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Un día estaremos en el recuerdo de amigos, enemigos e indiferentes. Seremos actores en la memoria que otros reconstruyan con imágenes, sonidos, olores y hasta los calores que compartimos y se fueron guardando. Seremos esa memoria. Como nos sucedió y nos sucede con los que se fueron y se van: con José, Xoán, William, Miguel, Virtudes, María Antonia. Son tantos nombres, recuerdos, que empiezo ya a componer mi propia letanía de santos y santas que me quisieron y a los que quise. Un día otros me incorporarán a su propia lista. Seremos imágenes y recuerdos para hijos, familiares, amigos y aquellas personas que amamos y nos amaron. Pasaremos de la butaca de la sala de proyección a formar parte en la pantalla de las imágenes en color, en blanco y negro y hasta en las que se difuminan y se van haciendo borrosas. 

Un día formaremos parte, no seremos destinatarios, de un texto de WhatsaApp como el que Isabel, María, Santiago o Marta, compañeros del alma, compañeros, me enviaron para comunicarme que se había muerto un colega. Me encontraron, sí, con Los años de Annie Ernaux entre las manos y en la busca del archivo de O día no que morreu o señor Manuel y O enterro da tía Francisca. No aparecen. Sé que hacía calor y nos vistieron con camisa blanca para el funeral de la tía Francisca. La muerte siempre llega temprano, lo dijo el poeta, aunque siempre se haga presente con absoluta puntualidad en la hora decidida para la cita por un centro de control que se nos escapa. 

El nombre de quien se ha ido aparece cuando no debería en los contactos de la lista del teléfono. Una sensación extraña. Ya es imposible la conversación que no fue, el abrazo que no se dio, el calor que no se transmitió. 

El nombre de quien se ha ido aparece cuando no debería en los contactos de la lista del teléfono. Ya es imposible la conversación que no fue, el abrazo que no se dio...

Cuando hemos cruzado nuestro propio ecuador vital empezamos a ser conscientes de que un día pasaremos a ser memoria. Algún tiempo antes empezamos a echar vistazos al retrovisor: hay ya muchos fotogramas atrás. Es el primer gran aviso de que pasamos a ser parte de la foto. Dejaremos de ser quien la contempla con nostalgia, como en un vano intento de rebobinar el vídeo y volver a darle al play. Un día sucede que, presentes en la despedida, descubrimos que la escena nos encontrará ante otros testigos que vienen en esa línea que se pierde en el horizonte inalcanzable. En una de esas circunstancias en la que los recuerdos aparecen, en las que el silencio del entorno lo domina todo, nos damos cuenta de que ya no hay paraguas que nos proteja, de que la próxima lluvia que llegue nos empapará inevitablemente a nosotros. 

Cuando alguien nos envía un mensaje de texto para con sentimiento comunicarnos la muerte de alguien con el que saben que hemos disfrutado, gozado y reído, esa es la buena señal de que nos ha incorporado y formamos ya parte de su archivo de imágenes, de vivencias para el recuerdo. Es el material vital que activará cuando reciba el WhatsApp en el que yo seré un nombre y un destinatario imposible.

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