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El artilugio español

Traer al debate público la enseñanza concertada o el aborto es circo y distracción frente a cuestiones reales como la economía, el paro o el desgobierno en Cataluña
Iglesias y Sánchez, tras firmar el preacuerdo de Gobierno. PACO CAMPOS
Iglesias y Sánchez, tras firmar el preacuerdo de Gobierno. PACO CAMPOS

SEÑOR DIRECTOR:

Cuando un partido deja de ser útil desaparece. El diagnóstico de José Manuel García-Margallo pudiera complementarse así: cuando un partido se convierte o se percibe como un estorbo acaba por generar un problema social y político, además de desaparecer. El diagnóstico primero se constató en el movimiento continuo de Albert Rivera: de la socialdemocracaia al liberalismo, para, sin respiro, ir a la carrera desenfrenada por ocupar toda la derecha. Incluya usted Vox. Acabó en la nada. Cuando Ciudadanos pudo y debió ser útil, su líder levantó cordones sanitarios frente al PSOE. No hizo lo mismo con la ultraderecha, aunque aparentemente el señor Rivera se la cogiese con papel de fumar en esas negociaciones y acuerdos locales y regionales.

La hipótesis de la realidad o percepción de un partido como estorbo, que activa riesgos de estabilidad y conflicto en la sociedad, cuenta con referentes en la historia. En la actual situación española estos precedentes se encuentran en la probeta del laboratorio. Convendría desactivar ese tubo de ensayo.

Circo y miedos

La propuesta y gestión de alternativas u opciones de vías de gobierno viables es lo exigible a los partidos y a los políticos que, como vemos estos días, lanzan a la ciudadanía todos los miedos, hasta los apocalípticos, ante los pactos de gobierno para los que trabaja Pedro Sánchez. El riesgo para las libertades y la convivencia es que se extienda una percepción de la incapacidad del sistema para resolver y ser útil a la ciudadanía. El miedo cultiva malos ambientes.

Le propongo dos ejemplos de esta semana. La ministra de Educación, Isabel Celaá. Resucita un problema ya enterrado con la educación concertada. Activó artificialmente un asunto que parecía zanjado en el pasado, que no figuraba ahora en la preocupación de nadie, y que toca al sector, a los obispos y a muchas familias de clases medias y bajas, no a las grandes fortunas. Sería una irresponsabilidad más de estos dirigentes si cabe interpretarlo como un anticipo de política gubernamental de fuegos artificiales y polémicas estériles. Acentúa además la preocupación que alimentan otros ante la deriva que pueda tomar la situación.

¿Le gusta a la señora portavoz fomentar el temor? Busca distraernos con debates cuya única razón es acentuar los extremos, en lugar de afrontar lo urgente como la economía o el vergonzoso espectáculo de las imágenes de caos en algunas plazas, calles y carreteras de Cataluña. Con riesgo de contagio. Lo de la señora Celaá es circo y no pan. Pretende el aplauso de unos pocos, los que reclaman el laicismo únicamente frente a la Iglesia católica y, al tiempo, ante la no diferenciación del espacio público y el religioso por otras confesiones piden respeto en base a la diversidad. Si la separación es buena para unos, que lo es, lo es para todos.

La segunda muestra es la que Vox y Podemos llevaron a la Asamblea de Madrid esta misma semana cuando pretendían situar de nuevo el aborto en el debate social y político. Ese debate ya estaba, afortunadamente, fuera de la agenda. Si el PP entra a esos capotes que le lanzan por el extremo derecho, como sucedió en Madrid, es muy probable que coseche éxitos similares a los que alcanzó en Murcia, por cierto circunscripción de su secretario general, donde Vox se situó como primera fuerza y superó a los populares. El mismo riesgo que correría la socialdemocracia si entra a los lances que le presenten desde el extremo izquierdo.

¿Vamos a discutir ahora de nuevo sobre la enseñanza concertada y el aborto mientras crece el paro, se paraliza el crecimiento y en muchas plazas y carreteras de Cataluña se levantan campamentos y barricadas que dicen que llegaron para quedarse?

Utilidad de Pablo Casado

El líder del PP, desde su minoría, anticipó por su boca y la de su se cretario general, Teodoro García Egea, la negativa no solo a facilitar un gobierno de Pedro Sánchez sino a impedirlo por todos los medios. Debe entender así la utilidad para España de su partido: arrojar al PSOE hacia el pacto con el extremismo. Dar argumentos a Pedro Sánchez.

Quienes ven altos riesgos en la formación de ese go bierno al que intenta conducirse Sánchez con Iglesias, en coherencia deberían aplicarse a la crítica con la cerrazón de Casado. No hay culpa sin dos dueños. Es mayor la de quien aceptó consumar en la primera cita: deje que le cortejen algo, eche unas miradas a quienes andan por la pista de baile. Cae a la primera después de jurar y perjurar, con ocasión y sin ella, su fidelidad a la clásica prevención de la socialdemocracia de no meterse en la cama con comunistas. Lo que se anuncia aquí, el ‘artilugio español’, no es la fórmula de la ‘geringonça’ del socialista António Costa en Portugal. Jospin, por ejemplo, que no aprendió con Mitterrand, regó con abono intensivo la planta de Le Pen.

Urgencias

En una sociedad madura no es de recibo que Pedro Sánchez, y alguno de sus voceros, nos canten ya más milongas, como que la urgencia del pacto es para frenar a la ultraderecha que él propició con sus fracasada estrategia electoral. No frena, acelera. La estrategia de Sánchez es la que es: mantenerse en el poder subiendo por la escalera de urgencias. Por ahí llegó la primera vez a la Moncloa, en una urgencia que entonces no quiso ver Rajoy y que debería haber asumido como tal el discurso del PP. No podía seguir. Ahora, con un incendio que creó, no es del PP, Sánchez pretende utilizar de nuevo esa escalera para riesgos: en la primera cita se va con Iglesias. Para que de un calentón salga una pareja estable se necesita un milagro o que una parte adopte como norma mirar para otro lado.

Hay algunas urgencias, señor director, que llevan tiempo sin atender y que exigen no distraerse y colaboración amplia y no solo por un lado. 1) La economía y un alto riesgo de explosión social, al sumarse la nueva crisis a los desperfectos no resueltos que dejó en amplias capas de la sociedad, como los jóvenes y las clases medias, la profunda recesión anterior. 2) Cuestión catalana, con ejercicio de la autoridad a la par que diálogo, para que a las insatisfacciones sociales no se sume por ahí una crisis general política. Significa afrontar reformas pendientes, poner punto final a la inacción que conduce a la descomposición del sistema de convivencia alcanzado en la transición. 3) Un mínimo de realismo o pragmatismo que evite desenterrar problemas que no están en la agenda ciudadana y que únicamente sirven para satisfacer a algún bando y con la inacción en economía y empleo, y la incapacidad/irresponsabilidad de los políticos. acentúan la polarización y radicalidad en la sociedad española.

De usted, s.s.s.

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