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Los artículos que, en barra libre, publico los domingos en la última página de la edición impresa de El Progreso.

La pregunta equivocada

La cuestión no es si esto cambiará el mundo, sino si lo haremos nosotros

BUENA PARTE DE mis conversaciones de estos días con mis grupos de amigos han ido a parar al tema del mundo que nos encontraremos al salir y al modo en como esto lo cambiará todo. Porque parece haber un consenso bastante amplio en que lo cambiará, donde se sitúa la discusión en el modo en que lo hará y la profundidad de esa transformación.

En esas conversaciones me recuerdo a mí mismo defendiendo con mayor o menor vehemencia, dependiendo de los interlocutores y del número de cervezas, que por fuerza ha ser una sociedad mejor, que para cualquiera, independientemente de ideologías, han tenido que quedar algunas cosas claras: el valor de la solidaridad, la locura suicida de la economía deslocalizada y desregularizada, la importancia de un sector público sólido y bien nutrido... No sé, lo evidente. Tengo tendencia al optimismo y cierta fe en la humanidad, con especial énfasis en lo de fe por lo que conlleva de irracional.

Pero luego, a solas, dudo. Trato de buscar elementos en los que apuntalar mis argumentos, adivinar pequeños milagros que sostengan mi fe. Y los hay. Que la mayoría de ayudas aprobadas por el Gobierno, sin entrar en si han podido ser mejores o peores, hayan ido destinadas a proteger el empleo, a los autónomos o a los trabajadores y no a rescatar entelequias financieras es un cambio. Aunque todavía no haya eurobonos, que los bancos centrales se hayan puesto a fabricar dinero con el aplauso de organismos internacionales que antes optaban por estrangular países y pueblos es un cambio. Que el Financial Times, una de las referencias mundiales del neoliberalismo, apueste por «reformas radicales, revirtiendo la dirección política que ha prevalecido en las últimas cuatro décadas», y recomiende mayor inversión pública, subir impuestos a los ricos y redistribuir la riqueza es un cambio.

Lo que quiero decir es que hay señales de sobra a las que agarrarse para mantener el optimismo. Pero, a la vez, por cada una de ellas encuentro otra que es un motivo para pensar lo contrario. Veo a un montón de personas aprovechando esta crisis para lo de siempre, para enriquecerse y tratar de acumular más poder, o para arrebatárselo al que lo tiene. Veo a gobiernos justificando como un precio razonable la muerte de decenas de miles de sus ciudadanos solo porque son viejos y porque es mucho más importante su IPC. Veo a muchos más preocupados de volver a reconstruir el mismo relato de antes para que el mundo al que regresemos sea el mismo, y veo que la mayoría de ellos siguen estando en los puestos donde se toman las decisiones.

Es por todo eso que creo que el problema no es que no tengamos la respuesta. Nadie la tiene de momento. El problema es que nos estamos haciendo la pregunta equivocada.

La cuestión no es cómo todo lo que estamos viviendo cambiará el mundo, sino cómo nos cambiará a cada uno de nosotros. Lo que debemos preguntarnos, y para eso sí que podemos encontrar respuesta, es si esta experiencia nos cambiará tan profundamente como para que cuando salgamos de nuevo ahí fuera estemos dispuestos a asumir nuestra responsabilidad individual, cada uno en función de sus posibilidades, para presentar pelea, para no dejar que otra vez nos ganen. ¿Habremos cambiado lo suficiente como para dar la lucha individual por el mundo que cada uno desea, sea cual sea?

La pregunta equivocada
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