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Campanofobia

NO HA de sorprender que cualquier fin de año alguien pretenda que se supriman las badajadas del reloj de la Puerta del Sol, por molestas o por perturbar el sueño del vecindario. Lo digo porque crece la campanofobia, una rara aversión hacia las campanas, las que durante siglos tañeron en todos los pueblos de España. No se olvide que el significado espiritual de los campanarios viene directamente de la Biblia, y su magnitud siempre se asoció a la importancia de la iglesia y de la parroquia. Lo que fue una seña de identidad de nuestras aldeas, necesaria y reivindicada por los vecinos como algo propio, ahora comporta el efecto de repulsa. Son las de siempre, pero ahora agitan el descanso. No ocurre con los botellones y otras estridencias tan de moda e insoportables. Cierto que su funcionalidad difiere. Ya no quedan campaneros, no se repican para alejar truenos y tormentas, ni para llamar a sofocar un incendio; hay otros medios de notificación para advertirlo, pero siguen sonando cuando alguien fallece o en oficios religiosos y son exponentes de una milenario tradición, que quema su última resistencia antes de desaparecer. No tardará en ocurrir.

Campanofobia
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