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Ursula Le Guin, un futuro poético

"Le Guin contrapone las dos miradas: la analítica de los científicos que lo seccionan y clasifican todo, y que crean armas terriblemente destructivas, y la sintética de los que viven y sienten. ¿Por qué es más verdad la primera?"

SIEMPRE ME fascinó esa mujer. Me daban ganas de ir a Oregón solo para verla de lejos. Le expresaría mi admiración con una mirada en un café. Ya era vieja, pero podría enamorarme de ella. De joven tenía la nariz larga y el pelo desordenado sobre la frente. Y en los ojos tenía un brillo poético.

El mundo que creó en las novelas sobre Terramar tiene vigor y convicción, se queda en la cabeza como cualquier mundo real. Nos lo creemos totalmente, está lleno de detalles y de coherencias secretas. Su ensoñación no es puro capricho, sus creaciones huelen a verdad.

Siempre nos imaginamos los mundos futuros como mundos de pura tecnología, donde solo habrá científicos y expertos en máquinas. A nadie se le ocurre inventar escritores locos y bohemios en mundos futuros, o mujeres enigmáticas y contradictorias. Pero Úrsula Le Guin sí lo hizo en una de sus primeras novelas, El mundo de Rocannon.

Hay un mundo de supertecnología, faltaría más. Pero algunos sienten nostalgia de la belleza que no crea la técnica, de la vitalidad entusiasta que no nace de ella. De los valores de caballerosidad, de las luchas por la libertad, de la nobleza de los sentimientos. Del mito y del símbolo. Consideramos que el mundo de la ciencia es superior al de la poesía, la novela y la magia. Pero como mínimo son paralelos, y la ciencia nunca sustituirá lo que nos da la ensoñación y la literatura. Son dos maneras de enfocar la realidad: se puede mirar a una persona encantadora como una persona encantadora o como un agregado de órganos y vísceras. El conjunto vivo o las partes muertas.

Le Guin contrapone las dos miradas: la analítica de los científicos que lo seccionan y clasifican todo, y que crean armas terriblemente destructivas, y la sintética de los que viven y sienten. ¿Por qué es más verdad la primera?

Le Guin plasma como una pintora inspirada una geografía grandiosa, llena de contrastes y de sorpresas

En un museo se guarda una joya bellísima como testimonio de una de las culturas del universo que los técnicos clasifican. Llega un hombre y reclama esa joya como necesaria para su reino. Rocannon, el encargado del museo, le permite llevarla, y se desplaza interesado a ese reino. Es un planeta donde reina una mujer de extraña elegancia, ¿es la Luna, es la noche tal vez? Gobierna de modo liberal a sus súbditos, la defienden caballeros que la aman con pasión. Es un reino de tolerancia y de belleza, depositario de extrañas sabidurías, de legados guardados en leyendas.

Pero ese reino se ve amenazado por unos invasores brutales y represores, fanáticos e intolerantes, que quieren conquistarlo. Rocannon acompaña a una expedición a la región del sur de donde proceden los invasores. Es una expedición peligrosa, pasan peripecias sin fin, tienen pequeñas victorias, allí a él no le valen sus conocimientos técnicos. Admira en sus compañeros la generosidad, la abnegación, el sentido de la amistad, la lealtad, la devoción por su reina. Recuerda unos bellísimos palacios donde se desplaza una sombra amenazada, evoca a esa reina que es depositaria de infinitas memorias. Le Guin plasma como una pintora inspirada una geografía grandiosa, llena de contrastes y de sorpresas. Describe desiertos imposibles habitados por criaturas de pesadilla, regiones nevadas, montañas inaccesibles, bahías olvidadas con barcos prodigiosos. A los expedicionarios los asedian fieras inauditas, aves de rapiña que los acosan, agresores fanáticos, situaciones desesperadas.

Por la noche junto al fuego se cuentan sus intimidades, se dan a conocer verdaderamente, se hacen confesiones. Recobran una profunda fe en sus valores, un entusiasmo ignorado. La noche propicia la comunicación verdadera, la profundización en sus vidas. En ella cada uno llega a lo más hondo de sí mismo, a la lucidez sin ruidos. En la noche Rocannon, admira apasionadamente a sus compañeros, y se dice que tiene que salvar ese planeta.

Por fin llegan al territorio enemigo, al lugar de donde surgen los invasores brutales. Pueden ser los puritanos almohades que asaltan el reino refinado de Sevilla del poeta Al Mutamid. Pueden ser los bárbaros calvinistas que amenazan la alegría de vivir y el arte de Italia. O puede ser el imperio tecnolátrico que quiere arrinconar todo lo vivo y lo bello.

El país del sur es un reino de la fuerza y el poder brutal, que amenaza al reino hecho de belleza y leyendas antiguas, identificado por una joya, regido por una Dama evanescente. Esa dama provoca en Rocannon una amistad apasionada. Y siente un amor encendido por sus nuevos amigos que hablan en lenguaje poético, que no conocen sus adelantos técnicos ni su jerga científica, que ignoran sus aparatos de destrucción, pero que están llenos de vida y de creatividad. Y siente una nostalgia invencible por ese mundo y por sus valores.

Y hay un Reino de la Dama escondido en nuestro inconsciente. Y esa Reina tal vez sea Ursula Le Guin

Hay un Rocannon escondido en todos nosotros. Por muy cientificista al estilo occidental que sea y por mucho que pretenda pulverizarlo todo y dar explicaciones mecanicistas a todo. Y hay un Reino de la Dama escondido en nuestro inconsciente. Y esa Reina tal vez sea Ursula Le Guin. La que estudió las literaturas medievales europeas en la universidad de Berkeley. La que tradujo a Lao Tse.

Rocannon se adentra solo en la ciudad del enemigo y consigue transmitir una petición a su país para que la destruyan con armas de destrucción masiva. Lo hace con medios supertécnicos . Pero lo hace para salvar un mundo que es mucho más fascinante que el de la mera técnica. En este mundo que adora en masa sin desviaciones a la tecnología como la diosa suprema, millones de personas sin embargo se sienten fascinadas por las historias de fantasía y de "magia y espada", las ven con los ojos desmesurados. Por algo será. Hay algo en nuestros arquetipos, en nuestra sangre, que no se llena solo con aparatos.

Así, sin que ellos sepan cómo, sin que los aprese ese prosaísmo de conceptos científicos, los súbditos de la Dama se salvan. Los tecnócratas observan a esos seres de leyenda sin tocarlos y se creen superiores a ellos. Como cuando el sesudo observa a la hermosa llena de vida y se siente revitalizado por ella sin que se le ocurra diseccionarla. Pero él en el fondo sabe que con su análisis algo muy importante se escapa. Por una vez el análisis no ha destruido la poesía. Las máquinas no sustituyen a la vida.

Mi querida Úrsula lo sabía. Y se lo ha susurrado a millones de personas. Y su susurro queda ahí y no podrán matarlo. Gracias, Úrsula, me tomaré muchas noches el licor que has dejado.

Ursula Le Guin, un futuro poético
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