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Análisis y opinión

Una película y un clavel

Truffaut, 'el hombre que amó a las mujeres', si viviese hoy probablemente sería valorado de forma negativa

SEÑOR DIRECTOR: desde el pasado viernes, Netflix se ennoblece con un paquete de películas de François Truffaut. Fue víspera del 25 de abril. ¡Vaya obviedad! Una fecha que situada en Portugal y en el año 1974 se reinventa como mito colectivo. Así permanece casi medio siglo después, para añoranza idealizada de quienes vivíamos entonces bajo el franquismo y nos oprimía el corsé de todas las prohibiciones. Ahí se alimenta también el paraíso perdido para quienes siguen esperando y buscando el final de la historia en forma de parusía laica y revolucionaria. Volveré sobre ello, si a usted le parece y me concede el favor de leerme.

Un agravio
El calificativo nobiliario para lo de Netflix se lo otorga Le Figaro en sus páginas culturales, que es donde ha de estar quien como Truffaut unió cine y literatura. Netflix se ennoblece con esas películas solo para la francofonía que tiene centro, cómo no, en la metrópoli republicana. Un agravio restrictivo que en tiempos de confinamiento impuesto supone una frustración más para muchos de los que conectamos el televisor desde la España constitucionalmente monárquica, siempre tierra de hidalgos e infanzones dispuestos a exhibir nobleza, incluso con el iPad bajo el brazo. Claro que Francia por su parte vive con el complejo de culpa de la guillotina o quizás más exactamente en la nostalgia reprimida del rey. Lo compensa con la sacralización de la persona del presidente de la República. Permítame usted, y abandono ya la distracción de este desvío, una referencia a Leopoldo Calvo Sotelo. Cuenta un almuerzo con Giscard en el Elíseo. Refleja la explosión de la grandiosidad anacrónica de quien habita ese palacio: "Aún me asombra el recuerdo de los criados que le servían primero a él, solemnemente, parsimoniosamente, mientras los demás asistíamos hambrientos al interminable servicio" (Papeles de un cesante).

Maldito apestado
Woody Allen, hoy un maldito apestado del que esperamos para el 21 de mayo en Alianza sus memorias en español, A propósito de nada, siempre rindió admiración y tributo a Truffaut. Si el cáncer no se lo llevase prematuramente, también el cineasta francés, el hombre que amó a las mujeres, fascinado por el sexo femenino y permanentemente rendido a la belleza, probablemente sufriese hoy con la censura de lo políticamente correcto . Truffaut confesaba que admiraba a la mujer y lo muestra su cine. Los enamoramientos de actrices y los affairs no forman parte del apartado de acoso, sin más y sin matices, ni se descalifican como misoginia salvo para aprendices de psiquiatría por fascículos. El romanticismo "que hace daño", según Boyero, de Dos inglesas y el amor es sentimiento y comportamiento bien diferente al acoso y al desprecio a la mujer. Le diría que las películas de Truffaut son para quien añore en este confinamiento de primavera gris y lluviosa un largo paseo con botas de goma y chubasquero, amarillo por descontado, por una solitaria playa de A Lanzada, Barreiros o As Furnas. Sería una terapia sanadora a contemplar para la desescalada -la estupidez reflejada en el lenguaje- que nos prometen.

Con la deriva que lleva esta carta corro el riesgo de que interprete usted que le conduzco a territorio de ensueños.

No dejaría de ser, máxime encerrado entre cuatro paredes, una forma de sobrevivir para quien, como un servidor, se va haciendo demasiado viejo. "Un veil homme est toujours Robinson", confesó Mauriac cuando aparecieron sus Nuevas memorias interiores.

En realidad lo que pretendía contarle, por si usted tiene influencia, es que en tiempos del coronavirus los hispanos deberíamos poder acceder al paquete de Truffaut que anunciaba Le Figaro o, para que no todo sea francés, de Visconti. Una tarde de estas, que ya se alargan en las horas que el sol permanece hasta que se va por cabo Vilán o Corrubedo, sería más llevadera con Besos robados, El último metro o Jules et Jim, aquel triángulo amoroso con Jeanne Moreau; con Ludwig, El crepúsculo de los dioses o Tren de noche a Lisboa, ya que si usted acepta la invitación en un santiamén nos vamos a la capital portuguesa.

Ya sé que en Filmin están disponibles a precios módicos todas estas y otras muchas películas. Pero a mí me gusta que las tapas vayan incluidas en la consumición del vino, como sucede en Lugo.

Lusitania Express
Martín y Borja de Riquer publicaron en Acantilado dos gruesos volúmenes con el título de Reportajes de la historia. Es un original acercamientos a grandes momentos de la historia por el testimonio de testigos directos. El de la Revolución de los Claveles es de Xavier Roig, enviado especial de Tele/eXprés a Lisboa en aquellos días. Viaja desde Madrid en el nocturno Lusitania Express, un tren cargado aquella noche únicamente de periodistas, corresponsales extranjeros en España mayoritariamente, y de ciudadanos portugueses que no muestran preocupación, quizás escepticismo sí, por el golpe de Estado.

En la agonía del franquismo -la vida del dictador anunciaba su fin- el golpe en Portugal no merecía abrir un telediario o un informativo de Radio Nacional de España (RNE). La razón era más que el tradicional y todavía hoy vivo ignorarse entre vecinos: podría ser un virus contagioso como demostró la UMD (Unión Militar Democrática), por la que fue a la cárcel el pontevedrés José Fortes. Al general Spínola portugués se le supuso nombre en España de general Díez Alegría, al que cesaron por una supuesta entrevista con Carrillo en Rumanía.

En la madrugada de ayer viajé a Lisboa en el relato de Xavier Roig, 46 años después de que sonase Grândola, Vila Morena en Radio Renascença, señal de salida para las tropas del Movimiento de las Fuerzas Armadas (MFA) para poner fin a la larga dictadura y a la sangría de vidas en la colonias de África.

Dos apuntes. No es el mismo el proceso que trae la democracia a Portugal y a España. Américo Thomas, presidente que sucedió a Salazar, y Marcelo Caetano, jefe de Gobierno, salieron detenidos del cuartel del Carmo en un blindado, después de rendirse. La muchedumbre acompañó desde el principio a las tropas que rodearon el cuartel y de cuando en cuando gritaban "atacad". Luis Felipe Costa, el locutor que leyó el comunicado que daba cuenta de la caída del cuartel del Carmo, con el dictador dentro, no era capaz de decir una palabra. Hubo un segundo locutor, Eugenio Corte Real, con una segunda lectura. No consiguió llegar al final. Aquí el comunicado de Arias Navarro fue otro.

La gente estuvo en la calle desde primera hora del 25 de abril, a pesar de los llamamientos para que los civiles permaneciesen en sus casas y contra la lógica de las incertidumbres de seguridad personal que genera un golpe de Estado.

Los militares que se llevaron la dictadura y la masa ciudadana que permaneció en la calle lo celebraron con "un cravo no fúsil", el mejor uso para una arma.

No todo fue vino y rosas en el proceso que siguió. La tentación totalitaria de signo diferente fue fuerte.

También ayer llegaron los claveles a este confinamiento. Cuando la desescalada lo permita habrá que ir a Montmarte y dejar "un cravo" sobre la tumba de Jean François Truffaut, aunque lo criticasen por no abordar temas políticos. O, precisamente, por eso.

De usted, s.s.s.

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