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Tristan Cobière, borracho en su balcón

Muchas veces me he preguntado si me publicarían un artículo escrito estando borracho, y escribí muchos artículos con borrachera mental

Ahora vamos a suponer que estoy borracho, que le hago caso a Baudelaire cuando dice: embriagaos, y pienso en Tristan Corbiere borracho en su balcón, una vez saludó a la gente escandalizada vestido de obispo desde el balcón de su casa en Morlaix de  Bretaña en 1869,  borracho de fracaso, su padre era marinero y autor famoso de libros de aventuras, se enamoró de Marcela la novia de su mejor amigo, habló de ella en muchos poemas, ella se dejó querer, estuvo como un gilipollas segundón admirando lo que quería, se acomodó en su fracaso, se burló de sí mismo y de sus propios sentimientos, se fue a París y vivió en la rue Frochot cerca de Montmartre, como no tenía dinero dormía en un arcón, como un Drácula fracasado que no llega a conde, un Drácula que ni siquiera consigue sangre, estaba tan delgado que le llamaban El Espectro de la Muerte, tenía tuberculosis, viajó hasta Nápoles y tragó el sol de Italia y la belleza de las napolitanas, y eso fue su toma de aliento intenso antes de morir, se estaba muriendo en París y la novia de su amigo lo visitaba y lo cuidaba, al fin y al cabo los dioses particulares agradecen los homenajes, y los aristócratas agradecen los homenajes de los trovadores a sus mujeres como en la Edad Media,  muchas veces ocurre así, hay amores físicos y hay amores sublimes con una pizca de carne flotando en el aire, hace poco tiempo fui otra vez por Bretaña, una de las etapas principales era Morlaix, porque allí vivió mi admirado Corbiére, aluciné con él ya en Barcelona  hace cuarenta años y leí ‘Los amores amarillos’ en francés y andaba con él  por todas partes, y hace treinta años ya estuve en Morlaix y vi las casas de madera con un gran espacio interior, pero lo tenía todo difuso en la cabeza, ahora cuando hago viajes con Consuelo me parece que los hago por primera vez de verdad y todo lo percibo mucho mejor, estábamos en un hotelito que daba a la lengua de mar que entra muchos kilómetros en tierra, al lado del viaducto gigantesco, subimos a la parte alta al cementerio y buscamos su tumba, no aparecía pero nosotros nos obstinamos, preguntamos a una viejecita que recordaba a la familia Corbiere, y al fin lo encontramos, y festejamos el encuentro encima de la tumba, nos emborrachamos con el entusiasmo del encuentro, casi se levanta Tristán con su cara triste para alegrarnos a nosotros.

Ese diosecillo borracho de fracaso y de ocurrencias alumbró a Laforgue que es mucho más conocido, hizo que Verlaine lo incluyera en 'Los poetas malditos', provocó T.S. Eliot lo admirara y cogiera su tono para 'La tierra baldía'

No puedo decir cuánto me emocionó estar allí, homenajear a ese poeta al que solo conocemos unos pocos,  al que no buscan multitudes ni visitan presidentes, que es una especie de diosecillo subalterno que se emborracha de poesía en las cocinas, que duerme en un arcón, un dios particular que nos ilumina a unos pocos con una luz irónica y cálida, y sin embargo ese diosecillo borracho de fracaso y de ocurrencias alumbró a Laforgue que es mucho más conocido, hizo que Verlaine lo incluyera en Los poetas malditos, provocó T.S. Eliot lo admirara y cogiera su tono para La tierra baldía, hizo que  la burla y la autoparodia se convirtiera en poesía con quilates y en revelación, habla en tono irónico y emocionado de los navegantes bretones y los viajes que hacía su padre en  los capítulos Armor y Gentes del mar, inventa cartas desde lugares inverosímiles, habla de las creencias y los santos bretones de cocina con despego y con amor,  escribe en ‘Eso’ poemas que se desmienten a sí mismos, se preguntan y se responden de manera chocante, se llenan  de entrecortados y frases sin terminar y giros como en el jazz, hace como que tartamudea o no sabe lo que quiere decir, quiere atrapar algo que se escapa en el capítulo Los amores amarillos, corta el amor con rayas y puntos y desmentidos,  plantea una nostalgia de no sabe qué sentimientos que ni quiere coger con los dedos en Serenata de serenatas, se presenta como Leonard Cohen como un amante que es un toro, un vampiro, un confesor, un apóstol famélico, un ahorcado, una mujer, escribe poemas breves y alados, llenos de musicalidades graciosas y tristes, en Remiendos habla de prostitutas y de niños mendigos, porque sabe que el también es un mendigo, un mendigo borracho en Montmartre que luego dará migajas increíbles a los grandes poetas,  se ve a sí mismo después de muerto en Canciones para después como un "peinador de cometas" y dice que lo querrán porque "el amado es siempre el Otro".

Mirando Capri con "los suspiros de la santa y los gritos del hada", sí, me imagino a Corbière paseando por las calles de Morlaix, borracho de fracaso y de sentires

En su tono ligero alcanza una pasión que ya quisieran otros con sus rayos y truenos, sabe que la pasión es algo evanescente y difícil de expresar, habla desde dentro de su arcón como desde dentro de un sueño, toda su vida es como un "sueño ligero y rápido" como decía Rimbaud, un sueño de treinta años escasos en los que destila los mares de Bretaña y el sol de Italia para hacer un filtro inasible, antes del que hizo Nerval al pasear mirando Capri con "los suspiros de la santa y los gritos del hada", sí, me imagino a Corbière paseando por las calles de Morlaix, borracho de fracaso y de sentires, admirando a la novia de su amigo, tirando  ocurrencias hondas en el viento, arrancando a las palabras tonos inesperados, trastornó la poesía de otro modo que Rimbaud, pero con resultados igualmente estimulantes, al quebrar la voz, al romper todo tipo de seguridades, al desconfiar de sí mismo y confiar en sí mismo lateralmente, al quitar toda solemnidad y alcanzar la gracia como por descuido, al convertir lo popular en destilaciones, me lo imagino en los bares de Bretaña, inventando aventuras grandiosas y minúsculas en el barco de su padre o en el yate de su amigo, imaginando todos los viajes de Julio Verne sin salir de la bahía de Morlaix, me lo imagino en París desconocido e ignorado incluso por sí mismo, durmiendo en el arcón y metiendo sus poemas despedazados en el arcón, estuve allí, en el lugar exacto donde vivió, y me emocioné de manera reluctante, y lo veo  bendiciendo a la gente desde el balcón de su casa de Morlaix, porque hay mucho más espíritu en él que en los obispos episcopales con sus ropas pesadas, borracho de fracaso en su balcón, con la libertad del fracaso para hablar como quisiera, para romper los poemas y hacer chispas con ellos, para adaptarlos a todas las paradojas y a todos los quiebros, y yo borracho en otro balcón bendigo a la gente en su nombre.

Tristan Cobière, borracho en su balcón
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