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Una historia de amor

"Fue un viernes. Ella llamó al portero automático a media mañana. Di un respingo en la silla, y la perra empezó a afligirse. Yo trabajo en casa, y a menudo soy el único vecino del edificio que puede, y tiene ganas, de abrir el portal para que la cartera entre a dejar la correspondencia en los buzones"

Una cartera. EP
Una cartera. EP

EN LA LISTA de las pequeñas historias de amor que todos vivimos, en ocasiones sin reparar en que son historias, y menos de amor, caben relatos inadvertidos y breves. De repente, un día te das cuenta de que has entablado un idilio velado con alguien. No sabes muchas veces que esas historias de amor existen hasta que notas, casi al tacto, que se acaban, como al avanzar en la oscuridad por el pasillo de casa, tocando la pared, y descubres que deja paso al hueco de una puerta. Entonces te sumes en la extrañeza. Ves el vacío.

A veces la historia de amor consiste en decir "buenos días" durante años al señor mayor, de barbas, que no sabes cómo se llama, con quien te cruzas cada mañana paseando a vuestros perros. Tal vez solo consiste en distinguir, en la mesa de siempre, en la cafetería de al lado, a la señora de abrigo verde haciendo el crucigrama del periódico, y que cuando acababa te cede para que leas. O en coincidir con el recepcionista del hotel que, cuando que pasas por delante, se fuma un cigarro en la puerta, y os saludáis solo moviendo la cabeza, porque os conocéis del gimnasio. O en advertir, en los días que vas a trabajar a la biblioteca, que unas mesas más allá, después de tres años sigue acudiendo a estudiar la mujer que se lleva el pelo detrás de las orejas continuamente.

Podríamos hacer una lista interminable de las pautas que el tiempo forma a nuestro alrededor, y que hacen que en unas pocas cosas unos días se parezcan a otros y nos sintamos abrigados por ello. Yo me di cuenta la semana pasada de hasta qué punto, por ejemplo, la relación con mi cartera era una historia de amor.

Fue un viernes. Ella llamó al portero automático a media mañana. Di un respingo en la silla, y la perra empezó a afligirse. Yo trabajo en casa, y a menudo soy el único vecino del edificio que puede, y tiene ganas, de abrir el portal para que la cartera entre a dejar la correspondencia en los buzones. Por esa razón, ella llama primero a mi piso, para no tener que tocar cinco o seis timbres infructuosamente, y de todas formas al final tocar el mío. No me importa. Después de todo, casi siempre hay algo para mí: una revista, un libro, o todos esos sobres que depositas sin abrir en el mueble de la entrada. Es raro que yo no esté. Los días que me ausento, y esto es extraño, o quizá solo amor, me sorprendo pensando en quién abrirá a la cartera cuando llame.

A través del videoportero mantenemos breves conversaciones a diario, para decirme que me deja unas revistas, o que sube porque trae varios paquetes y no caben en el buzón, o que hay una carta certificada, o un envío que debo firmar, o que simplemente hoy no hay nada para mí. A lo largo de cuatro años, desde que me mudé por última vez, nos fuimos conociendo poco a poco, de modo muy parcial, sin ser acaso conscientes. Por ejemplo, sé cuando cambia de peinado o de calzado, o cuándo está malhumorada. Esta construcción lenta del otro se volvió mutua. Lo supuse cuando empezó a entregarme la correspondencia que de vez en cuando me llegaba a mi anterior domicilio. Es agradable pensar que, en un mundo lleno de nombres, tu cartera retiene el tuyo y se toma molestias a las que no está obligada.

Algunos días, al asomarme a la ventana, la veo acercarse por la calle, empujando el carro amarillo y fumando entre portales, de incógnito, como en la adolescencia. Algunos otros, poquísimos, simplemente la veo alejarse sin detenerse en el portal, porque no hay correspondencia. Me pongo extrañamente triste cuando no llama al portero automático. Se forma una especie de vacío. Y así, en esa sucesión de idas y venidas, llamadas y entregas, conversaciones huidizas y frágiles, se formó idilio secreto. Pero llegó el viernes y sonó el portero automático. Era ella. "No tengo nada para ti, solo quería decirte que me voy, me cambian de ruta. A partir del lunes tendrás otro cartero", me informó. Me sentí muy solo, como si hubiese perdido algo que ignoraba que había tenido, pero importante, al fin consciente que hay historias de amor que nadie sabe que son de amor.

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