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Escritura y afonía

Hay escritores charlatanes. Da igual que dejes de escucharlos un rato, ellos siguen hablando. Pero hay otros afónicos, que hay que escucharlos con atención. Que no toman en vano las palabras, que saben para qué sirven. Aunque una abuela charlando con miedo entre la tormenta también lo sabe. Quiere oír el sonido de las palabras.
George Trakl
George Trakl

UNGAETTI es un escritor afónico. Si quieres escucharlo tienes que acercarte y prestar atención. Él no habla por hablar. Desnuda las palabras, las deja con la piel en el aire. Para que rocen la vida con estremecimiento, como lo instantáneo profundo: "Eres la mujer que pasa/ como una hoja/ y dejas en los árboles un fuego de otoño".

Sánchez Robaina en La retama convierte ese arbusto en la esencia del páramo, en  la desolación de una presencia intensa. Cada palabra se adensa solitaria, flota en el viento con tensión: "Dime tu/ solo/ ápice/ blanco/ pico/ de soledad". Sin discursos, sin palabrerías.

Robert Walser  habla de personajes sin pretensiones, que no son héroes ni grandes figuras, pero que están llenos de vida. Defiende lo oscuro y lo apagado, como en esa escuela de anulación en que Jacob von Gunten aprende a no ser nada. Algún personaje desaparece solo en el bosque y muere bajo la nieve, como hará él mismo más tarde. 

Richard Ford cuando habla de su madre se vuelve más afónico, más esencial. También cada frase cobra más valor. Se olvida de las grandes frases largas de sus novelas largas. Cuando habla de su madre cada gesto que cuenta se llena de dimensión, habla de una vida humilde, pero llena de vida, habla sencillamente del tiempo y  como una mujer destella en el tiempo. Son palabras apagadas, sin ninguna retórica, parece que nos habla en voz baja. Pero es cuando mejor escuchamos. Casi nos parece escuchar a Tom Waits.

Anxo Pastor, lucense radicado en Vigo, publica de cuando en cuando libros breves y enigmáticos. Empezó hace treinta años con Los poemas de la secta, quería hablar de gentes apartadas , que dicen  en voz baja palabras solitarias y enigmáticas, que no dicen palabras viciadas para todo el mundo. Hay que pararse, prestar atención. También él es un poco afónico, tiene la voz profunda y misteriosa y por eso tienes que acercarte. Luego siguió con El caballo económico  y otros libros breves, casi aéreos. Las palabras no son precisas, tienen toda la imprecisión del mundo y toda la precariedad. Pero precisamente por eso nos colocan en medio del viento de la existencia. Lo último es Hierba respirada. Respiramos la hierba en un mundo enigmático y todo se convierte en respiración.

Quasimodo lo dijo todo en aquellos tres versos: "Cada uno está solo sobre el corazón de la tierra/ atravesado por un rayo de sol/ y de pronto anochece".

Juan Rulfo desmiente en Pedro Páramo todo el barroquismo americano

Trakl en algunos poemas suelta imágenes que se escurren sangrientas. Pone en ellas toda la sugestión de la noche y no explica nada. No valen explicaciones. Nos habla de los antepasados que vuelven, de razas malditas que hablan con el viento, de extraños que llegan en la noche a la cabaña solitaria a tomar la cena. Nos habla de parques donde ha ocurrido todo, de escaleras que suben hacia el pasado. Nos acosa con angustias y fuerzas.

Juan Rulfo desmiente en Pedro Páramo todo el barroquismo americano.  Él no es de la raza de Lezama Lima, de Carpentier. Habla del páramo mexicano y de personajes que solo hablan porque es cuestión de vida o muerte. Hace hablar a los muertos y los muertos no son charlatanes. Habla del amor, la soledad y la desdicha con frases apretadas, con secuencias aisladas que lo recogen todo. Él mismo era un tipo callado, no desperdiciaba las palabras. Tampoco desperdiciaba medios en sus fotos.

Paul Celan tampoco habla por hablar. Sus palabras caen como piedras o como acontecimientos. La poesía tiene para él el mismo valor que tenía para Rilke. Por eso escribió en La rosa de nadie: "Cuando/  solo nada estaba entre nosotros, nos encontramos/ uno al otro totalmente".

Melville al escribir Bartleby puso todo el peso en una frase: "Preferiría no hacerlo". Y están los Bartleby de que habla Vila Matas, esos que se asomaron y no escribieron más.  Y Hoffmansthal en la Carta de Lord Chandos vio una realidad tan abrumadora que sintió que el lenguaje era miserable para sugerirla. Y  Hammett  escribió  con afonía en Una mujer en la oscuridad.

Hay escritores que charlan con verborrea, Y otros que jadean. A veces me acuerdo de aquello que se me ocurrió un día para una novela, un país en que esté prohibido escribir, en que se castigue con pena de muerte. Si alguien a pesar de todo lo hace, no usará las palabras en vano, cada una valdrá la vida que arriesga. Pero tal vez sea una exageración. También se han escrito cosas muy intensas jugando.

Emily Dickinson quedó para siempre con sus fragmentos entrecortados y videntes

Meendiño en la Edad Media consiguió decir con una breve cantiga más que Tomás de Aquino con los veinte tomos de su Summa teológica.  Sábato quedó para la Literatura con las cien páginas de El túnel.  Proust escribió mucho , pero bastarían las líneas sobre la magdalena para que lo recordáramos siempre. El emperador Adriano fue un gran poeta con cuatro versos: "Pobre alma mía, errabunda, triste,/ ¿adónde irás ahora? /  descenderás a  lugares  pálidos y solitarios/ y ya no jugarás conmigo como antes".

Hay escritores que charlan y charlan.  Y otros que como Cristo trazan una sola frase en la arena y luego la borran, nos recuerda  Mircea Cartarescu. Emily Dickinson quedó para siempre con sus fragmentos entrecortados y videntes. Hay tipos charlatanes como Ponson du Terrail, que escribió más de cien tomos con las aventuras de Rocambole. Pero hay otros que escriben estelas como Segalen. La afonía siempre jadea al borde de nosotros.  No es jugueteo, es cuestión de vida o muerte. Pero también se puede jugar con la vida, como Borges. Todo puede ser algo trivial, como dice Borges. Y sin embargo Borges nos emociona con los pocos versos de Límites: "Hay una línea de Verlaine que no volveré a releer".

Al final tal vez nos juzguen por nuestra mejor frase. Nos perdonarán los millones de tonterías pronunciadas. Hubo afónicos que nos asombraron como Samuel Beckett. Pero otros sueltan infinidad de obras, por si aciertan en alguna. Y a veces aciertan, ven el corazón.

Pero cuánto desperdiciamos las palabras.

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