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Ropa exblanca

EN EL PRIMERO C VIVE una mujer que nunca he visto, salvo una vez a través de la mirilla de mi puerta. Eran las seis y media de la mañana y mi hija estaba gritando en sueños. Me levanté a ver qué ocurría, y al pasar por la puerta oí tacones en el rellano. A esas horas, oír tacones es como oír disparos. Me asomé a la mirilla a tiempo de distinguir a la vecina fugazmente, entrando al ascensor. Se había mudado al edificio hacía un par de meses. No sé cómo se llama, ni a qué se dedica, ni qué edad tiene. Nada. Tampoco sé dónde está, pero sé que en su casa ya no. Desapareció cuando comenzó el confinamiento, casi por arte de magia, como cuando un señor, vestido de negro, con sombrero, te dice que te metas en una caja, la cierra, le da dos vueltas, la abre y no estás, y el público aplaude. Fue como si a medianoche recibiese una llamada telefónica de alguien cercano que le dijese: "No hay tiempo que perder, sal de casa, rápido, van a por ti". Y huyó en los siguientes minutos, casi con lo puesto, sin testigos que pudiesen decir al día siguiente: "Nos despedimos y se metió en un Peugeot 105 azul, matrícula de Cáceres". No creo que la realidad fuese después de todo muy distinta, porque la ropa que acababa de poner a secar en el tendal sigue colgada dos meses después.

MxEs una colada de ropa blanca, menos cada vez, casi exblanca. Cuando salgo a hacer la compra o a pasear a la perra, veo las cortinas de su salón a medio cerrar, o a medio abrir, y en la pequeña pieza de al lado, pegada a la cristalera, la última colada en un tendal portátil. La imagen es desoladora. Te duelen los ojos como en la segunda parte de 2666, de Roberto Bolaño, cuando Amalfitano encuentra dentro de una caja de libros el Testamento geométrico, de Rafael Dieste, y lo cuelga en un cordón de tender la ropa en la parte de atrás de la casa, en mitad del desierto, solo "porque sí, para ver cómo resiste la intemperie, los embates de esta naturaleza desértica".

No sabes salir del edificio y no espiar de reojo la ventana, como si oyeses las voces al otro lado de las camisetas, la ropa interior, las blusas, las toallas, las fundas de almohada, los calcetines, gritando "auxilio, sacadnos de aquí, estamos más que secos". Desprende tanta fuerza el tendal que no te permite mirar a otro sitio. Al levantar la vista hacia él entiendes muy bien a Mauppusant, que harto de abrir la ventana de su casa en París y contemplar en el horizonte la torre Eiffel, sin importar la hora, empezó a odiarla, hasta que al final era tal el aborrecimiento que muchos días iba a comer y a escribir debajo de ella para no verla. Poco a poco, en mi cabeza dejó de ser simple ropa tendida, y pasé a verla como ropa ahorcada, que antes había estado viva.

Algunos días creo que sería capaz de allanar la casa en la oscuridad, gatear hasta el tendal y descolgar prenda por prenda, plancharlas, doblarlas, guardarlas en los cajones, y después salir sin hacer ruido, caminando hacia atrás. Qué miedo tan atroz tuvo que sentir la vecina para huir y ni siquiera pensar en toda esa ropa colgada sobre el abismo. Huir es tentador, y en muchas ocasiones inevitable, lo sé. Hay días que huyes, me temo, aunque no quieras. Simplemente, te invade la idea de marcharte con tanta firmeza que se te olvida pensar en lo que dejas atrás. Puede incluso que huyas sin saber que lo haces, ni de qué. 

Hay tantas maneras de huir que los vecinos del segundo B desparecieron en la misma semana de marzo que el mundo cambió, pero bajaron las persianas antes de irse. Son estilos distintos. Quizá la pareja del segundo también recibió una llamada de alerta, pero más calmada, del tipo: "Marchaos, pero por dios, dejad la casa ordenada". Es la huida uno de los grandes temas de la humanidad; obvio. Seguramente otro es la imposibilidad de huir, y ahí está la respuesta a por qué aún resistimos unos pocos vecinos en un edificio que se fue quedando hueco. Simplemente, no tenemos a dónde ir. 

Ropa exblanca
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