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Fitzgerald, el tamaño de las metáforas

Casi toda su obra es sobre el fracaso. Porque él soñaba los esplendores y luego los echaba de menos. Quería un sueño intenso y rápido,como escribió Rimbaud

FITZGERALD LE DIJO un día a Hemingway que estaba preocupado porque tenía el miembro pequeño. Lo cuenta Hemingway en París era una fiesta. Según él se lo dijo cuando estaban los dos en el baño de La Closerie des Lilas en Montparnasse. Siempre que voy a la Closerie me acuerdo de ese detalle.

Porque lo que quería Fitzgerald era el esplendor en todas las cosas. En su miembro y en su literatura. En su biografía y en su vida amorosa. En Nueva York y en París y en la Costa Azul. El jazz lleno de animación era la metáfora de la brillantez y por eso publicó Cuentos de la era del jazz.

Pero el esplendor era un instante y luego añorarlo. Era empezar con un éxito tremendo con su primer libro A este lado del paraíso y luego ver que no comprenden tus mejores obras hasta que vuelven a admirarte con tu último libro, El último magnate, cuando ya te has muerto de alcoholismo. 

Casi toda su obra trata sobre el fracaso. Porque él soñaba los esplendores y luego los echaba de menos. Quería "un sueño intenso y rápido", como escribió Rimbaud, y luego se dedicaba a recordarlo. Porque, como dijo su compatriota Robert Frost, "nada dorado puede permanecer".

Vivía las fiestas, los triunfos, los esplendores, como algo bello. En realidad siempre le interesaba la belleza y lo extraordinario, y no el poder o la influencia. Y lo compartía generosamente. Incluso apoyó a Hemingway, que se burlaba un poco de él. Lo suyo era un romanticismo al estilo norteamericano. 

Fitzgerald habla de las muchachas espléndidas como diosas imposibles. Habla de la mitificación de ciertos encuentros. Habla de lo que pudo ocurrir entre dos personas y no ocurre

Admiraba a los ricos, decía que son diferentes de nosotros, pero él era mucho mejor que ellos. Él quería la riqueza para hacer fiestas fantásticas, para asombrar a las chicas. Él pensaba en ese esplendor como la noche del ruiseñor de Keats, cuando la noche era suave.

Lo quisieron enseguida, pero luego lo olvidaron. Y no podía soportar que eso ocurriera. Escribió cuentos por encargo, como los que se reúnen en Los relatos de Basil y Josephine, pero puso todo su talento y su brillantez en ellos. Su brillantez en el mejor sentido. Su capacidad para ver lo que brillaba en sus personajes por encima de sus trampas y sus ambiciones.

En realidad no admiraba a los ricos, admiraba a los que salen de la normalidad, a los que sueñan esplendores. Eso se ve en un cuento que aparece en los Cuentos completos publicados por Alfaguara. Ahí aparece un texto sobre un negro pobre. El relato está lleno de comprensión por la vitalidad del personaje. Y hay otros cuentos sobre ilusos que consiguen su momento de resplandor. Habla de los ricos, pero lo que habla, sobre todo, es sobre momentos irrepetibles, sobre escenas sublimes que resuman la vida.

En aquel cuento Un diamante tan grande como el Ritz relata la vulgaridad de los ricos, su obsesión por la cantidad. Igual que cuando habla sobre el hombre nada más que rico de El gran Gatsby. Conoce la falta de sensibilidad, la ramplonería y prepotencia de los que solo son ricos.

Fitzgerald habla de las muchachas espléndidas como diosas imposibles. Habla de la mitificación de ciertos encuentros. Habla de lo que pudo ocurrir entre dos personas y no ocurre. Casi su tema principal es la nostalgia de la plenitud, como las personas se equivocan y no llegan a alcanzar lo que podría colmarles, lo que solo atisban un momento.

Casi lo principal que hace es sentir nostalgia. Escribir como en el cuento El último beso: "Dame un beso de buenas noches, dijo ella, me gustan que me den besos de buenas noches, duermo mejor. Duerme entonces, pensó él mientras se alejaba. Fue imposible. Cuando me encontré con tu belleza no quise malgastarla, pero la malgasté, no sé cómo. Duerme. Es lo único que te queda".

Quería las noches de la Costa Azul y las noches de Nueva York, y los esplendores literarios y las metáforas asombrosas. Quería que las metáforas y las comparaciones fueran tan espléndidas como su miembro. Escribir: "La vida lo manoseó y lo desenrolló como a una pieza de encaje irlandés en las rebajas del sábado por la tarde". O escribir: "Los dos estaban solos en un mundo donde la queja de los violines eran tan imperceptibles como el polvo sobre una Venus de mármol", escribe en el cuento Cabeza y hombros.

Quería un miembro espléndido y una literatura espléndida. Una literatura hecha de expresiones deslumbrantes que captaran lo deslumbrante de la vida. Era un soñador y un idealista, aunque no se engañaba sobre las miserias de la sociedad capitalista. Pero quería captar lo que sobrevive en medio de ella de busca de la plenitud.

Quería esas noches únicas, quería ser el protector de aquella joven de Suave es la noche, que luego lo ve fracasado y patético. Seguro que bebió de ahí El nadador de John Cheever que va enterándose de la realidad a medida que se acerca a su casa recorriendo piscinas. Soñó con las chicas increíbles que patinaban en las nieves de Minneapolis.

Un verano leí todos sus cuentos. No me acuerdo de ninguno, pero me queda esa atmósfera. Esa búsqueda siempre de lo único, de lo desaforado. De la poesía en mitad de la vida. Recuerdo Regreso a Babilonia con el hombre que no podía dejar de beber y vivir la bohemia. Y ahora pide humildemente que le dejen ver a su hija. Se hizo una película mediocre sobre ese cuento. El quería ser bueno, pero no podía renunciar al esplendor y la bohemia.

Sí, el gran Gatsby era mucho mejor que todos ellos, ya lo dice el narrador. Montó todos aquellos esplendores para su amada, y cargó con las culpas de su amada. Y ella se fue con el rico y poderoso que no entendía esas cosas.

Y al final, por mucho que digamos, la tenía tan grande como Hemingway. Que al fin hizo un mito melancólico en su mejor novela, Fiesta —el título original es mucho más significativo : El sol también se levanta—, sobre el hombre que es impotente; pero ama sin fondo a su mujer y tiene que aceptar que se acueste con otros. Quizá Hemingway ahí comprende la tragedia y la melancolía de Fitzgerald. Y su propia literatura tal vez no llegó a ser tan contundente como él quería. Aunque yo creo que lo era mucho.

Y Fitzgerald consiguió una erección enorme, una erección descomunal de literatura y de vivencias irrepetibles y de metáforas. Y también tuvo su noche suave como Keats y supo como añorarla en textos espléndidos que nos hacen añorarla a todos. Y representa el esplendor de la literatura y la erección imparable de la literatura que nos provoca nuestros momentos más orgiásticos y románticos.

Fitzgerald, el tamaño de las metáforas
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