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El brazo levantado

Juan Tallón habla del chaval que levantó un día el brazo derecho para no bajarlo nunca

 A TODOS NOS dicen, en algún momento, "qué raro eres". Tal vez seas una persona particular en algún aspecto. Pero después conoces a otras, muchísimo más raras, que te hacen sentir, en realidad, el ser más normal del mundo. ¿Quién es normal todo el tiempo, además? Una vida construida a base de normalidad, exclusivamente, sí que resultaría extraña. Una cosa normal no se diferencia demasiado, si lo piensas, de una rara. Nunca sabes cuándo algo ordinario se convertirá en extraordinario. Porque a veces pasa precisamente eso.

Hace poco leí la historia de Gordon, un muchacho de 10 años que vivía en la isla de Wight, al sur de Inglaterra. Tenía un hermano llamado Anthony, cuatro años mayor, que una vez estuvo 40 días sin sacarse un chicle de la boca. ¿Era raro? Puede. Pero un día, al irse a la cama, el hermano menor levantó el brazo por encima de la cabeza, y se quedó dormido. Cuando se despertó, decidió pasar algo más de tiempo con el brazo en alto. En el desayuno su padre le preguntó qué estaba haciendo. "Le dije que tenía un hormiguero en el brazo y que me sentía mejor con él levantado".

Transcurrieron cuatro días, en los que siguió sin bajarlo. La hazaña le producía regocijo, y cuando lo bajó "me invadió una sensación de fracaso". Lo alzó de nuevo y continuó un día más; y después tres. Entonces, su padre lo abofeteó, lo zarandeó y al final lo llevó al médico. "Un mes después ya había visitado a mi primer psiquiatra infantil. Me había convertido en el niño del brazo". Aquel gesto vacío, absurdo, le hacía sentir que se diferenciaba del mundo, y que él dictaba las normas. Naturalmente, la gente lo miraba por la calle. En 1977, en la fiesta de aniversario del colegio, dos padres se le acercaron. "¿A qué coño te crees que estás jugando?", le dijo uno. "Baja el puto brazo, imbécil", lo amenazó el segundo. Acabaron por rompérselo. Lo operaron, y cuando le retiraron la escayola, siguió negándose a bajarlo. Su madre se precipitó a la depresión, mientras el brazo en alto se volvió una presencia común.

¿Era molesto para él? No tanto como bajarlo. Gordon se acostumbró al entumecimiento. Pasaron varios años. Cuando Anthony se fue a estudiar Bellas Artes a Londres, a él lo enviaron a una clínica para jóvenes traumatizados, donde los médicos le advirtieron que si continuaba con su deriva perdería los dedos. "De hecho, a los 16 años ya se me había empezado a poner la mano negra, porque la sangre no me llegaba, y se me habían caído casi todas las uñas", contaba. En 1982 murió su madre de un infarto. En el entierro, borracho, el padre la emprendió contra Anthony y Gordon, que se fue a vivir a Londres de okupa con su hermano y un amigo, llamado Simon, siempre con el brazo levantado.

Incluso se dejó sacar un molde del brazo y se crearon esculturas de bronce, que se expusieron por todo el mundo

Cuando cumplió 22 años lo declararon oficialmente inválido. De vez en cuando se le infectaba la sangre. Dejó de funcionarle un pulmón. Un médico le recomendó amputar el brazo. "Para mí, era como si me propusieran matar a alguien", dijo. Simon, que era fotógrafo, le propuso que posase para él. La exposición resultó un éxito. Pero la vida de Gordon no era fácil. Intentó suicidarse estrellando el coche de la nueva novia de su padre contra un árbol. Sobrevivió. Solo se rompió el brazo levantado. Tentado por el mundo del arte, posó en esta ocasión para una pintora famosa. Incluso se dejó sacar un molde del brazo y se crearon esculturas de bronce, que se expusieron por todo el mundo. Pero la vida ofrece una amplia gama de dificultades, y los médicos le dijeron que había conseguido que su corazón enfermara. No podían hacer nada por salvarlo. Ni siquiera amputarle el brazo. Como mucho le quedaban dos años de vida.

Hay que decir que la historia de Gordon la leí en Mi brazo, un texto dramático de Tim Crouch (Inglaterra, 1964), que hace tres meses publicó Ediciones La uÑa RoTa. No tenemos motivos para pensar que está basada en hecho reales. Es ficción. Ficción de la buena, cuya lectura sirve para que todos nos sintamos menos raros de lo que parecemos

El brazo levantado
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