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Así se pierde la cabeza

De madrugada sonó el teléfono. Era el secretario del presidente, con la noticia de que Phippy se había suicidado de sobredosis ante la pavorosa idea de asumir la responsabilidad de la venta de armas

EL PRESIDENTE de los Estados Unidos es un personaje habitual en las películas y novelas de ese país. A menudo se vuelve un héroe, y en esos casos se hace difícil no sentir pereza. En cambio, la emoción se renueva cuando el tipo más poderoso del mundo actúa como un cretino, un mentiroso, un mentecato. Esta semana, por causalidad, leí un relato que Patricia Highsmith escribió en los 80, con el presidente y su mujer de protagonistas. Se trata de un disparate divertidísimo, como deberían ser, ya puestos, todos los disparates. En España el texto se incluyó en un libro traducido como Catástrofes, donde todos los cuentos "comienzan en un clima de trivialidad", como señaló un crítico, "y acaban en una atmósfera cotidiana colmada de horror".

En El presidente Buck Jones defiende la patria, la historia empieza un domingo, después de que trascienda, por la indiscreción de unos de sus colaboradores, un tal Phippy, que su administración vendió armas a los dos bandos de un conflicto en Oriente Medio. El propio Phippy exculparía al presidente de cualquier responsabilidad al día siguiente, en una comparecencia pública. Convencido de que todo iría bien, a media tarde el presidente se puso las zapatillas, el pijama y una bata, y se quedó dormido en una butaca. "Soñó con los comunistas. Apretaba uno o dos botones, y el poderío de Norteamérica se desencadenaba en tierra, mar y aire", escribe Highsmith.

Por la noche, Buck vio con su mujer, Millie Jones, una película del oeste antes de acostarse. Ella, conocida por su afición al whisky escocés, se bebió entretanto una copa a sorbitos. No tardaron en quedarse dormidos. De madrugada sonó el teléfono. Era el secretario del presidente, con la noticia de que Phippy se había suicidado de sobredosis ante la pavorosa idea de asumir la responsabilidad de la venta de armas.

"Phippy tiene una piscina, ¿no? Haz lo necesario para que parezca que se ha ahogado accidentalmente", ordenó Buck Jones. Cuando su secretario le recordó que las temperaturas eran gélidas y que nadie se bañaba en una piscina en pleno febrero, Jones insistió. "Haz lo que te digo. No nos viene nada bien un suicidio en estas circunstancias".

Las maniobras para enmascarar el suicidio resultaron baldías. La verdad saltó a los medios, incluido el intento de encubrimiento de la sobredosis. Millie Jones se disgustó muchísimo, aunque decidió que tenía que defender a su marido. "Para consolarse, se tomó un whisky escocés antes de almorzar". Su indignación no hizo sino aumentar cuando escuchó al presidente ruso decir que se ofrecía a reducir el número de cabezas nucleares, mientras invitaba a su homónimo estadounidense a hacer otro tanto. "No me creo ni una palabra", dijo Millie, que se sirvió una nueva copa.

Al poco, aprovechando la ausencia del marido, se dirigió al despacho presidencial, desde el que accedió a una habitación contigua. Se quedó contemplando un teclado con quince o veinte botones que había sobre el escritorio. Estaba como una cuba, pero a la vez lúcida, así que apretó el primer botón de la derecha y el teclado empezó a funcionar. Después introdujo varias claves y quedó cursada la orden de disparar una primera cabeza nuclear contra cierta base militar en el interior de la URSS. La bomba, lanzada desde una base alemana, causó cientos de muertos.

"¡Cielo santo! ¿Es que Millie ha perdido la cabeza?", comentó el presidente cuando lo pusieron al tanto de la situación. Lamentablemente el tiempo volaba, y ahora la noticia era que Moscú había respondido enviando un avión con un cohete dotado de una cabeza nuclear que impactaría en Filadelfia. Lo mejor que se podía hacer, según el secretario de Defensa, era dirigirse a los rusos y decir que todo había sido un fallo técnico, un fallo humano, qué diablos, pero fallo al fin. Y que por favor detuviesen el avión con el cohete. "Yo no le pido nada por favor a los rusos", replicó el presidente. A partir de aquí el relato de Highsmith se pone de lo más interesante, y a la luz del presente, se vuelve menos disparatado de lo que uno suponía al empezar a leerlo.

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