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Se vende biblioteca

El interior semejaba una selva tupida, con estrechos pasillos por los que avanzar. Había que hacerlo despacio, como si no quisieses pisar una mina, para no romper nada. Pregunté por los libros. "Al fondo", dijo Sar, señalando con el índice. Sonrió, como si supiese yo que había recibido un mensaje a medianoche

ESTÁBAMOS en el sofá, viendo una serie. Era casi medianoche cuando entró un mensaje en el móvil. Hice como que no lo escuché, o como si no hubiese llegado, y tragué saliva. Siempre trago saliva cuando suena un mensaje a esas horas. Marta hizo como si yo no hubiese hecho, y cuando se levantó a preparar un cola-cao, o a hacer que lo preparaba, espié el teléfono. La perra, tumbada a mi lado, abrió un ojo. Leí. "Hace tiempo que quería decirte que en el Todo a Cien de la Avenida de la Habana hay muchos libros de segunda mano a uno y dos euros. Siempre que voy, pienso en decírtelo por si te apetece echar un vistazo. El dueño es un hombre atento y muy afable".

Llegaba la Navidad, no tenía nada que hacer, así que al día siguiente me dirigí a aquel Todo a Cien. En el escaparate había tres maniquíes horriblemente vestidos, de fiesta, casi disfrazados. El dueño del negocio se llamaba Sar y era africano. El interior semejaba una selva tupida, con estrechos pasillos por los que avanzar. Había que hacerlo despacio, como si no quisieses pisar una mina, para no romper nada. Pregunté por los libros. "Al fondo", dijo Sar, señalando con el índice. Sonrió, como si supiese yo que había recibido un mensaje a medianoche. Aquel sitio, en el que parecía tan extraño que se vendiesen libros, me recordó al estanco de Auggie Wren en Smoke, que entre toda clase de artículos para fumadores también vendía libros.

Lo que encontré, me fascinó. Habría unos mil libros. Lo primero que distinguí fue la Historia de Roma de Indro Montanelli, y enseguida ediciones hermosísimas, y me pareció que valiosas, de Thomas Mann, James Joyce, Ernest Hemingway, Pérez Galdós, Ray Brandbury, Truman Capote, Norman Mailer, Umbral, E.T.A. Hoffmann, Ambrose Bierce, Patricia Highsmith… No tardé en dar con una docena de ejemplares de la colección de género policial El Séptimo Círculo, de Emecé, creada por Borges y Bioy Casares. Entre ellos estaba el primero de la colección, La bestia debe morir, de Nicholas Blake, seudónimo que usaba el poeta Cecil Day Lewis para escribir novelas policiales. Curioseé su comienzo, y resultaba prometedor: "Voy a matar a un hombre. No sé cómo se llama, no sé dónde vive, no tengo ni idea de su aspecto. Pero voy a encontrarlo y lo mataré".

El Séptimo Círculo era apenas una de muchas colecciones de novela policial. Había asimismo cientos de libros de ciencia ficción. Entre los hallazgos pintorescos, me hizo gracia ‘Juana Eyre’, de Carlota Bontë, en la editorial Juventud. Empecé a apartar volúmenes mientras perdía la noción del tiempo. En un ejemplar de Antonio Tovar descubrí la firma y una dedicatoria del autor, fechada en 1967: "Para Alberto Ferrer, o amigo de paseatas e parladoiros marxistas, coa esperanza de que cheguen os días tan ansiados". Me pareció lógico pensar, aunque no definitivo, que perteneciese a Ferrer también el resto de la biblioteca. "¿Está todo bien ahí atrás?", me gritó el dueño, después de tres cuartos de hora.

Cuando encontraba algo que me parecía una joya, lo apartaba, le hacía una foto y se la enviaba a una amiga, para que se muriese de envidia. En esa primera visita me llevé 51 libros. "Hazme precio", le pedí a Sar, que sonreía sin querer, casi como un efecto de la lluvia que caía en la calle, que sonaba tan fuerte que se oían las gotas que caían por segunda vez, después de rebotar. "70 euros", dijo. Le pregunté de dónde habían salido todas aquellas obras, y me contó que se las había cedido un vecino que necesitaba liberar espacio en la casa de su padre, fallecido mucho tiempo atrás. "Ayer vino un señor y se llevó 250, de una misma colección", me confesó. Me quedé chafado. Cuando por la tarde me pasé en coche a recoger la mercancía, añadí cinco volúmenes más.

Dos días después volví, y me llevé 15 libros por 20 euros. Cuando transcurrió una semana, regresé, y esa vez fueron 22 libros por 35 euros. Esa tarde encontré, porque el amarillo refulgía entre los volúmenes que lo tapaban, los cinco primeros números de la colección Panorama de Narrativas, de Anagrama. Creo que cuantos más libros me llevé, mejores títulos encontraré en la siguiente visita.

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