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Ocean's 8

Ocean's 8.
Ocean's 8.

PARA ALGUIEN que nunca le vio la gracia al chiste de Danny Ocean y sus amigos, como este crítico, se hace difícil de entender la gigantesca broma que se quiere rememorar, rehacer y desmasculinizar en Ocean’s 8. En la segunda película de Steven Soderbergh, Ocean’s 13, un reparto compuesto por cuarentones y sexagenarios lucían implantes de pelo, arreglos exagerados y bótox. Los chistes eran tan privados que daba la sensación de que sólo haría gracia a un invitado de los Oscars o al exclusivo empadronado en Beverly Hills. Ocean’s 8 se abre con un primer plano de una Sandra Bullock con la piel tirante y esa mueca inexpresiva que tanto lucen actores y actrices de Hollywood. A los diez minutos, el espectador puede intuir que la adaptación de Gary Ross trata de romper ciertas rutinas en la brecha de género dentro de la industria, pero sin preocuparse por mover ni un centímetro los marcos de la representación plástica de un cine acartonado.

Lo cierto es que La cuadrilla de los once, primera película en la que aparece Danny Ocean y piedra de toque de ese cine masculino con esencia de bon vivant, es uno de esos mitos llamados a derribar. Creado por George Clayton Johnson, escritor de ciencia ficción televisiva de los años 60 y 70, tuvo su sentido lúdico cuando estaba interpretado por el Rat Pack, el grupo liderado por Frank Sinatra después de la muerte de Humphrey Bogart. Ni la pandilla era manifiestamente machista (muchas mujeres pertenecieron al Rat Pack en igualdad de condiciones) ni despolitizada (obligaron a los casinos a permitir la entrada de afroamericanos, hasta entonces prohibida), pero la imagen transmitida con la película de Lewis Milestone era la hipérbole de la desfachatez y la cara dura.

Ocean’s 8 recoge el guante y elimina a los hombres de la ecuación. El grupo protagonista, formado por una representación plural y multirracial de las distintas minorías que habitan los Estados Unidos, organiza un golpe multimillonario en una fiesta del Metropolitan de Nueva York. Debbie Ocean (Sandra Bullock), hermana de Danny Ocean, reúne a su alrededor a una banda de ladronas en la que está su mano derecha (Cate Blanchett), una hacker de pocas palabras (Rihanna), una estafadora con el rol de ama de casa (Sarah Paulson), una carterista criada en la calle (Awkwafina), una falsificadora de joyas que se resiste a abandonar el oficio (Mindy Kaling), un gancho de acento irlandés (Helena Bonham Carter) y una falsa víctima que engaña a todos, incluídas las protagonistas, con su imagen de niña buena (Anne Hathaway).

En el cine de atracos, siempre el cómo es más importante que el qué, el por qué o cualquier otra consideración. La coreografía diseñada para el robo, con la cabeza puesta en la escena cumbre de Pickpocket (Robert Bresson), busca en el ritmo del montaje el encaje de bolillos que componga ese puzzle, siempre imposible, del robo hipertrófico.

La película de Gary Ross es algo así como el paso intermedio, y necesario, para la normalización de la igualdad de género en el cine comercial. Ocean’s 8 no va a cambiar la historia del cine y, posiblemente, ni siquiera vaya a ser recordada, pero es uno de esos productos industriales, impersonales y sin chispa equiparable a una gran cantidad de películas igual de prescindibles que pueblan las salas de cine. Tal vez, títulos como este ya tenían que haber sido estrenados hace mucho. No se hizo en su día, y ahora solo puede ser valorada como restitución tardía de una anomalía que no tenía mucho sentido. El daño es doble. Primero, por esa descompensación que existió en la representación femenina de viejos estereotipos monopolizados por los hombres. Segundo, porque ahora la industria se siente obligada a equilibrar estas desigualdades mirando, en lugar de al futuro, a un pasado que el cine ya creía tener superado.

Hollywood ha entendido el mensaje. Ahora también sagas interminables, superhéroes repetidos y películas innecesarias protagonizadas, todas ellas, exclusivamente por mujeres.

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