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Julián Rodríguez, responsable del espacio Zona Franca, en los medios del Grupo El Progreso.

Gallegos de ida y vuelta

La nueva ley de impulso demográfico debe mirar más al retorno de jóvenes universitarios
Alumnos en un aula. XESÚS PONTE (ARCHIVO)
Alumnos en un aula. XESÚS PONTE (ARCHIVO)

En Bañobre, en Miño, destino turístico por excelencia para cientos de lucenses, el ayuntamiento acaba de inaugurar un parque infantil. Columpios, rampas, toboganes, balancines... Irresistible para cualquier niño. Sin embargo, las instalaciones apenas tienen afluencia de público menudo. Son contados los niños que disfrutan en el flamante parque. A escasos metros, una marquesina de autobús, de granito, como hay cientos repartidas por la geografía gallega, da cobijo todos los días a una animada tertulia, a eso de media tarde, para los mayores del lugar. Los talludos parroquianos no perdonan un solo día. La de Bañobre, con su parque infantil vacío y su poblada marquesina, es quizá la metáfora que mejor ilustra la encrucijada demográfica en la que se encuentra Galicia.

Elevada a categoría, la anécdota de Bañobre traza otra imagen bien distinta. Y preocupante. Sobre sus consecuencias alerta la profesora Isabel Novo Corti, de la Universidade de A Coruña. En su opinión, crear grandes infraestructuras, espacios saludables y sostenibles, impulsar la innovación y el crecimiento son acciones "loables y necesarias", pero resulta imprescindible contextualizar dichas actuaciones desde una perspectiva poblacional, "ya que de otro modo podríamos encontrarnos con la paradoja de contar con hermosas ciudades inteligentes y sostenibles (smart cities) vacías, en las que solo algunos viejos del lugar recuerdan que algún día hubo jóvenes con ideas y proyectos".

¿Es tan crudo el panorama? Los datos, tercos, se empeñan en dibujar una negra sombra sobre cualquier indicador que proyecte el futuro demográfico de Galicia. Algunas aproximaciones a esta realidad. La comunidad gallega tiene actualmente, según el INE, 2,7 millones de habitantes justitos. De mantenerse la tendencia actual, llegaremos a 2033 con 2,5 millones, con un retroceso del 5,1%, lo que devolverá el padrón directamente a 1970. La edad media de los residentes en Galicia durante 2018 era de 47 años, siete años más que en 1994 y es la más alta de la historia. En 1975 era de 31 años.

Echar la vista atrás tiene estas consecuencias. Los menores de 20 años no alcanzan actualmente el 16% de la población, cuando en ese año, 1975, superaban el 30%. Lo deseable desde un punto de vista demográfico, según Novo Corti, que participa en un grupo de investigación sobre desarrollo social y sostenibilidad, es que la población infantil y juvenil menor de quince años duplique en número a los mayores de 65 años. "En Galicia sucede al revés", dice, al advertir que en 2018 casi la cuarta parte (24,8%) de los gallegos tienen más de 65 años, frente al 21,6% en 2008.

Galicia es la segunda comunidad española con menor presencia de extranjeros, al representar solo el 3,4% del total del censo. Solo nos supera, por la cola, Extremadura. La captación de mano de obra inmigrante, sobre estos datos, puede ser una de las soluciones a corto plazo para un problema que se combate a muy largo. Sin embargo, aquí entra en juego otra variable. Y es el atractivo que puede presentar la economía gallega en cuanto a oportunidades. Sucede algo parecido con la casi nula inversión extranjera año tras año, en lo que los economistas definen como un problema de "atractividad".

En un singular paralelismo con el problema de la captación de inversiones (Ley de Implantación de Iniciativas Empresariales, con dos años en vigor), la Xunta tiene en marcha una nueva Ley de Impulso Demográfico de Galicia. Es casi una ley ómnibus, que toca muchos palos, pero que mira directamente al retorno de los emigrantes como fuente que alimente el censo. Y siendo una idea a valorar, debería ser completada con otro tipo de retornos, y es el de los miles de jóvenes universitarios, los mejor formados, que se buscan las habas en Madrid o Barcelona. "Empaquetan sus talentos para dirigirse a un destino en el que entregar todo lo bueno que han aprendido en Galicia", en sucinto resumen de Novo Corti.

Y puestos a contextualizar, conviene recordar que esta crisis, demográfica, no es ni gallega ni española. Basta con mirar a Portugal. Además de hacer bandera de la captación de inversión extranjera con toda una batería de bonificaciones fiscales al límite de las ayudas de Estado, ilegales a ojos de Europa, el Ejecutivo encabezado por António Costa promete más de 6.000 euros de manera instantánea e incentivos fiscales para facilitar el regreso al casi medio millón de ciudadanos lusos que se vio obligado a salir del país durante la crisis económica. El programa promete rebajas del 50% en el IRPF durante cinco años. ¿Nos estará enseñando el camino Portugal también en esto?

Las claves de la venta del Grupo Puentes
Varios factores confluyen en el proceso de venta del Grupo Puentes, la tercera constructora gallega por ingresos (unos 300 millones en 2017) solo por detrás de San José y Copasa. La falta de un relevo generacional claro en el grupo con base en Oroso es un elemento determinante para entender las negociaciones que José Manuel Otero Alonso, su fundador, presidente y máximo accionista,ha emprendido con una constructora china. Viudo y con dos hijas que forman parte del consejo, Otero Alonso ha llevado a cabo un proceso de internacionalización del grupo que convierte a Puentes en un bocado apetecido para aquellos consorcios que quieren crecer en el negocio de la obra civil. Su presencia en América Latina y, sobre todo, una cartera de obra internacional de unos 120 millones de euros son los principales atractivos de Puentes.

La compañía calla y poco menos que otorga, lo que da idea de lo avanzado de las negociaciones con un grupo chino cuyo nombre no ha trascendido, pero que se encuentra entre los grandes del sector. El mutismo es absoluto en la compañía, que cuenta con poco menos de un millar de empleados.

La presencia en el accionariado de Otero Alonso parece garantizada con la entrada de los nuevos inversores, que sin embargo controlarán la mayoría del capital. Habrá un período de gracia (transición) de no más de dos años, a la espera de los resultados que ofrezca quien mejor conoce la compañía, Otero Alonso, que retendrá la gestión. Lástima que las inversiones extranjeras no lleguen a Galicia para levantar centros de producción, por ejemplo, y se destinen casi en exclusiva a comprar empresas de éxito.

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