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martes. 16.08.2022
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Puertas del Camino: Moarves de Ojeda

Iglesia de San Juan Bautista, en Moarves de Ojeda.
Iglesia de San Juan Bautista, en Moarves de Ojeda.
Impresionante friso. Despliegue escultórico en ménsulas y capiteles, con cien detalles en los que fi jarse. Pero la caprichosa mirada se va a la puerta de vieja madera.

El viajero hizo un amigo en Moarves de Ojeda, mientras miraba y admiraba la espléndida portada meridional de la iglesia de San Juan Bautista. Tal fue que se le acercó un gatito gris y empezó a frotarse con sus piernas. Al sentarse, se le subió en el colo (regazo, para los ajenos al gallego) y se puso a ronronear de satisfacción un buen rato. Después llegaron nuevos visitantes y el veleidoso gato se fue con ellos, haciéndoles las mismas carantoñas. Debía de pasarse el día –mejor dicho, los días– así de entretenido.

La piedra rojiza de la iglesia, color que tomó por una especie de tratamiento para su mejor conservación, fue calificada por Unamuno de "encendida encarnadura". Esas citas así sueltas de don Miguel, como la de "renaciente maravilla" aplicada a Salamanca, tampoco se puede decir que entusiasmen al viajero. Quería, pero no pudo ver la valiosa pila bautismal del interior, pues la iglesia estaba cerrada, algo a la que ya se acostumbró. Enfrente, una vieja y arruinada casona, cuyo escudo dice: "De esta raíz los Calderones descienden por recta ley con la fe de los mayores sirviendo a Dios y a su rey 1614 años". A veces le da por copiar estas cosas, pero lo más habitual es que no les haga ni caso.

La ermita de Santa Cecilia de Vallespinoso se yergue sobre rocosa escarpadura y la rodea el campo abierto. Por su posición tiene algo de pequeña fortaleza, con una curiosa especie de torre cilíndrica junto a la espadaña. Sube por un camino, luego por escaleras bajo un arco y entra, pues está abierta, aleluya. El interior, desnudo y sin nadie, como le gusta. Pese a su sencillez, la ermita es bastante original y tiene una rica decoración escultórica en capiteles y demás, con un San Jorge dándole leña al dragón, pobrecito, y unos caballistas o centauros. Sale y se queda por los alrededores, pues le gusta el sitio, que no tiene nada de particular, pero quizá por eso. Un raquítico serval de los cazadores sostiene un único racimo de sus frutos rojos. Corre un hilo de agua cristalina que, pese a su pequeñez, hace un agradable y sedante ruido. Oye el graznido de unos cuervos, pero no los ve. Y se sienta en una mesa junto a dos columpios y un tobogán a tomar unas notas.

Aguilar de Campoo con su castillo, sus iglesias, sus casonas. La emblemática iglesia de Frómista. Estas tierras de Palencia son una auténtica reserva del mejor románico y, para el que sabe mirar, un regalo de austeros paisajes.

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