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Los dioses cursis

Nos la roban y encima la adulteran y la machacan, la manosean a su modo. Lo convierten todo en cursilería para ricos. Durante siglos entraba todo el mundo en las catedrales. Y de pronto hay que pagar, la catedral es solo para los que tienen dinero

LAS CATEDRALES están secuestradas por la Iglesia, dice Llamazares. Pero en teoría eran lugares de Dios y Dios es de todos. ¿O también hay que venderlo en trozos?

En La Puerta del Sol de Madrid un alcalde sádico puso pinchos en todas partes para que nadie pudiera sentarse. ¿Sentarse sin consumir a precios sublimes en la terraza de una cafetería? ¡Habrase visto el descaro!

Las plazas no son para las personas, son para los hipsters divinos. Y en los parques no ponen bancos de madera cómodos para que un mortal se siente a descansar o a contemplar la vida que pasa, ponen rombos de hormigón para que los pijos que consumen diseño apoyen apenas el culo. Habrá que preguntarse adonde irán los exiliados que no comen con chefs. O como Catulle Mendes: ¿Dónde mueren los pájaros?

La arquitectura urbana nos exilia. Los barrios se gentrifican y encarecen, y echan de ellos a la gente colgada. El mundo es para los pijos. Y los demás que se vayan a las tinieblas exteriores. Ni siquiera existen. Los pijos son superprogres en sus sofás exquisitos y toman platos exquisitos y leen libros en ediciones de lujo para progres y hacen declaraciones exquisitamente progres. Incluso una serie inteligente como Shameless denuncia esta pijería cultural. En Chicago a los hipsters les encanta pagar tres veces más por algo, con tal de que los demás no puedan. Menuda plaga los hipsters. Podrán decir lo que quieran de los hippies de los años sesenta, pero no secuestraban nada y no le ponían precio al aire.

Bilbao tenía un Museo de Bellas Artes extraordinario —con Zurbarán, El Greco, Gauguin— y en sus salas había una fiesta de arte secreta. Pero hicieron el Museo Gugenheim ostentoso para la pijería, y las entradas cuestan una barbaridad, y toda la zona alrededor se volvió pija y todo en ella cuesta un montón y al vecino de siempre o al que amaba el arte en silencio sin ostentaciones que lo zurzan.

La literatura tiene sus productos satinados. El grasiento Tom Wolfe que escribe obras exquisitas exaltando la sociedad de consumo y sonriendo con cara de Julio Iglesias. ¿Por qué me repateará tanto la sonrisa de ese tipo con esa cara de triunfador de diseño? Con esa nariz de hamburguesa literaria exquisita. Y qué decir del brasileño que te da píldoras de felicidad. O del otro que te vende la leche de María Magdalena.

Aparecen librerías muy pijas, de una progresía exquisita, con delicatessen de la literatura. Pero no esperen libros de bolsillo para todos. Solo libros de diseño, de pastas duras, a precios altos. Alta cuisine cultural. A veces venden libros muy buenos, pero siempre de modo que el colgado de la esquina no pueda comprarlos.

La editorial Bruguera publicaba los grandes autores de todas las épocas, en ediciones maravillosas, a precios bajísimos

La editorial Bruguera publicaba los grandes autores de todas las épocas, en ediciones maravillosas, a precios bajísimos. A veces con introducciones profundas de los más sesudos especialistas, lo que no sé yo si valía la pena, pero al menos valían para leer las biografías de los autores. Y aquello sí que eran diseños imaginativos, deliciosos, que te hacían soñar, no estos diseños fríos y pedantes de ahora, por los que encima te cobran un dineral. ¿Pero qué coño está pasando? ¿Es que la sociedad entera se está volviendo idiota?

Aparecen librerías de espiritualidad y nueva era, con libros que te resuelven la vida entera en dos semanas, a precios muy altos, que te invitan a cursillos mágicos a precios muy altos, que te llevan a estancias en una naturaleza de diseño a precios muy altos. Y atienden con exquisitez al cliente pijo de mirada exquisita con la cartera exquisita. Aquí tenemos la espiritualidad satinada de diseño para los nuevos tiempos.  Un escritor famoso me manda cada cierto tiempo una invitación a unos encuentros de Eleusis que cuestan cientos de euros al día. Y yo le digo: Allen Ginsberg soltaba su espiritualidad en las calles sin cobrar ni un euro. La contracultura iba a las fuentes orientales o a las montañas de California, y la vivían tipos tirados en las aceras que no tenían ni un duro.

La ‘alta cocina’ te pone un bocado minúsculo de sabor incógnito en el fondo de un plato enorme y te dice que es cocina de diseño, del chef Nosecuantos. La abuela cocinaba comidas exquisitas para todo el mundo. Pero ahora solo merecen las delicadezas vaporosas los pijos que puedan pagarlas. Los que sacan tarjeta o aparato tecnológico de última generación para pagarla. Una adelantada de esta pijería en los años ochenta me ponía una sola uva en un plato como ejemplo de exquisitez. Cuando salía de su casa me iba a tomar un bocadillo de morro a la calle del Franco en Compostela.

Cuidado, yo sí creo en las minorías. Y en la práctica cree todo el mundo aunque diga que no. Las masas no leen a Shakespeare, aunque los progres digan que si, y un best seller no es lo mismo que el Ulises de Joyce. Pero mi minoría es la de la creatividad y la imaginación, no la de la pijería y el diseño pedante. No es la de los hípsters atoallados que pagan encantados el triple por una cerveza. No es la de los banqueros que solo leen dividendos. Yo creo en los creadores, no en los pijos de plexiglás.

Pero lo convierten todo en mierda exquisita para los pijos. Los que tienen alta tecnología actualizada cada media hora. Los que decoran sus casas con tendencias super caras aprendidas en revistas progres. La progresía exquisita también es para pijos. No es nada la izquierda divina de los años sesenta al lado de esto.

Los dioses cursis y relamidos con celestial cuenta corriente se apoderan de la cultura y del mundo. Y a los que no somos pijos nos arrojarán a la inexistencia. ¿Qué pasará con los que queremos un buen trozo de jamón y no una exquisitez pija en el fondo de un plato, con los que queremos literatura viva y no frasecitas celestiales que te arreglan la vida en dos segundos, con los que queremos leer a Dostoyevski por tres euros porque los beneficios nunca serán para él, con los que queremos apoyar la espalda en un banco del parque y no estirarnos en un rombo de cemento por si nos caemos, con los que queremos entrar en casa con la llave sin recurrir a apabullantes tecnologías?

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