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Rodrigo Cota con el psicólogo de alto rendimiento Iago Roel. JAVIER CERVERA-MERCADILLO
Rodrigo Cota con el psicólogo de alto rendimiento Iago Roel. JAVIER CERVERA-MERCADILLO

Esto se nos va de las manos. Ahora metieron a un psicólogo en el equipo. Me dijeron del periódico que fuera a ver a uno para tener algo nuevo que meter en la sección, así que allá fui, pensando que se trataba de hacer una foto y mantener una charlita de cuatro minutos para salir del paso y sacar algo que escribir. Pues no. Era una emboscada. La cosa iba totalmente en serio. El tío, que se llama Iago Roel y es especialista en psicología deportiva y de alto rendimiento, se sentó frente a mí y me tuvo una hora haciéndome preguntas y diciéndome cosas de psicólogos.

Me preguntó por qué hacía la dieta y le dije la verdad: que era un encargo del periódico, y que si en lugar de esto me ponen una sección para aprender a bailar muiñeiras o para infiltrarme en una secta diabólica, estaría ahora en eso, no adelgazando. Y me dice: "¿Ves?, ya tienes una motivación, que te gusta tu trabajo". Hay que reconocer que el hombre es bueno en lo suyo, porque me pidió que reflexionase sobre todo lo que habíamos hablado y es verdad que reflexioné, aunque las conclusiones son de momento inciertas. Como me citó otra vez para dentro de dos semanas, en la próxima sesión tengo la idea de tenerlo quince horas seguidas escuchando mis reflexiones. Pero motivar, eso sí, me motivó porque lo hace bien. Imagino que si sabe motivar a un equipo de fútbol, hacer lo mismo con un gordo poco ambicioso no debe ser tan difícil.

Así que ahora además de my personal trainer y mi nutricionista, tengo a mi psicólogo. Como esto siga así acabarán poniéndome a un gordo androide sobrevalorado para que adelgace en mi lugar. Dejo caer la idea por si alguno de mis jefes decide valorarla. Sobre todo ese equipo sobrevuela mi señora herbívora, que afortunadamente estos días estuvo con otras cosas y muy a su pesar me dejó respirar. Cada vez que me cruzo con ella me mira mal y susurra insultos.

Llevo dos semanas escapando de la nutricionista y de su báscula. No porque no esté adelgazando, que sí, sino porque lo estoy haciendo mal, a mi manera. Perdí la disciplina y me cuesta recuperarla. Como tengo que confesarme ante ella, tengo miedo y voy dando largas. Lucía me da miedo porque no es de esas personas que echa broncas a gritos o haciéndote sufrir físicamente, como el animal de mi entrenador. Ella echa broncas de madre superiora, de esas que te hacen reconocer tus pecados porque sabes que tiene razón. Te dice que estás haciéndolo mal, que debes hacerlo mejor, te anima, te dice que confía en ti y todo eso lo hace con una sonrisa perenne. Eso me hace sentir muy culpable. No hay nada más noble que una persona que te hace ver que te equivocas, ni nada más duro que enfrentarte a esa persona.

No me nutro y eso no debe estar bien visto por una nutricionista El caso es que ya estoy en los 113.8 kilos, pero últimamente, cuando me dejé llevar, los he conseguido a base de no alimentarme. Mi próximo reto, al terminar éste, será el de superar la anemia que me estoy buscando. Las nutricionistas, al menos la mía, están para que uno lleve una dieta sin renunciar a los nutrientes. Pues tanto me desboqué que llevo varios días alimentándome a base de nada. Después del roscón de Reyes y el chocolate, opté por no comer. Hay días en los que subsisto a base de una loncha de jamón y otra de queso. Así conseguí mantener el objetivo, pero por medios no adecuados, como el que quiere ganar dinero y en lugar de trabajar o comprar una quiniela, decide atracar un estanco armado con una jeringuilla.

Así que mi próximo objetivo, sin duda el más duro al que me he enfrentado jamás, será confesarme ante Lucía. Decirle que la cosa va mal, reconocer que estoy haciendo trampas, que estoy atascado, que hasta me han puesto un psicólogo y que necesito toda la ayuda posible.

Y ahora es cuando hay que reconocer que el fin no justifica los medios. El idiota que acuñó esa frase, que sin duda fue varón, ha hecho mucho daño a la humanidad, entre la que me incluyo, no sé por qué. Una dieta requiere un proceso en el que hay mucho de ciencia: ahí intervienen la biología, la física, las matemáticas y puede que la aerodinámica, pero sobre todo es una cuestión de disciplina filosófica. De ahí lo del psicólogo. No quiero pasar por el yeyé que adelgazó docena y media de kilos para contarlo en un periódico. Prefiero morir como alguien que superó un reto siguiendo las normas, sin hacer trampas, que si este reto fuera cosa de ganar masa muscular estaría ahora mismo comprando anabolizantes. Estoy haciendo una especie de dopaje a la inversa, que si sigo por este camino me dejo morir para adelgazar.

Esto hay que reconducirlo pero desde ya. Me confesaré con Lucía, hablaré con mi nuevo psicólogo y a ver cómo va la cosa. Help.

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