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Julián Rodríguez, responsable del espacio Zona Franca, en los medios del Grupo El Progreso.

Las donaciones de Ortega

Por su patrimonio, al fundador de Zara solo se le puede pedir mayor labor de mecenazgo

Máquinas Ortega
Máquinas Ortega

UNA de las salas del Aquarium Finisterrae, la conocida como Casa de los Peces de A Coruña, lleva el nombre de una enigmática mujer. Se trata de Isabel Castelo, viuda del fundador y actual propietaria de Seguros Ocaso, un emporio empresarial que no se distingue precisamente por su transparencia. Sin embargo, tras la catástrofe del Prestige, Ocaso e Isabel Ortega, gallega afincada en Madrid, aportaron cuatro millones de euros a la Fundación Arao, creada por la Xunta para gestionar las ayudas para paliar los daños causados por la tragedia en las costas gallegas. La propia presidenta de Ocaso indicó el destino de los fondos, que en gran parte se utilizaron para un sistema de captación de agua en el acuario coruñés. De ahí el nombre de la sala.

La de Isabel Castelo fue lo que se entiende como una donación con un sentido finalista, de cuyos avances y ejecución incluso hizo un seguimiento pormenorizado. ¿Se fiaba del todo la empresaria de los gestores de la Xunta a la hora de administrar sus dineros donados? Es un pregunta sin respuesta. Como lo puede ser también si se aplica el mismo interrogante a las donaciones de Amancio Ortega, precisamente por su sentido finalista. Hasta eso se ha criticado esta semana de final de campaña electoral sobre el mecenazgo que practica el fundador y principal accionista de Inditex. Como si una donación de 310 millones hasta 2022 para equipos de radiodiagnóstico y mamografías en varias autonomías bloqueara la planificación presupuestaria de un sistema público, el de salud, que según datos oficiales cuesta al año en España unos 72.800 millones de euros. La salud de los españoles no puede depender de las ventas de Zara, se ha llegado a escuchar de algún presidente autonómico, caso de Guillermo Fernández Vara en Extremadura, que además es médico forense de formación. Por momentos, el debate ha sido delirante.

Más allá de posicionamientos extremos y aluviones de apoyos, por obvios, a los que hemos asistido esta semana, conviene analizar ahora algunos aspectos importantes de esas donaciones de Amancio Ortega, cuyo inicio se remonta a 2015, representando todo un vuelco en la trayectoria que hasta entonces había tenido la obra social y de mecenazgo del fundador de Zara. Para empezar, otra obviedad, en la que no siempre se repara. Sin importar el quién, simplemente quedándonos en el qué, fueron precisamente las propias carencias y obsolescencias del sistema público de salud, tras años de recortes por la crisis, lo primero que puso en evidencia la donación de Ortega y su mujer, Flora Pérez. Si por parte de la sanidad pública se aceptan recursos adicionales para equipos de radiodiagnóstico, muy intensivos en tecnología, es porque hacen falta. De cajón.

Ha tenido que ser precisamente la sanidad pública. La primera fortuna de España apostó decididamente por la biomedicina de la mano de otras grandes empresas allá por 2003. Y lo hizo en el sector privado, al financiar la puesta en marcha del Centro de Investigación Médica Aplicada de la Universidad de Navarra. Ningún revuelo se armó entonces. Claro que no existía Podemos en aquel momento. Pontegadea Biotecnológica, que fue la sociedad del grupo de Ortega que apostó por el proyecto junto a otras grandes fortunas patrias, se dejó algo más de 15 millones de euros en una iniciativa que costó 152 millones.

Todo esto nos lleva a otro relato, que habitualmente pasa de puntillas por el debate público pero cobra fuerza si se observan los números. A Amancio Ortega, con respecto a la obra social que lleva a cabo, solo se le puede pedir más. Mucho más. Criticar ese tipo de donaciones es poner en cuestión el sistema de mecenazgo implantado en este país y en Europa a través de cientos de fundaciones. No hay debate, en este sentido.

Pero volvamos a los números. Y tomemos como referencia un año, el 2017, por ejemplo. La aportación de Ortega a su fundación fue en ese ejercicio de 37 millones (143 millones desde 2013). Ese año, el 17, el fundador de Inditex recibió 1.256 millones solo en dividendos del grupo. Si miramos atrás y tomamos como referencia 2013, los beneficios de Inditex reportaron a Ortega más de 5.000 millones en cinco años. En 2018 fueron otros 1.386 millones en dividendos. Suma y sigue, casi todos esos recursos los destina a inversiones inmobiliarias, compra de edificios, a un ritmo de mil millones al año. Datos y hechos que lo dicen todo.

A Amancio Ortega, con un patrimonio de 58.000 millones, derivado en gran parte de su participación en Inditex, solo se le puede pedir más implicación y recursos en actividades sociales y de mecenazgo. Esa es la única fisura por la que cabe la crítica.

¿Quién tiene la culpa de la ralentización?
ALGO hemos avanzado. Ya es un lugar común aceptado por todos que la economía gallega está afrontando un proceso de ralentización, explícito con los datos de evolución del PIB del primer trimestre del año. Galicia crece, pero menos. La caída ha sido constante durante todo el 2018 hasta llegar a los tres primeros meses del presente ejercicio con un crecimiento del 2,3% en tasa interanual. Este registro contrasta, por ejemplo, con el alza del 3,1% que tuvo la economía gallega entre enero y abril del año pasado, el mismo período. Especial desplome para la industria en este arranque de año, con una tasa negativa del 3,1%, cuando este sector había cerrado 2018 con un crecimiento del 3,8%. ¿Qué ha sucedido? ¿Y quién tiene la culpa?
Pues con los datos en la mano, el presidente de la Xunta tiene culpables. Y están en Madrid. Estos números, a su juicio, "en nada tienen que ver con la economía gallega desde el punto de vista interno", por lo que Feijóo apunta a la gestión del Gobierno de Pedro Sánchez en sectores como el naval e industrial, especialmente en el ámbito de las plantas electrointesivas, entre las que está Alcoa. "Que no se tome a broma los astilleros y la industria", ha advertido.
 

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