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almóndigas

Las lenguas son razas de expresión salvajes. Salvo raras excepciones, nacidas en la naturaleza, durante su vida gozan de la aceptación y el reconocimiento de masas sociales que las enriquecen y como una maldición, está predestinadas a que la muerte les alcance en la ruina y la soledad.

Por suerte para el castellano, existe la Real Academia de la Lengua Española, una asociación a cuyos miembros, como ahora se dice, nadie los ha votado, y conforman una oligarquía lingüística-gramatical que representa a millones de hablantes y aún por encima se gana la simpatía de los hablantes tomando decisiones que muchos consideran populistas al incluir términos como papichulo chupi o serendipia de su última edición –todavía no accesibles en la versión online.

Todo ello por y para mantener con buena salud al castellano. Una lengua gorda y transoceánica como la nuestra debe mimarse si es que se quiere evitar que comience a adelgazar a base de escisiones de comunidades de hablantes que comiencen a desconectarse unos de otros y desarrollar su propia lengua de modo independiente.

La Academia tiene su propio diccionario, su “crisol”, en el que se vierte cada nueva palabra que estime que el idioma albergue y del que rara vez retira algún término. Ya lo advertía Cortázar en Rayuela, cuando Oliveira aparece con un diccionario de la RAE, con la palabra “real” tachada en la cubierta, y abre una página al azar para escribir “juegos de cementerio”, algo que consiste en introducir en una narración términos arcaicos que pueda encontrar en ése libro, como clonasmo, clíbano, clípeo, clica, clistel, clonopodio, jonjobar, jorbín, joparse, jitar, jopor... Decidía abandonar el juego cuando acaba por descubrir que en aquella “necrópolis” no venía la palabra joder, mucho más viva que cualquiera de las anteriores.

Y así es mucho , Debe tratarse de algún tipo de falta de seguridad el que nos lleve a aceptar tan felizmente cepos lingüísticos que nos impidan aceptar como parte del lenguaje expresiones que utilizamos en determinados contextos, o etapas de la vida. Y que no cueste tanto reconocer como parte de nuestro idioma términos cotidianos, que por pertenecer a un registro informal o nuevo, palabras en la acepción más correcta del término. Ante nuevas necesidades tendemos a inventarnos alguna palabra que tomaremos medio a broma aunque provisionalmente por buena mientras no nos acabamos de enterar cual es el anglicismo correcto, porque antes que las vivas hierbas de un prado preferimos distancias de estrictos adoquinados, somos así de snobs.

Adoptar estructuras extranjeras corroe las entidades y, sobre todo acota las perspectivas, se pierde el encanto etimológico y todo lo que éste puede decir de un pueblo en concreto. Me gusta mucho la palabra sombrero, que viene de sombra más el sufijo -ero, que a grandes rasgos indica uso, profesión o abundancia de algo. Es cierto que también existe el sombreiro en gallego y portugués, pero si pensamos en lenguas extrapenínsulares, el término que utilizan para referirse a lo que se pone encima de la cabeza hace referencia precísamente a eso, a la cabeza. En inglés, hat, de head; en francés chapeau, de chef; en italiano capello, de capo; y supongo que etcétera... Como bien saben los guiris, en la Península abunda el sol en verano y la sombra se convierte en un bien preciado, hasta el punto que esa es la principal razón por la que taparse la cabeza, algo que no comparten en la mayoría de países del Continente, que deben relacionar eso de cubrirse el cráneo con otro tipo de circunstancias.

Sin embargo, de las 93.111 entradas que constituyen la última edición del catálogo de palabras que la RAE avala como pertenecientes a la lengua española, la de almóndiga sea la que más manos siga llevando a la cabeza. No para cubrirla con un sombrero y tampoco es por su significado, claro que no, es solo el auto reflejo que produce al ser localizarla, justo ahí, entre almona y almondíguilla. Es tal la sensación que provoca que hasta comprobar qué palabrotas vienen en el diccionario y cuales no ha pasado a ser un entretenimiento obsoleto. Ya solo queremos la almóndiga.

De todos modos, no creo que esta actitud de entre mofa e indignación generalizada diga mucho a favor de los castellanohablantes, un trazado de un retrato conservador, estirado y clasista.
Me da la sensación de que son muchos los que desearían que no existiesen más palabras que las que pueda aceptar su procesador de texto, aquellos que queriendo un adverbio normalizan un siquiera en dos tiempos para quedarse con en un inadvertido querer porque el corrector no se lo marca en rojo. Por ellos fuese, las entradas de la vigesimotercera edición del diccionario quedaría como mucho en 93.109, ya que rechazarían la normalizada almóndiga y siquiera la reconocerían como una palabra en desuso.

Cualquier desliz contra el régimen puede llegar a ser duramente castigado por aclamación popular, la osadía de alterara cualquier estructura morfológica, por sutil que sea, puede suponer un linchamiento popular, el resbalar de un dedo en el teclado, una torpeza en la pronunciación, una mala asimilación de un término en el léxico, lo que es peor, una delibera alteración morfológica en una palabra, alternar gramática con l a de una lengua coexistente pueden llegar a suponer el desprestigio y la ilegitimación de cualquier discurso.

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