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domingo. 04.12.2022
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Puertas del Camino: Canfranc

Estación de Canfranc. VIAMAGICAE
Estación de Canfranc. VIAMAGICAE
Bellísima estación que fue; encima, bellísimas montañas. Tras tantas puertas contempladas, nada más apropiado que acabar aquí el viaje, donde tantos viajeros se dieron cita.

La estación internacional de Canfranc es una pasada de bonita, tanto en sí misma como por su ubicación. Inaugurada en 1928, estuvo en servicio entre Francia y España hasta 1970, cuando el derrumbe de un puente del lado francés interrumpió el tráfico, que ya no se retomaría. Con más de 200 metros de longitud, el edificio central fue, en su tiempo, el segundo más grande de Europa destinado a estos fines y, más que una estación, parece un palacio. Aunque enclavado todo él en nuestro país, la mitad pertenecía a Francia y la mitad a España. Su gran tamaño se explica por la cantidad de apartamentos que reunía, desde aduana hasta restaurante y hotel. Todo un mundo en el que se daban cita multitud de pasajeros, aunándose en él la magia novelesca de los viajes en tren con la de toda frontera. Por esto y por su belleza,
aquí se rodaron muchas películas (algunos dicen que, entre ellas, escenas de Doctor Zhivago) y se ambientaron muchos relatos. Lo dicho, todo un mundo.

El viajero se encontró en plenas obras de reconversión de la estación en un hotel de lujo, lo que no le impidió plantarse delante de la puerta y de las montañas de detrás, medio nevadas. Desde los poco más de 1.000 metros subió después hasta los más de 1.700 del puerto de Somport, hasta la capilla en la que da inicio el Camino de Santiago aragonés. Anda sobre la nieve y penetra en territorio francés, es decir, pasa de la Jacetania a la Aquitania, concretamente al parque nacional de los Pirineos; solo avanzó unos cuantos metros, pero estuvo en Francia y las montañas pirenaicas, impresionantes, pueden dar fe de ello. Retrocede y vuelve a Canfranc, con una mezcla de satisfacción y melancolía por el viaje terminado. Satisfacción por haber cubierto todas las expectativas de un proyecto que –ahora lo confiesa– en un principio le parecía dificilísimo. Melancolía, porque todos los buenos momentos pasados eran ya eso, pasados.

Con Pepe y Roberto, sus compañeros de viaje por todas las puertas, deciden ir a dormir a Pamplona. Allí dan una vuelta por el centro y asisten como mirones a una manifestación abertzale. Después entran en la catedral en inmejorable momento, pues está toda ella iluminadísima y un coro canta en una capilla, como celebrando la culminación del viaje de los visitantes.

En la calle de la Estafeta se meten en el bar restaurante Malayerba y allí rememoran todo lo recorrido y vivido en los diez meses desde que comieron en A Cantina de Fisterra hasta esta última (mejor, penúltima) cena.

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