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Expresiones del éxtasis

Perceval en 'El cuento del Grial' de chretien de Troyes se queda tan embebido en la contemplación interior de su amada que no se acuerda de pelear con quien lo está desafiando

ALLAN WATTS, el gran valedor del Tao en Occidente, al final de su vida, viviendo junto al océano, al norte de San Francisco, escribía en El futuro del éxtasis: "Cuando los pensamientos se dejan en paz a sí mismos la mente se esclarece". En El camino del Tao le decía a mi juventud: el Tao no puede buscarse, y cuando uno cree que lo busca lo está perdiendo, y no es algo que pueda conseguirse. Y yo decía: este hombre es gilipollas, me está mareando la cabeza. ¿Qué coño es el Tao entonces? Pero no me daba cuenta de que el Tao supera las categorías del lenguaje, las clasificaciones, y no es un producto, no es una fórmula, viene de pronto, torrencialmente, cuando se deja de conceptos que encierran, es la vitalidad del universo. Y Jack Kerouac, dando vueltas por las montañas de California, y estudiando los sutras budistas con sus amigos beat en Los vagabundos del Dharma, decía : "Comprendí que el ruido del silencio estaba en todas partes, y que sin embargo todo en todas partes era silencio». Watts vivía esa apertura junto al agua: «Hasta donde puedo recordar, la luz, el olor, el sonido y los movimientos del agua han sido siempre magia pura".

Es simplemente abrirse del todo, soltar el manantial, como decía William Blake. Aldous Huxley hablaba de formas para abrir "las puertas de la percepción". El mundo cristiano habla de gracia, de regalo de Dios. Santa Teresa encuentra la plenitud en el rincón más secreto del castillo, después de dar mil vueltas por las habitaciones. Pero a menudo le llega entre los pucheros, y entonces tiene una fuerza para realizar cosas y nadie puede pararla. San Juan de la Cruz habla de dejar las preocupaciones tiradas entre las azucenas y de romper la tela que lo envuelve y de cenar sin cortapisas con el Amado al que está persiguiendo. En el éxtasis el ser sale de sí mismo, se libera de su prisión. Lo recibe todo de verdad. El Ser llega sin ser filtrado por las palabras, por los prejuicios, por las limitaciones, por las cerrazones.

Nietzsche en lo más alto de los Alpes, a miles de pies por encima de las preocupaciones mezquinas, dio un Sí dionisíaco al universo. Antonio Colinas habló de una "noche más allá de la noche" en que todo rompe sus barreras y respira todo el aliento que le llega del mundo. Georges Bataille dice que en el erotismo uno se sale de sus propios límites y siente la plenitud como una gran risa que lo deshace todo. Rimbaud nos arrebata con una mañana de embriaguez en que hay dejarse de todas las honestidades tiránicas, encontrar el bien y la belleza, y que todo brille de nuevo de manera prístina.

El príncipe Mischkin, de Dostoyevski, nos cuenta que unos segundos antes de sus ataques de epilepsia parece que se desata todo en torno a él y que le llega una plenitud entusiasta de todas las cosas, un acuerdo paradójico de todo lo que parece opuesto. Jakob Böhme encuentra al Dios de la luz y las tinieblas, al que supera todas las contradicciones. El poema del sufí persa Nureddin el Attar La canción de los pájaros nos habla de una bandada que busca por todas partes un pájaro fabuloso y al final cuando menos lo piensan descubren que ellos mismos en formación constituyen ese pájaro. El minnesinger Walter von der Vogelveide en Bajo el tilo nos dice que al besar a su amada escucha más claro que nunca el sonido de los pájaros y el mundo se pone "amarillo, rojo y azul".

Mariana Alcoforado se compadece del seductor  que lo abandonó porque nunca será capaz de vivir las  delicias interiores que ella experimentó


Angela de Foligno exclama que todos los sufrimientos y las muertes del mundo no valen el placer que le produce la herida de su éxtasis. Mariana Alcoforado se compadece de su seductor francés que lo abandonó porque nunca será capaz de vivir las infinitas delicias interiores que ella experimentó mientras se amaban. Los maestros zen que aparecen en los koan —pequeños relatos— sacuden todos los conceptos de sus discípulos con una respuesta inesperada y les hacen ver de repente el mundo tal cual es más allá de todos sus encierros. Lo mismo busca Krishnamurti en La libertad primera y última, liberarse interiormente de las doctrinas y las palabras para Ver totalmente. Y en su Diario nos cuenta de qué manera impetuosa llega a nosotros la vida cuando le abrimos paso.

Plotino habla del éxtasis cuando el alma se levanta hasta el Uno más allá de nuestras palabrerías que nos encierran de manera miserable. Alejandra Pizarnk dice: "La noche, el cálido roce de la muerte, un instante de éxtasis para mí, heredera de todo jardín prohibido". Perceval en El cuento del Grial de Chretien de Troyes queda tan embebido en la contemplación interior de su amada que no se acuerda de pelear con quien lo está desafiando. Juan Eduardo Cirlot se encuentra con aquella niña de la infancia cuando el horizonte enloquece y el sol se pone muy pálido y se abren todas las cosas. Y Jaleludim Rumi, otro sufí persa, dice: "Encuentra la sabiduría de Dios dentro de ti, sin libro, sin tutor". Y esas palabras le valen una persecución por blasfemia.

Mircea Eliade habla de teofanías o manifestaciones de lo sagrado, son como las ontofanías o manifestaciones del ser de Antonin Artaud. En el Gita Govinda —el equivalente indio del Cantar de los cantares— Krishna y Rada se miran y se disfrutan torrencialmente en el bosque, sin que ya nada les estorbe. El infante Arnaldos de nuestro romance en la mañana de San Juan vio acercarse una galera con una música tan profunda que hacía acercarse a los peces y a las aves y se sintió tan arrebatado que quiso tener esa música. Pero el marinero le dijo: "Yo no digo mi cantar/ sino a quien conmigo va". Hermann Hesse en Sidharta errabundea buscando la plenitud por todas partes y al final la encuentra mirando con la mayor humildad una piedra en la orilla de un río. Cualquier cosa alberga la plenitud si la miramos de manera desnuda. Es lo que señala François Cheng al comentar la pintura china en Vacío y plenitud. 

Thomas Merton, el gran poeta y monje que me fascinó con La montaña de los siete círculos cuando yo vivía en un agujero lleno de hongos en Compostela, estudió con humildad la mística de Chuang Tzu y nos dijo en Incursiones en lo indecible: "Nadie puede entrar en el río llevando las vestiduras de las ideas públicas y colectivas. Debe sentir el agua en la piel. Debe saber que la inmediatez es solo para mentes desnudas y para los inocentes. Vamos, derviches: aquí está el agua de vida. Danzad en ella".

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