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viernes. 01.07.2022
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Puertas del Camino: Astorga

Catedral de Astorga.
Catedral de Astorga.
Inmejorable ejemplo del horror vacui (horror al vacío) en arquitectura, la portada principal de la catedral de Astorga está primorosamente tallada hasta en su más mínimo rincón

Una historia que nos remite a la Asturica romana, uno de los dos polos de la Vía de la Plata, la calzada que la unía con Emerita, hoy Mérida; una catedral de piedra entre dorada y rosácea; el palacio episcopal construido por Gaudí; restos de murallas romanas; el territorio de los Panero, familia de poetas. Todo esto ofrece Astorga, pero el viajero en lo que piensa cuando la oye citar o la visita es en las mantecadas, qué bruto. Por cierto que las mantecadas, desde que la autovía desvió el tráfico del centro, están en franca decadencia y en esta última estancia no pudo  encontrar ni las de Alonso ni las de La Mallorquina, y tuvo que conformarse con una caja de El Arriero Maragato.

Desde la autovía, hay un momento en que la catedral, con las dos torres de distinto tono de color, se asoma a lo lejos sobre los campos, sin que interfiera ninguna otra construcción y, sobre todo si el trigo está maduro, el efecto es muy de postal. Esta vez no pudo entrar al interior, ni aproximarse a la puerta, pues estaba cerrada la verja que la rodea. Así que tuvo que conformarse con dar vueltas alrededor, lo que le valió para fijarse en que, enfrente de la espléndida portada principal, se levanta la Casa del Sacristán, del siglo XVIII, y la funeraria de Emilio el pertiguero, en estratégica ubicación. Después se enteró de que el pertiguero es una especie de servidor laico de la catedral: lo que se aprende viajando.

Al viajero no le gusta Gaudí en general ni el palacio episcopal de Astorga en particular, que le parece un poco un castillo de Disney. Así que pasó de largo y se encaminó hacia un trozo de muralla que se levanta detrás y sobre unos jardines; debía de tener un mal día (el viajero, no la muralla), pues le pareció muy reconstruida y ni comparación con la de Lugo, claro. Un paseo por la ciudad y listo. Listo para hacer cinco kilómetros hasta Castrillo de los Polvazares, un pueblo precioso, más mimado que conservado, esencia de la maragatería. Aquí sí que había gente, aunque no tanta como otras veces, cuando ni se cabe. ¿De cuántos cocidos habrá dado cuenta en diversas ocasiones en alguno de los restaurantes del pueblo? Pero hoy no toca, vaya. Se hace tarde y ya no irá a Las Médulas, que le quedan un poco lejos.

Y para terminar, dos versos de Leopoldo Panero (no confundir con Leopoldo María, su hijo): A ti, ceniza de mi infancia / en las llanuras de León.

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