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Ensangrentado

Brazos

CASI TODOS LOS DOMINGOS, sobre las nueve de la mañana, pasa a mi lado, mientras paseo a mi perra, un hombre alto, ancho, con muy poca frente. Sus manos son tan grandes que solo le cabe la mitad en los bolsillos. A esas horas somos las dos únicas almas de la acera. Yo salto directamente de la cama al jardín que hay enfrente de casa y él viene de trabajar. Es portero en un pub de última hora que hay a unos cien metros, en una calle perpendicular.

Algunos domingos, si madrugo mucho y voy a buscar cruasanes para el desayuno, soy yo quien pasa por delante de su local y lo veo apostado en la puerta, como una chimenea que no echa humo. Mantiene la mirada perdida y se despide sin concesiones, solo levantando la barbilla, de los clientes que van saliendo a cuentagotas, derrotados. Me parece que, pese a su frialdad, se muestra paciente. Calculo que rondará los treinta años. Se las apaña para ir metido en una cazadora de piel color crema que le aprieta la barriga. No dirías que está gordo, sino un poco gordo.

Camina de dentro hacia fuera, imprimiendo a sus pasos un sutil final que recuerda al caballo en el ajedrez, que avanza recto y en el último instante gira. En el momento preciso que nos cruzamos, él me mira a mí, yo lo miro a él, y casi siempre estamos a punto de decirnos algo que rompa el hielo, como "bonita perra" o "una noche dura, eh". Creo que los dos lo estamos deseando, después de coincidir tantas veces en la misma escena, a la misma hora. Hubo algún día que empezamos a mover los labios, pero nos dejamos llevar por la inercia, y seguimos en un silencio que, de tan solos que nos sentimos a esa hora, se vuelve violento.

Tendría que ser lo normal hablarse con alguien a quien no tratas, pero al que vives pegado

Tendría que ser lo más normal del mundo hablarse con alguien a quien no tratas, pero al que vives pegado: la chica que se sienta siempre dos mesas más allá en la biblioteca, el jubilado que compra el pan a la misma hora que tú, la recepcionista del hotel de enfrente que cada poco sale a fumar a la acera, el concejal de urbanismo, que nunca recuerdas cómo se llama, al que un día viste con tu libro.

Cuando el portero del pub se aleja, me vuelvo a espiarlo de reojo. No suele caminar más de un ciento de metros cuando se detiene, se quita la cazadora, abre la puerta de un Ford Focus, que dejó aparcado ahí antes de dirigirse al trabajo, y arroja la prenda a la parte de atrás. En el momento de arrancar y pasar otra vez a mi altura, procuro prestar atención a la perra.

Esto, como digo, ocurre en casi todos nuestros encuentros. Existe un patrón de una semana a otra. El último domingo, sin embargo, se rompió la pauta. Mi perra estaba corriendo por el jardín y yo en la acera, expectante, en pijama, cazadora y botas, todavía sin desayunar. Entonces lo vi venir a lo lejos. A esa distancia, unos veinte metros, ya noté algo anormal. "Perdona, ¿te encuentras bien?", le pregunté al llegar a donde me encontraba. "¿Yo? Bastante bien, ¿por qué lo dices?", me preguntó a su vez, deteniéndose, con la mitad de las manos en los bolsillos de la cazadora. Se pronunció con tanta normalidad que pensé si no estaría de broma. Sonreí, pensando que seguramente sí. "¿Me lo preguntas en serio?", dije, incrédulo. "Sí, claro. Estoy perfectamente", y también sonrió.

"Pero estás cubierto de sangre", lo informé, señalándole la zona de las manchas. Se miró el pecho y los hombros con curiosidad. "Ah, esto", dijo, y le concedió tan poca importancia que ni siquiera hizo el gesto de pasarle un dedo por encima, para comprobar si era sangre auténtica. "No es mía", añadió. Pensé en preguntarle si acaso había matado a alguien, pero me di cuenta a tiempo de que, si había matado a alguien, quizá le apeteciese matar a alguien más, para prolongar la racha. "¿Y entonces de quién?", me animé a preguntar. Levanté los hombros para realzar la pregunta. "De dos o tres", dijo, y sonrió con satisfacción, mientras empezaba a alejarse ajedrecísticamente. "Hasta el domingo", me despedí. No se volvió, pero levantó un pulgar del tamaño de un martillo.

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