trailer de escenario, tanta columna de sonido. No lo sé, pero se supone que las cuentas, casi todas municipales, cuadrarán perfectamente. Este verano, la oferta supera claramente a la demanda, y hay más conciertos que intenciones. Programar una lista de grupos para un día determinado en un concello debió ser cosa dura; junto a los más conocidos y veteranos (en algún cartel leí, aún sin creerlo de todo, que actuaba Fórmula V) se agrupan cuartetos y quintetos con más márketing detrás que acordes aprendidos. Pero la fiesta continúa, no decae y tenemos Galicia sembrada, como nunca, de oportunidades de ver en un escenario a nostalgias famosas, no sólo María Dolores Pradera, sino tambien Rubén Blades, o el ex Supertramp, al tiempo que a los más actuales Pereza o Lagartija Nick. Muchos de los desconocidos ya van por su tercer disco de composiciones propias, sin haber vendido más allá de su familia, el instituto y sus amigos. Y esta puede ser una de las claves: no se vende un disco. Las grandes multinacionales se han comido el sistema de fabricación y distribución, y es múcho más práctico utilizar un cacharrito que cabe en el bolsillo pequeño de los vaqueros, en el que almacenamos miles de canciones, que comprar un cedé a un precio de insulto. El mercado del disco es prácticamente un monopolio (Sony acaba de engullirse a la BMG, de la que ya poseía mayoría de acciones) y, por tanto, los músicos tienen que volver al lugar del que nunca debieron salir, al directo, que es dónde se demuestra lo que vale cada uno. Y así los tenemos en danza, de parroquia en parroquia, todo el verano, como las viejas orquestas. Y además tienen que ajustar los precios para que su tajada compense a los profesionales que están detrás y que son muchos. Hace no tantos años, las viejas orquestas llegaban al mediodía a la fiesta patronal, descargaban, montaban los dos altavoces Semprini en dos postes o dos carballos, colocaban los dos micrófonos de alcachofa en el escenario, se vestían el uniforme, tocadan varias horas a golpe de viento y metal todas aquellas músicas caribeñas, tan familiares para todos los gallegos (después descubrieron los catalanes que eso era salsa, pero nosotros habíamos crecido con los merecumbés y mambos de la Gran Casino o la París de Noia) y, una vez tocada la despedida con el Islas Canarias, desmontaban, recogían todo, guardaban el material y se marchaban a las tantas de la mañana a sus casas, estuvieran donde estuvieran. Dura vida. La electrónica tumbó todo eso, se hace el mismo follón con menos instrumentos, pero con más equipo de luz y sonido, que vale un pastón y hay que amortizar. Pero, a cambio, la gente, en lugar de bailar los viejos pasodobles y merengues, se queda pasmada contemplando a cinco mozos y mozas cantar clones de los grandes éxitos del momento. Las orquestas son caras, andan ya por los 24.000 euros. Y con eso se puede montar un festival de grupos pataconeros con alguna celebridad en medio.

20/08/2008

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