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Análisis y opinión

Otras formas de liar un pitillo

El seductor estudiante español, que parecía un charlatán, recibiría luego como presidente del Gobierno a Jean Daniel

SEÑOR DIRECTOR:

Aquel caluroso verano en París descubrimos que para liar los pitillos había algo más que tabaco. Supimos también que el amor era una fuerza de la vida y no los subterfugios de moralina o de psicoanálisis para andar por casa y encubrir otra represión más, además de la política. Aquel verano vimos empapeladas las calles con los carteles de Joan Miró y Aidez l'Espagne y, como un ansiado rito iniciático, nos fuimos a escuchar a Carrillo, diría que en Trocadero. Esto, y mucho más, forma parte de la memoria sentimental bajo el franquismo, con las borracheras compulsivas de libertad en las salidas estudiantiles en verano a Europa para ver, tocar y adquirir todo lo prohibido.

Un hallazgo clave de aquel tiempo de estío fue Le Nouvel Observateur —ahora l'Obs— y los editoriales de Jean Daniel. Me acompañaron desde entonces y los busqué en el semanario impreso, que llegaba aquí sin orden como suscriptor, y en la edición digital. Escribió hasta hace poco tiempo, aunque las publicaciones se distanciaron cada vez más. Busqué también sus libros —Camus, siempre Camus—, muchos de ellos en forma de memorias, adquiridos en los viajes.

Revista y baguette

Pasó a ser prioridad comprar la revista antes que la baguette -otro descubrimiento- para engañar el estómago que no llegaba a silenciar el menú de los comedores de la ciudad universitaria. Cuando censuraban la entrada de la revista en España, aquella azafata de Air France, a la que invitábamos en Madrid a tortilla y queimada, nos traía un cartón de Galoises, una botellita de Armagnac y los números atrasados de Le Nouvel Observateur.

elobsMientras el pasado jueves viajaba, me entraban mensajes de amigos —Caetano, María, Jaure...—, que me comunicaban la muerte del casi centenario Jean Daniel. Conocían esta devoción personal por el periodista e intelectual francés e incluso aguantaron mis monólogos y anécdotas sobre él. Rebobiné en la memoria hasta aquel verano de inicio de los setenta. En casa quedaban sobre la mesa de trabajo Les miens, Israël, les árabes, la Palestine, ambos creo que sin traducir, y La prisión judía. Jean Daniel era judío, lo vivía a su manera, solidario con los suyos y siempre crítico con las políticas intolerantes en Israel. Ante la ausencia de los artículos, de tiempo en tiempo vuelvo a sus libros. Cuando ahora, como en un homenaje, ojeo y reúno en casa los libros que llevan su firma descubro en varios ejemplares tarjetas de embarque como marca páginas: recuerdo donde los compré y los leí. Es la mejor señal de que el encuentro del lector con el autor fue placentero, plenamente satisfactorio.

Interesaba lo que contaba y opinaba, más que su estilo: parece ser que dictaba siempre como, aún las recuerdo, aquellas crónicas telefónicas que recogían los taquígrafos en los periódicos.

Me ocupo de Jean Daniel en esta carta, y a usted seguro que no le sorprende. Pretendo transmitirle miradas en un espejo del pasado, alguna que otra anécdota, apuntes sobre la figura de una influyente personalidad y con todo ello un poco de afirmación de esta nuestra profesión periodística

Vicios y virtudes

Más que memoria sentimental —y guardo una dedicatoria "Pour Lois. Avec toute ma sympathie"— la lectura de Jean Daniel fue alimento para vivir el periodismo. Para constatar también que el ego, inmenso a veces, forma parte del ADN del ejercicio de esta vocación, que el poder y sus proximidades andan siempre con tentaciones o amenazas para castrarnos, que el halago acelera la autoestima más que la mejor botella de champagne bebida en la mejor compañía. Lo sabía bien Mitterrand, experto en las flaquezas del ser humano, que lo convierte en enviado personal y especial del presidente de la República ante mandatarios extranjeros. Cuando Jean Daniel lo cuenta en Avec le temps no pierde detalle del halago personal, con todo el aparataje del poder a su servicio . Un niño con zapatos nuevos. Mario Soares, al que el periodista profesaba cariño y parece que correspondido, lo va a buscar personalmente a la embajada francesa con toda la parafernalia de motoristas y luces policiales. Caminan luego por las cuestas del precioso barrio de la Alfama hasta la presidencia de la República.

Almuerza con González en la Moncloa. El presidente español le da dos recados, uno para Mitterrand y otro para él. Si González está allí es por los apoyos del SPD y Willy Brandt. El socialismo francés y Mitterrand miraron con más simpatía a los comunistas españoles y a Carrillo. La venganza personal: el estudiante Felipe González pasó horas de espera en la puerta del despacho del director de Le Nouvel Observateur, con la indiferencia de este que lo consideraba un charlatán. Y no olvido el papel de mensajero ante Fidel Castro, frustrado por el asesinato de Kennedy.

El ansia permanente por la cultura y por saber son ingredientes necesarios para el periodismo

De la influencia y el poder de este hombre lo dice todo el general De Gaulle: "En Francia no se puede gobernar contra Le Nouvel Observateur". Quizás por ahí se expliquen muchas batallas y navajazos en la prensa francesa.

Tampoco olvidemos que el joven periodista, después de que el régimen de Vichy privase a los franceses judíos de su ciudadanía, luchó contra el nazismo al lado del propio De Gaulle en una incorporación voluntaria.

El poder

Ahí le dejo algunas señales, vanidades a un lado, del poder que tuvo este periodista, filósofo de formación, por su trabajo. Analizaba y opinaba "con la mirada de un hombre de Estado, o mejor". Hay también en él una lección modélica de que el periodismo responsable pide ansia permanente de cultura y saber, para valorar y cribar lo que nos intentan colar y para que la opinión y el análisis se sustenten en pilares fiables. Fui testigo de cómo reclamó la moral de la responsabilidad cuando un periodista español calificó de serviles a los medios de su país que no cuestionaron la versión del Gobierno en la jornada del 11-M. Tiempo habría, tenía razón, para criticar la indecencia que se demostró de aquellos gobernantes. Por responsabilidad no era en aquella jornada y en aquellas circunstancias.

Los editoriales de Jean Daniel fueron un dietario para comprender la realidad en la que vivimos, sin dogmas ni doctrinas, sin atenerse a ningún discurso dominante y a los ropajes de unos tópicos —antiamericanismo, por ejemplo— que para muchos son imprescindibles, e incluso suficientes, para que se les sitúe en la izquierda. Ni a izquierda caviar llegan. Con su semanario, los debates o los fuera de serie sentimos respeto por Alexandr Solzhenitsyn y descubrimos a quienes blanqueaban el rostro criminal del comunismo en la URSS.

Nadie como él en Avec Camus contó las madrugadas de un periodista en las calles de cualquier ciudad, en las que se pasa del agotamiento al vacío, del desencanto al desenfreno. O a lo mejor ya no es actual. Con el silencio, la ausencia de tabaco y alcohol mandaron, ahora sí, el desenfreno del periodista en el trabajo y en la busca del placer a la memoria sentimental.

Permítame un agradecimiento final. En un concierto, muy superior a mi sensibilidad, descubrí en unas butacas anteriores a Jean Daniel. En un descanso se levantó y salió. Imaginé que al vestíbulo. Salí tras él. En la entrada observé que se iba a la calle. No iba a ser yo más que este referente francés: tomé la puerta y me fui a escuchar a los parroquianos de un bar.

De usted, s.s.s.

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