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Concepción Arenal nunca toleró el corsé

Concepción Arenal (Ferrol, 1820 - Vigo, 1893). EP
Concepción Arenal (Ferrol, 1820 - Vigo, 1893). EP
Se cumplen 200 años del nacimiento en Ferrol de una de las mayores pensadoras del país, que, conjugando la teoría y la práctica, defendió la dignidad del pobre, del recluso y de la mujer

Desde su retrato, Concepción Arenal mira firme hacia una línea que traspasa el marco. Mira hacia el horizonte, hacia el futuro. Pero esa mirada muestra una sombra de aflicción. Es la mirada de quien emprendió una lucha en solitario en defensa de aquellos a quien nadie defendía, que probó los sinsabores de confrontar su extraordinaria sensibilidad humana contra un poder político movido por patrones partidistas, en medio de una España convulsa que arrastraba un atraso secular. 

El 31 de enero se cumplieron 200 años del nacimiento en Ferrol de Concepción Arenal. Su voz se escucha ya desde dos siglos de distancia, pero todavía le habla al presente. La tragedia de la pobreza y las contradicciones de la beneficencia; el daño de un sistema penitenciario punitivo y no reparador; los derechos de las gentes, incluso de los esclavos; la igualdad de la mujer y el hombre. Asuntos universales que abordó en primera persona, desnudándolos mediante el pensamiento pero, al mismo tiempo, implicándose activamente en su resolución. Fue primero fundadora de la rama femenina de las Conferencias de San Vicente de Paúl y visitadora del pobre. Luego, de los reclusos. En ambos casos, su posición fue la de reivindicar la dignidad de la persona y denunciar las falencias de un sistema deshumanizado que se limita a volcar en exclusiva la responsabilidad de su suerte sobre quien la padece, indiferente a cualquier posibilidad de repararla. No serían críticas bien recibidas. "Era yo una rueda que no engranaba con ninguna otra de la maquinaria penitenciaria, y debía suprimirse", dirá tras su cese como inspectora de prisiones apenas tras un año en el cargo, que había ejercido principalmente en A Coruña.

Para alcanzar estos puestos, Arenal tuvo que superar los desafíos impuestos por su condición de mujer. Las trabas a su anhelo de saber y de ser útil desde el conocimiento las constató en Madrid, donde tuvo que travestirse para asistir como oyente a la facultad de Derecho. No obstante, la ley dejaba a la dirección universitaria la potestad de matricular a una mujer. Probar sus conocimientos en un examen le permitió formar parte de la clase desde 1842 a 1845, aunque, eso sí, apartada. La misma técnica la empleó para participar en tertulias públicas, donde curtió su habilidad persuasiva desde los ideales liberales que llevaba en la sangre -su padre, militar, sufrió prisión por oponerse al absolutismo de Fernando VII-. 

Arenal colaboró, sin firma, en el periódico La Iberia, fundado en 1854 al calor de la libertad de prensa del gobierno liberal. Tras publicar textos de fondo, suplantó a su marido, el abogado Fernando García Carrasco, cuando la tuberculosis hizo mella en él, llevándose su vida en 1857. Pese al reconocimiento de sus escritos, la obligación de identificar al autor en los artículos doctrinales provocó su salida y una intensa decepción. 

No sería la última vez que tuvo que recurrir a parientes masculinos para obtener reconocimiento. En 1860, se convertiría en la primera mujer premiada por la Academia de Ciencias Morales y Políticas con una monografía sobre beneficencia, filantropía y caridad que presentó bajo el nombre de su hijo de 10 años. Fue su legitimación como pensadora. 
 

Su renuncia a afiliaciones políticas, su insobornable espíritu crítico y su profesión de los valores cristianos la relegarían a un reconocimiento incompleto


Mujer hecha a sí misma, Arenal solo militaba en el saber y la moral. Su renuncia a afiliaciones políticas, su insobornable espíritu crítico y su profesión de los valores cristianos –la tensión entre el rechazo religioso de los liberales y la intransigencia reaccionaria de la Iglesia sería uno de sus tormentos– la relegarían a un espacio muchas veces marginal, a un reconocimiento incompleto. El aprecio a sus ideas era mayor en Europa. 

Arenal buscaba la comprensión de la realidad mediante una investigación exhaustiva, pionera en el uso de métodos científicos en el análisis sociológico, para perseguir un progreso utópico capaz de enmendar las deformidades de la sociedad española. Influida asimismo por su acercamiento a la Institución Libre de Enseñanza, concluyó que la educación era la piedra angular para la elevación moral e intelectual del país –por entonces con un altísimo grado de analfabetismo– y, en consecuencia, para resolver sus injusticias e inequidades. 

Aquí es donde se enmarca una de sus posturas más revolucionarias: esta acción didáctica debía otorgar protagonismo a la mujer, cuya formación era incluso más importante que la del hombre debido a su ascendencia sobre el hogar. Arenal entendía que, ya que el derecho penal era idéntico para ambos sexos, el derecho civil debía hacer lo mismo. Plenitud de derechos. Autoridad como estudiosa. Su ejemplo era la mejor reivindicación. "Es un error grave y de los más perjudiciales, inculcar a la mujer que su misión única es la de esposa y madre [...]. Lo primero que necesita la mujer es afirmar su personalidad, independientemente de su estado, y persuadirse de que, soltera, casada o viuda, tiene derechos que cumplir, derechos que reclamar, dignidad que no depende de nadie, un trabajo que realizar e idea de que es cosa seria, grave, la vida y que si se la toma como un juego, ella será indefectiblemente un juguete", escribiría en 1892, un año antes de su muerte en Vigo. Hay matices que pertenecen al siglo XIX, como su convicción de que la superioridad de las mujeres las hacía más aptas para la caridad o el sacerdocio –otra muestra de su libertad de conciencia frente a los dogmas–, aunque no tanto para jueza, militar o política. Pero no menos cierto es que su visión de estas funciones parece vincularlas con una crueldad o una corrupción que consideraba impropia de ellas. 

Una reciente biografía de Concepción Arenal asegura que nunca vistió corsé. No podía tolerarlo.

Concepción Arenal nunca toleró el corsé
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