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Yo te mato

En el primer capítulo de 'Killing Eve', Villanelle, una asesina psicópata de profesión, llega a su apartamento, en París, después de cometer un sutilísimo crimen, y se pone cómoda, como hace cualquiera al regreso a su hogar

EL VERBO matar posee una variante inofensiva, casi infantil, que remite a un acto lúdico, que en general nos hace la vida más llevadera. Matar, en cierto sentido, es jugar, y morir se vuelve extrañamente divertido. El lenguaje, y el afán de las personas por contar lo que sea, produce estas contradicciones curiosas. El jueves, en una de sus carreras desenfrenadas por el pasillo, descalza, mi hija se fue al suelo de narices. Solté el libro que estaba leyendo en mi estudio, que se volvió jabón mojado entre las manos. El estruendo me disparó los nervios. Sonó a una mezcla de grave y catastrófico, como si al mismo tiempo que la niña se hubiese fracturado un brazo, o el cráneo, también se hubiese roto algún objeto, o el propio suelo.

Salí disparado para averiguar qué había ocurrido, y si había sangre. Entonces encontré a Helena boca abajo, nadando en la madera. "Me maté", explicó con una sonrisa, como si a los tres años entendiese perfectamente la naturaleza ambivalente de palabras como matar, asesinato o criminal. "Ah, bueno", dije, respirando tranquilo, y regresé al estudio. Eso fue un par de días después de sorprenderla coloreando la mampara de la ducha con un pintalabios. "Yo te mato", le amenacé con ternura. 

En su versión divertida, el asesinato depara grandes momentos. Cómo renunciar a él. ¿Es que estamos locos? Jamás nos cansaremos de leer novelas o ver películas o series donde la trama gira en torno a una muerte violenta. Morir así es lo mejor que puede pasarles a ciertos personajes. Amamos el crimen. Queremos nuestro asesinato, en el sentido que deseamos nuestra pizza, o nuestro regalo de cumpleaños, o ver un día cumplido el deseo de que la cena se haga sola. The New Yorker, conocedora del poder de atracción del crimen, ofrece en su página web un popular podcast llamado Mi asesinato favorito. Nos puede parecer un nombre de lo más atractivo, pero en realidad menos que el lema del podcast: Mantente sexy y no seas asesinado.

Sus autoras son Karen Kilgariff, guionista de televisión y humorista de stand up comedy, y Georgia Hardstark, escritora y presentadora de Cooking Channel. Su idea funciona tan bien que el podcast cuenta con club de fans y vende de camisetas, vestidos o sudaderas, a tozas y pulseras con su marca. Días atrás, la ilustradora Genevieve Bormes señalaba que escuchar un podcast sobre la muerte "puede parecer una forma contradictoria de relajarse, pero, si eres como yo, puedes sentirte curiosamente consolado con Mi asesinato favorito". 

Morir, o que te maten, no es menos divertido a veces que hacerse el muerto. Es la vieja competición entre ser y parecer. Todos hemos muerto de broma, por gusto. En el primer capítulo de Killing Eve, Villanelle, una asesina psicópata de profesión, llega a su apartamento, en París, después de cometer un sutilísimo crimen, y se pone cómoda, como hace cualquiera al regreso a su hogar. Villanelle se cambió de ropa y se quedó en bata mientras esperaba la llegada de un amigo. Entretanto, se le ocurrió que sería divertidísimo simular su suicidio, y dar un susto morrocotudo a la visita. Para ello vertió un frasco de pastillas de color naranja, chulísimo, sobre la mesa de cristal del salón, y colocó una botella, que podía ser vodka, al lado de su cuerpo, debruzado en el sofá. Se suponía que acababa de intoxicarse violentamente.

Cuando entró su amigo en casa, de la que tenía llaves, y vio a Villanelle desfallecida en una convulsionada postura, aunque realista, mantuvo los nervios, como si ya hubiese pasado por situaciones semejantes otras veces. Algo se olió. Lo primera que hizo fue apagar la radio, por la que sonaba música clásica, y que ella se dejó encendida. "¿Villanelle?", la llamó el hombre, que se acercó a despacio al cuerpo. "¿Villanelle? Te veo respirar", dijo, aunque sin tenerlas todas consigo. Entonces ella se incorporó con un terrible grito, que asustó a su amigo, y ambos empezaron a carcajearse. "¡Te la he jugado, admítelo!", dijo la muerta, radiante.

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