Tertulia

Parir en Galicia en el siglo pasado: Memorias sobre la maternidad para celebrar el Día de la Mujer


Etiquetas: reportaje, Día de la Mujer, mujer, historia, memoria

12/03/2010 - Estefanía Losada

El Museo do Pobo Galego  (en colaboración con la Asociación Mámoa y el centro sociocultural de A Trisca) celebró esta semana otra de las tertulias del programa Café da Memoria, una actividad que anima a los mayores a revivir sus experiencias y transmitirlas a generaciones más jóvenes, recuperando a la vez viejas memorias y el modelo de expresión más antiguo: la narración oral.

En esta última reunión las mujeres acapararon el protagonismo y aprovecharon la semana en la que se conmemora el Día de la Mujer para hablar sobre el embarazo, el parto y la maternidad, rememorar cómo se vivían y demostrar cuánto han cambiado.

Las tertulianas acudieron a Santiago desde distintas parroquias gallegas y contaron con un público variado en el que abundaban madres jóvenes con niños muy pequeños, predispuestas a escuchar, aprender y comparar.

El embarazo
La mujer que se atrevió a romper el hielo empezó por resaltar que “antes no teníamos información, no tiene nada que ver con lo de ahora. Las mujeres que se quedan embarazadas enseguida lo saben, y también si es niño o niña”. Le quitó hierro con humor, asegurando que en su época “ya sabíamos que los niños no venían de París, pero poco más”.

Otra de las asistentes, una mujer de 82 años llamada Lidia y natural de Vedro (Lugo), aprovechó para comentar que, para saber el sexo de sus hijos, lo único que tenía antes del parto era “la intuición”. “Aún así”, presume, “nunca me llevé un chasco”.

Todas las participantes coinciden en que los principales cambios se han dado en la implicación médica durante el embarazo y el parto. La mayoría nunca visitaron a su médico de cabecera, mucho menos a un ginecólogo, durante los meses de gestación. Sólo aquellas que notaban algún problema buscaban la ayuda de un profesional.

“Ahora van al ginecólogo para todo”, comenta Carme, otra de las asistentes, y añade: “ A nosotras nos fue bien sin tanto médico de por medio, pero es verdad que así se evitan muchos males”. Todas recuerdan con tristeza experiencias de vecinas y parientes, que no tenáin forma de saber que el bebé no estaba sano hasta el bebé nacía con alguna malformación o, en los peores casos, muerto.

El parto
Durante siglos se mantuvieron redes de mujeres que se ayudaban unas a otras durante el parto. Madres, hermanas y vecinas ayudaban como podían y algunas de ellas se ganaban la fama de comadronas. Matilde asegura que la que acompañaba “era simplemente una mujer con experiencia, porque saber sabía tanto como el resto”.

A día de hoy, Carme aún no sabe si lo decían en serio o en broma, pero recuerda que  “algunas mujeres decían que iban a parir a la cuadra para no manchar la casa”, pero enseguida aclara: “Yo tuve a mis hijos en la cama”, como todas las presentes.

Lidia vivió la transición entre el parto en casa y el asistido en el hospital a través de sus hijas. Cuando les llegó el momento de convertirse en madres, sus primeros nietos aún nacieron en casa, estando ella presente como  apoyo, pero los últimos ya abrieron los ojos en el hospital.

Asegura que le metieron tanto miedo sobre lo doloroso que sería el parto, que cuando por fin tuvo a su hija mayor (que ya ha cumplido los 65 años), se sintió aliviada porque  pensaba  que “iba a ser peor”.

La maternidad
Cuando nacía un bebé, las principales preocupaciones eran alimentarlo y bautizarlo. Ahora que han visto a sus hijas criando a sus nietos no se atreven a decir que la alimentación de antes fuera mejor, sólo que era más natural. Sí que coinciden en la diferencia que hace la cantidad de comida: “Ahora los bebés están más gorditos, más hermosos”, dice Matilde.

La escasez de leche materna antes de que apareciese la leche en polvo era un problema que preocupaba a todas las madres, por eso abundaban los remedios, más o menos supersticiosos. Recuerdan que se recomendaba a las mujeres que producían poca leche que comiesen sardinas o bebiesen cerveza, y que cuando fuese necesario recurrir a la leche de vaca, se utilizase sólo la producida por un mismo animal. De lo contrario, el bebé se pondría enfermo.

En tiempos en los que la devoción religiosa y la mortalidad infantil eran mucho más elevadas que en la actualidad, el bautizo del recién nacido se consideraba urgente y solía celebrarse en los tres primeros días de vida del pequeño.

Los padrinos eran quienes lo llevaban a la Iglesia, ya que las mujeres no podían asistir a misa durante las siete semanas siguientes al parto, supuestamente porque era el tiempo que tardaban en ‘purificarse’.

Esas siete semanas tenían otra cara, más positiva: era el tiempo conocido como ‘la dieta’, en el que la madre descansaba, se recuperaba y se dejaba mimar. Se la alimentaba en abundancia con huevos, pan y gallinas y se les daban algunos caprichos, como galletas y chocolate, dulces que no eran tan fáciles de obtener hace más de 50 años.

Pasado ese periodo de gracia volvían a sus quehaceres, con la carga añadida del niño.  Carme recuerda cómo llevaba a su primer hijo a la era, dentro de un cesto acolchado con mantas, para vigilarlo mientras ella trabajaba la tierra. “Era un niño muy bueno”, asegura, y confiesa entre risas que a veces, cuando estaba cansada, le decía: “¡Llora! ¡Llora para que tu madre no trabaje!”.

Tabúes y supersticiones
Lidia ha tenido 6 hijos a lo largo de su vida, tres niños y tres niñas. Se quedó embarazada por primera vez con sólo 16 años y estando aún soltera, por lo que al principio “no quería que se supiera”, recuerda.

Se casó en su último mes de embarazo, y eso fue lo único que la libró del estigma de las madres solteras. “No podían relacionarse con los demás ni ir a ningún sitio, mucho menos a una fiesta”, explica Lidia, aunque admite que Matilde tiene razón al decir que también se aislaba al padre cuando se sabía quién era “por no cumplir con sus obligaciones”.

Si el ser madre soltera era un temor real, había muchos otros infundados con los que las mujeres se atormentaban.  El miedo a que un niño tuviese ‘la sombra’ era uno de ellos, y uno de los remedios era envolver al pequeño en mantas y meterlo, durante un par de segundos, en el horno, repitiendo el proceso ocho veces para ahuyentar el mal.

Se consideraba que un niño tenía ‘la sombra’ cuando no engordaba, y había otras acepciones para el mismo mal, como ‘el aire’. Carme se ríe de la superstición y recuerda las palabras de su madre: “Tienen ‘el aire’… por el hambre que pasan”.

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