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La parra de Unamuno

Deseo escaparme hacia esta foto enseguida, demorarme en este rincón, hacer más caso de este detalle, porque quiero hacer mi visita apasionada, pero tengo que hacer la visita convencional de todos

AHORA VIVO en Salamanca y como no voy a visitar otra vez la casa donde vivió Unamuno como rector, no me dejan ir a mi aire, un tipo me sigue a todas partes dándome explicaciones, me agobia un poco con ellas. Yo deseo escaparme hacia esta foto enseguida, demorarme en este rincón, hacer más caso de este detalle, porque quiero hacer mi visita apasionada; pero tengo que hacer la visita convencional de todos. Sin embargo, me emociono y me apasiono recorriendo estas salas otra vez, ya no me acuerdo de cuando vine hace treinta años. Interiormente sigo haciendo mi visita a Unamuno en soledad, en la planta baja en una sala amplia me ponen un video trivial, subo las escaleras, veo las fotos de sus distintas épocas, espío los textos autógrafos, me acerco a su cama, alucino con una maleta que llevaría a todas partes, me asomo a un balcón donde se ven muy cerca las figuras de piedra del antiguo hospital universitario, regreso a la mesa grande de trabajo, me asomo al balcón donde una parra se extiende con profusión y casi escandaliza la calle estrecha que lleva a la catedral.
Comprendo que Unamuno se entusiasmara con esa parra, lo representaba un poco a sí mismo, en la pared veo un poema que dedicó a esa parra ("en el ancho balcón, rectoral parra/ que de zarcillos con la tierna garra/ prendes su hierro").

Pero la parra sigue ahí, representa su personalidad y su obra, y es la misma parra que lo acompañó tantas tardes, me emociona darme cuenta de eso, el guía me sigue dando explicaciones, pero yo sigo alucinado con esa parra, y miro con fuerza esa foto en que Unamuno a los treinta años va a sorprender al mundo entero, no quería chaquetas ni corbatas, hará una literatura sin chaquetas ni corbatas, una literatura como la ropa de subir a la sierra de Francia y a todas las sierras de España, una literatura de caminante y de persona que vive y no para de inquietarse. Lo veo aquí detrás de las explicaciones opacas, de los discursos oficiales que lo convierten en una simple figura de manual. No, él está vivo, dejó esa parra para mí, para que yo no haga caso de las explicaciones convencionales y lo vea concretamente a él.

Y me acuerdo de todos los libros suyos que leí con pasión, cuando puse su foto grande en mi dormitorio de Chantada, de como lo admiré como un escritor único, al que no asimilaron ni estos ni los otros, que no cabe en ninguna ideología cuadrada, que afirma la vida paradójica y contradictoria, nos inquieta a todos, nos arranca nuestras certezas, no está ni en la tradición cerril ni en la modernidad simplista, defiende al hombre concreto de carne y hueso contra estos y aquellos esquemas, en Del sentimiento trágico de la vida afirma la vida como lucha trágica e interminable de contrarios, pide un cielo de inquietudes continuas que se parezca al infierno, pide una eternidad que no sea fundirse en el todo, sino ser Miguel de Unamuno por toda la eternidad. La vida así defiende a través de él lo original y lo único, la soledad creadora. En La agonía del cristianismo habla de un cristianismo que esté siempre en agonía, es decir, en lucha, en paradoja continua, en palpitación. En Amor y pedagogía  habla de la personalidad misteriosa que no cabe en programas educativos ni en manipulaciones intelectuales, pone a un mentor que en lugar de consejos suelta paradojas e inquietudes igual que los maestros zen. En Vida de Don Quijote y Sancho defiende España como el sueño y el espíritu contra el tecnologismo y el mecanicismo. La gente ridiculizó mucho su «que inventen ellos», pero lo que es ridículo es el papanatismo tecnológico que nos complica la vida y nos hace consumir dócilmente sin parar —con lo sencillo que es cerrar una puerta, abrir un grifo, darte una entrada para el cine, hay que buscar células fotoeléctricas, tarjetas de contacto, programas de ordenador—. En Niebla creó a Augusto Pérez, que discute con su autor y se considera más real que él, en ese mismo despacho donde ahora estoy; en esa pasión por ser él mismo que surge de las raíces más hondas. En Andanzas y visiones españolas dice mirando el Palacio de Monterrey ·la Historia pasa, los sueños permanecen· pensando en sí mismo y en sus sueños,  etc, etc, etc.

Miro la parra y veo al escritor rebelde por naturaleza, al que no es un progre santurrón y convencional, ni es un pasatista de machamartillo y misa diaria


En todos esos libros está el Unamuno indomable, el que habla en nombre de la vida contra toda clase de sujeciones, el que defiende la pasión y el espíritu contra la técnica muerta  o la inquisición asfixiante, el que nos sacude por las solapas y nos arranca la corbata y nos dice: entérate, coño; con un poco menos de formalidad que Heidegger, con un lirismo más rabioso que el de Camus, con la misma angustia de Kierkegaard o Chestov.

Miro la parra y veo al escritor rebelde por naturaleza, al que no es un progre santurrón y convencional, ni es un pasatista de machamartillo y misa diaria. No es ni esto ni lo otro,  es sospechoso para todos, la Iglesia pone sus libros en el índice, a los progres les molesta que sea espiritualista y personalista, y sigue retratado en su enfrentamiento contra Millán Astray en los comienzos de la Guerra Civil en el paraninfo de la universidad; pero ahora un tipo que quiere ser famoso a toda costa decide utilizarlo y se saca de la manga que no hubo enfrentamiento con el militar tuerto. Lo fundamenta con unos argumentos absurdos, dice que el escritor y el general no se enfrentaron porque después Unamuno se fue como si nada al casino, pero él mismo dice que en el casino lo recibieron a gritos y tuvo que ir su hijo a recogerlo. Si no pasó nada en el paraninfo ¿ por qué lo recibieron a gritos?, ¿y por qué poco después le quitaron todos sus cargos y honores?, ¿y por qué escribió en una carta  que la mentalidad de cuartel unida a la mentalidad  de sacristía iban a estropear España? 

El tipo dice que el Unamuno rebelde lo inventó no sé qué periodista republicano, pero esa es una gilipollez como una casa, porque ese Unamuno rebelde está en  millones de líneas de todas sus obras durante cuarenta años, está en sus primeros escritos y está en los últimos,  y qué demonios importa lo que dijo exactamente en la famosa sesión del paraninfo, las hormiguitas académicas solo se fijan en los datos aislados, en el polvo de los datos —como decía Nietzsche— y se les escapa el espíritu de esos datos, porque trabajan mecánicamente, y en las máquinas no está el espíritu, pero el espíritu de  Unamuno me habla en esta parra apasionada y rebelde.

La parra de Unamuno
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