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Sam Savage, la rata romántica

Y ahora vas y te mueres, menuda faena, después de publicar tu primer libro a los 66 años, aunque de eso no tienes culpa, claro, la tiene el sistema editorial vigente, los editores que solo quieren ganar dinero seguro y no miran nada, ni se enteran de nada.

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BARRAL INCLUSO estaba orgulloso de rechazar El doctor Zhivago, pero al final te conocimos, con tus ojos hundidos y tu barba de profeta, seguro que muchos alumnos tuyos intuyeron algo grande en tu aspecto, cuanto me emocionó tu Firmin, la historia de una rata que lee libros, toca el piano y sueña con ser Fred Astaire. Nunca la olvidaré, y la acabo de leer otra vez, cuántas cosas ahí, cuánta sabiduría y protesta melancólica, contra este mundo que nos lo diseñan helado y nos dicen que es un progreso, en el cual desaparece todo lo humano y lo genuino, todo lo espiritual y lo vivo, como esa librería repleta de libros de todas clases, pero sobre todo de grandes autores inagotables, que regenta el librero entusiasta y callado, donde se reúnen una serie de personajes condenados a la desaparición, libros esparcidos por todas partes llenos de pasión y saber, esa plaza que las excavadoras amenazan kafkianamente, enviadas por un ayuntamiento insensible y un arquitecto triturador,  ese barrio entero de Boston que desaparece en nombre de la especulación despiadada. Todo lo que alberga vida escondida y poso lo aplasta una modernidad despiadada, algo que llaman progreso y me inspira una risa trágica y melancólica, un diseño que nos lo diseña todo de manera abstracta y aséptica, mientras avanzan las máquinas una rata recoge lo que los hombres desprecian, a los más grandes autores que guardaron nuestro espíritu, con una ironía atroz y emocionada retratas esos personajes y esos temas. A la rata la recoge el escritor friki y escéptico al que nadie hace caso, que publicó esa novela sobre los extraterrestres axianos que son sumamente espirituales, pero tienen un aspecto viscoso. Para no desgradar deciden parecerse a la especie dominante en la Tierra, concluyen que esa especie es la rata, los humanos deciden exterminarlos de una forma tan brutal que al final los axianos pacíficos vienen e incendian la Tierra, solo quedan las ratas noruegas, eso explica tal vez por qué Firmin es inteligente y sabe leer, porque sería un axiano, aparte de las alusiones humorísticas a la frenopatía. 

Tú, Savage, cuentas esos argumentos con despego irónico pero también con vitriolo y con intención, pones a Jerry ese escritor muerto de hambre como a un personaje ridículo, una especie de Charlot desangelado que sin embargo dice cosas, y también reivindicas las salas de cine que ahora desaparecen para traer los centros comerciales y los vídeos como hamburguesas en las casas, los lugares para sumergirse en la imaginación, los templos del arte, desaparecen y todo se vuelve consumismo, las películas se consumen como palomitas en los centros comerciales, todo es trivial y sin relieve, ese cine al que va Firmin pone películas clásicas de día y porno de noche. A l final los espectadores están dormidos y solo una rata romántica mira las películas, Firmin está enamorado de las beldades femeninas que viven en los carteles, sueña con Ginger Rogers, pero las paleadoras avanzan, el progreso nos va a tragar a todos, nos va a meter a todos en edificios impersonales como insectos kafkianos, nos van a robar a todos nuestra identidad y nuestros recuerdos.  La literatura no les sirve a los que montan esa gran transformación kafkiana, más bien les estorba, porque la literatura recoge el latido sin fin y escondido. La literatura es, como señaló Bradbury, la sangre para guardar en las catacumbas, el alcohol prohibido que nos mantiene vivos, por eso tú, Savage, tienes esa cara de profeta, porque eres un profeta de lo humano y lo literario en medio de esta sociedad absolutamente masificada que nos mecaniza a todo., Primero acaban con lo divino, ahora acaban con lo humano, e implantan el reino de la máquina, arrojan lo humano y lo espiritual al rincón de la ridiculez y lo descartado, los que defienden lo humano se convierten en frikies enloquecidos y tal vez no merecen ni la seguridad social, ni las amabilidades mecánicas de las camareras obedientes del Alphaville de Godard. 

Mientras avanzan las paleadoras se convierten en un héroe humilde, el héroe de la rata Firmin

Pero tú, Savage, que en el fondo eres esa rata romántica, que se proclama a sí misma romántica, o sea, ridícula pero persistente y rebelde. ¿Quién no defenderá el romanticismo ante esta realidad helada y mortal? Cuando desaparece todo, cuando cualquier mínima petición de vida se convierte en romanticismo, tú, Savage, con ese aspecto tan poco de ejecutivo pragmático, nos diste esa epopeya patética y emocionante, esa especie de balada del cine y la literatura en la era de las paleadoras, esta elegía por el tiempo de David Herbert Lawrence y Jonathan Swift , de Flaubert y de Faulkner, con los que viajabas por el mundo entero y por la vida entera, por los libros en papel que podías roer y que te olían concretamente sin esfumarse en una pantalla, por la catedral del libro como un culto libre y delirante con el que el dinero y las máquinas acaban, como aquella vieja Bette Davis de Robert Aldrich que ante las paleadoras se negaba a dejar su vida y sus recuerdos, ese librero rodeado de amigos sencillos que se sienten vivir sencillamente mientras avanzan las paleadoras se convierten en un héroe humilde, el héroe de la rata Firmin. Firmin intenta comunicarse con él y cruza con él una mirada decisiva, y no advierte al principio que el librero no lo está alimentando sino envenenando, con eso planteas también de manera patética el tema de la comunicación, cuántas ratas similares se han perdido así en la incomprensión. Planteas también el tema de la soledad, de los sueños, de la libertad, Firmin siempre está soñando, se libera tocando en su piano a George Gershwin y a Charlie Parker , al final se pone a bailar en sus sueños con Ginger Rogers desnuda, que lo recoge en sus manos y lo coloca entre sus pechos, pero le cuenta que de día ya trabaja para el mundo de las paleadoras, hace un trabajo de día y un trabajo de noche. La noche son las fantasías libres y la literatura, el día es lo funcional y lo práctico. Al final ganan las paleadoras, se acaban los libros y las salas de cine, se acaba una parte de Boston, y ahora vas tú y te mueres, es normal que te cansaras.

Sam Savage, la rata romántica
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