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Nestes tempos de andar ás présas, palabras cociñadas devagar.

Bajo las estrellas

Un grupo de científicos se concentró este viernes a las puertas de la Moncloa. BALLESTEROS, EFE
Un grupo de científicos se concentró este viernes a las puertas de la Moncloa. BALLESTEROS, EFE

ESTA primavera con olor a verano que nos ha traído marzo a la sombra de un evidente cambio climático nos está dejando noches despejadas de cielos tan brillantes que parece que estuviéramos más cerca de los astros. Si hasta los destellos rojos, azules y verdes de Sirio se pueden contemplar desde la ventana casi de un vistazo. Y en ese paseo bajo las estrellas surgen desde siempre las grandes preguntas.

Recuerdo el día en que me contaron que del cerebro se conoce solo un 10 por ciento. Que su funcionamiento todavía es un misterio, tan grande como el espacio, para nosotros y que harían falta décadas de investigación científica para llegar a entenderlo en su totalidad y encontrar respuestas cuando se producen cortocircuitos inexplicables, por ejemplo. Que había mucho que estudiar, muchos cerebros y muchos minutos que invertir en ese estudio. Lo recuerdo porque estaba en un hospital, tenía delante a una persona con bata blanca que trataba de reunir las palabras adecuadas para que comprendiéramos lo que estaba ocurriendo sin arrancarnos toda esperanza de raíz.

El tiempo pasa despacio cuando las cosas van mal. Supongo que por eso tantas personas han dedicado las enfermedades de sus seres queridos a prepararse para convertirse en médicos, científicos con el fin de encontrar por sí mismos las respuestas cuando la Medicina se encoge de hombros. Gracias al trabajo de grandes investigadores como Ángel Carracedo, María José Alonso, María Blasco y tantos otros hoy en día podemos conocer la vida íntima de las células y ver el desarrollo embrionario con el máximo detalle. Somos capaces de resolverlos crímenes más enrevesados con los avances extraordionarios de la biogenética. Caminamos hacia fármacos cada vezmás eficientes, hacia tratamientos a la carta.Y a nivel tecnológico ya sabemos que existen prototipos de coches que vuelan, y cada vez conducen más las máquinas y menos nosotros, por escoger solo un ejemplo de lo que la robótica es capaz de hacer por nuestras vidas.

No es magia, ni ciencia ficción aunque algunos avances biomédicos y tecnológicos pudieran sonar a película del futuro. La científica pontevedresa, Marisol Soengas, directora del área de Melanoma del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas hablaba en una entrevista en estas mismas páginas hace algún tiempo de tratamientos contra el cáncer cada vez más personalizados basados en estudios genéticos, casi tratamientos a la carta. La investigadora de Agolada es una de las 27 responsables de centros científicos que ayer mismo denunciaban públicamente la parálisis que sufre la investigación en nuestro país. Que nos quedamos atrás, advierten los números uno de la ciencia española. Que la falta de medios y de compromiso desde las instituciones acabará por colapsar nuestra capacidad de crecer. Inmersos en batallas políticas como estamos, regodeándonos en el interés individual, cuando nos la estamos jugando mucho más. Nuestra situación, alertan, es catastrófica. Y mientras Europa se ha puesto las pilas y tras la crisis ha incrementado sus fondos nosotros seguimos maquillando presupuestos hasta el punto de que hemos retrocedido en inversión a niveles de hace quince años.Se siguen reclamando más recursos para no quedarnos a la cola del futuro, para frenar de una vez por todas esta sangría de cerebros y recuperar a nuestros jóvenes científicos, pero también para que los grupos que hoy intentan desarrollar investigaciones para descubrir respuestas a las enfermedades menos conocidas.

Porque nadie está libre de verse mañana en un hospital frente a alguien con bata blanca que está a punto de darte una mala noticia cuya única esperanza es la investigación.

A mi abuela, a la que evoco siempre que puedo, porque es la única que me queda y me gustaría que fuera eterna, le gusta leer, pero con noventa y tantos marzos encima sus ojos empiezan a fallarle. Ha ido al oculista y probado en varias ópticas. Siempre le dicen lo mismo. No hay nada que hacer “porque sus ojos están gastados”. Pero ella que tiene la memoria intacta y más sentido que cuantos políticos salen por la tele vomitando barbaridades, quiere seguir leyendo la prensa cada mañana, ir sola al banco o o preparar postres para sus nietos y bisnietos entre otras muchísimas cosas. Yo creo que el tiempo, claro, corre en su contra, pero algunas veces me atrevo a imaginar bajo las estrellas, igual que aquel día en un hospital de A Coruña soñé que un día alguien nos contaría que las neuronas sí se regeneran.

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