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La guerra del despertador

En la guerra perpetua contra el despertador, siempre mueren los mismos. Es la derrota más conocida del ser humano. Tú no puedes causarle ni un rasguño. En la carrera, compartí clase con un estudiante que, cada junio, al finalizar los exámenes, salía al balcón de su piso con el despertador y lo dejaba caer a la acera desde la sexta planta.

SE ROMPÍA en hermosos trocitos, como si fuesen migas para las palomas, pero en septiembre se reencarnaba en un despertador nuevo. Tal vez todos son uno, que es indestructible. El despertador nació para matarte, como mucho, a la hora que le indiques. Él nunca dice nada que no haya dicho ya. Actúa por insistencia, por repetición, y aún así no puedes evitar el sobresalto. Su vida es un monólogo abrupto, agresivo, en el que cada jornada, en el instante del crimen, repite la misma frase: "Al diablo, se acabó". Y se lleva lo que queda de tu felicidad por delante.

No estudió diplomacia. Muestra paciencia solo hasta el minuto preciso. No se adelanta; menos aún se atrasa. Su amor por la puntualidad es útil para disfrazar su amor, más verdadero, por la violencia. Hacerse de rogar representa el último defecto en que incurriría. Le gusta que le digan las cosas solo una vez. Su trabajo es ser un hijoputa. Te destroza sin fineza, aplastando nervios, expectativas, ideas, madrugadas. Quizá ni siquiera disfrute las putadas que hace. Ante su despliegue de fuerza, a ti únicamente te resta decir "Sí, ya voy", mientras te despiertas y arrastras fuera de la cama como un gusano. Empiezas tu día siendo el muerto, y poco a poco te recuperas hasta alcanzar aplomo bastante.

Muchos días ni siquiera necesita sonar. Las personas tenemos la capacidad de oír el futuro. Abandonamos el sueño, a menudo, unos minutos antes de la hora programada, y desconectamos el despertador jugando a que somos más listos y lo matamos nosotros a él. Ja. Ese pensamiento es un indicio más de que somos tontos, y de que en la vida hay que ser un poco tontos o estamos perdidos. El despertador te pone en blanco. Cuando lo acallas, sientes que todo empieza de cero, que estás deshecho y que hay que rehacerse con pegamento, como un jarrón. Si estás lo bastante dormido, y de repente estalla la alarma, te ves obligado algunas mañanas a inventar sobre la marcha quién eres, dónde estás, qué tienes que hacer. Al final aciertas por costumbre.

El despertador ataca por sorpresa, por sorpresa desagradable, aunque tú sepas que va atacar y cuándo. En el fondo, las cosas que pasan a diario tienen siempre algo de insólito y flamante. Cae en el grupo de artefactos que aplastan, que empujan, que apartan de en medio. Cuando deja de funcionar, tú mismo corres a sustituirlo. Ni un día sin guerra, sin muertos, sin vencedor. En las peores jornadas acaba contigo dos o tres veces, mientras le vas suplicando "cinco minutos más", hasta que al final no queda más salida que levantarse y admitir que la realidad de nuevo se sale con la suya.

Naturalmente, un despertador deja secuelas. Hace un par de años entrevisté a un señor que llevaba veinte años levantándose a las cuatro de la mañana, por trabajo. Ponía tres despertadores junto a la cama, en fila, que imitaban a soldados, para asegurarse de que no se quedaba dormido. Nunca llegaron a sonar. Siempre se despertaba dos minutos antes y los apagaba. Cuando se jubiló, y se deshizo de ellos, porque no los necesitaba para nada, en su cabeza continuaron presentes. Aún hoy se despierta un poco antes de las cuatro de la mañana, invariablemente. Quizá los despertadores mueran, pero quedan en su lugar sus fantasmas. Actúan por delegación. Su naturaleza es la repetición. Nunca lo vi tan claro como la ocasión que escuché que la policía halló a una anciana muerta en su apartamento. Había fallecido hacía cuatro años y estaba momificada. En ese tiempo nadie la echó en falta. Un vecino se justificó diciendo que algunas mañanas le parecía oír a través de la puerta su despertador, que tal vez funcionaba por adhesión al deber.

La guerra del despertador
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