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El andamio lo desvió del tabilque

A LUIS ENRIQUE Tassotti no solo le desvió el tabique», soltó mi vecino de barra cuando dieron la alineación de Anoeta y comprobó que Messi y Neymar estaban en el banco. Mario y Dani, que tomaban una hamburguesa mientras yo agitaba el JB, me preguntaron: «¿Papá, quién es Tasotti? Para entonces Jordi Alba ya nos había tumbado de un cabezazo en propia meta. «Y Piqué y Alves también de reservas. Por favor, la cuenta»,comentó de nuevo antes de dejar libre el taburete de mi izquierda.

Hubo un tiempo en que Luis Enrique era nuestro héroe, aunque jugase en el Madrid. Fue en aquellos cuartos de final del mundial del 94 contra Italia en el que Sandor Puhl se unió a la lista árbitros a los que había jurado odio eterno, como a Christov en el 84, Bambridge en el 86, Batta en el 96, o a aquel otro francés al que Jesús Gil tanteó en una previa de la UEFA y que también se la tenía jurada a la selección. El presidente del Atlético se ofreció a meterle una ‘yegua’ en la habitación de su hotel, según contó con su habitual desahogo, pero le contestó que casi prefería ‘caballo’, y no se refería a la droga.

Linemayer y Palotai ya quedan muy atrás, pero Sandor Puhl estaba allí, en directo, mirando al tendido y sin pitar ni penalti ni expulsión justo en el último minuto del descuento. La camiseta de Luis Enrique en aquella tarde de Boston también era blanca pero la sangre de su tabique destrozado por el codo de Tassotti cuando iba a rematar de cabeza dentro del área le daba un tono heroico, como de soldado español en el Barranco del Lobo. Su rostro lloroso mientras se lo llevaban a la banda fue el póster de toda una generación.

Después Luis Enrique se fue al Barça, y aún lo quisimos más, como aquella tarde en que estiró la bastilla de la camiseta azulgrana hacia la grada del Bernabéu. Sin embargo, tras su retirada algo empezó a torcerse. Serían los marathones, la dieta, el exceso de vegetal o la falta de grasas. Lo empecé a sospechar cuando fichó por el Celta y pospuso su presentación como entrenador a la finalización de una prueba para hombres de acero, corriendo en bicicleta por las cumbres del Himalaya o algo parecido. Cuando llegó no pidió un delantero si no un andamio. Toda una declaración.

La temporada en Balaídos resultó más que digna, pese a un comienzo que hizo sembrar el pánico y a algún partido como el de Getafe donde salvo mantener al portero bajo palos al resto de la alineación le dio la vuelta como un calcetín. Aquella derrota fue el síntoma inequívoco del síndrome de Napoleón, pero acabó enderezando el rumbo. Derrotó en Balaídos al Madrid en la penúltima jornada y el Barcelona volvió a tener en sus manos la posibilidad de cantar el alirón en casa si ganaba al Atlético. Lógicamente empató. Volvía a ser el Barça de toda la vida.

Porque antes de que Luis Enrique desquiciase a todo el barcelonismo ya lo había enviado al diván del victimismo Sandro Rosell. Su primera decisión fue demandar a Laporta y ningunear a Cruyff, único Dios verdadero, hasta que éste, harto, devolvió la insignia de presidente de honor a una atribulada secretaria del Camp Nou. Aquella imagen grabada por las televisiones es el mejor testimonio del fin de una época. Pep, el profeta, tardaría poco en emigrar. La última jugada de Rosell sería más elaborada y a tres bandas; Martino, el lío Neymar y la sentencia TAS. Ni el mejor dinamitero.

Fue entonces cuando sus herederos, en vez de convocar elecciones entre los cascotes del Camp Nou, llamaron a Luis Enrique ‘El Deseado’, que bajó de su andamio en A Madroa. El problema es que para entonces el ‘Lucho’ ya padecía el mal de altura.

Qué poca memoria

El Frente Atlético ha vuelto al Vicente Calderón. Pocas horas antes del último derbi copero ya lo había anunciado el presidente del club, Enrique Cerezo. De momento lo hacen sin banderas. No tardaremos mucho en volver a oír y ver sus cánticos de odio y sus enseñas de combate. Hace apenas un mes que protagonizaban en la ribera del Manzanares una batalla con un muerto, heridos y detenidos. Pero como decía, eso ya fue hace casi un mes. Ya ni nos acordamos. Además, si es que al final son buenos chicos, tan solo un poco asesinos, un poco nazis.

El andamio lo desvió del tabilque
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