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miércoles. 06.07.2022
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Puertas del Camino: Samos

Mosteiro de Samos. ARCHIVO
Monasteiro de Samos. ARCHIVO
La fachada de la iglesia del monasterio es de un barroco tan sobrio que casi parece eoclásico. Imponente, pone al hombre que se acerca a su puerta en su verdadera y pequeña medida.

Prados, frondosidad, un vallecito, suave montaña: la situación de Samos no puede ser más seductora. Y el monasterio benedictino, claro, que viene –no en su forma actual, por supuesto– del siglo VI o VII. El viajero hace una rápida visita, la enésima. La iglesia barroca del siglo XVIII, formidable y luminosa, a la que se accede desde abajo por una escalera que recuerda a la del Obradoiro. El claustro grande –dicen que el más grande de España– o del padre Feijoo, pues el escritor e ilustrado era benedictino y pasó un tiempo aquí; una estatua de Asorey lo homenajea. El claustro pequeño o de las Nereidas, ninfas que adornan una preciosa fuente barroca; a destacar, como anécdota, una burlona inscripción en el techo que reza: Qué miras bobo. La valiosísima biblioteca, pese a haber sufrido el monasterio varios incendios, el último a mediados del siglo pasado. La botica. El huerto. Todo un mundo el monasterio, que era tradicional hospedaje de  opositores que se retiraban aquí para concentrarse en sus estudios y que hoy también ofrece alojamiento a peregrinos y viajeros varios. 

Para llegar a la capilla del ciprés o al ciprés de la capilla, tanto monta, solo hay que cruzar la carretera y ya está: una capillita mozárabe y un ciprés varias veces centenario. El río Oribio pasa casi recién nacido.

Dejando atrás el puerto de O Poio y el alto de San Roque, por fin O Cebreiro, que es famoso por sus pallozas, por su situación jacobea y batida por todos los vientos, pródiga en nevadas, por su iglesia prerrománica y por su medieval milagro, este que se cuenta resumido en el párrafo siguiente, por si queda alguien que no lo conozca.

"Un día crudo y feroz de invierno, el cura se dispone a decir misa, creyendo que nadie habría en la iglesia, porque nadie sería capaz de desafiar tanta inclemencia. Pero hete aquí que un devoto vecino de Barxamaior, a unos tres kilómetros de O Cebreiro, aparece para cumplir con su fe. El cura, para sus adentros, se dice que parece mentira que haya sufrido tantas penalidades por un simple trozo de pan y un poco de vino. Y entonces, el mal sacerdote se encuentra con que la hostia se ha convertido en verdadera carne de Cristo y el vino en su sangre, casi una especie de Santo Grial gallego".

Y, antes de marcharse, la comida, la preferida absoluta por el viajero: caldo, un par de huevos fritos con patatas y chorizo y, de postre, queso de O Cebreiro (en este caso y concretamente, de Fonfría) con membrillo: no hay nada mejor.

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