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Camarones y percebes

OCURRIÓ HACE más de veinte años, un viernes cualquiera al salir del instituto. En Ourense no llovía y la temperatura era agradable, así que los padres de Diego, de forma un poco improvisada, metieron unos pijamas y tres o cuatro cosas más en una mochila y se marcharon a pasar el fin de semana a Sanxenxo. De pronto nos habíamos quedado con el piso para nosotros solos, así que Alba y yo, de forma todavía más improvisada, metimos unos pijamas y tres o cuatro cosas más en una mochila y nos marchamos a pasar el fin de semana a la casa de Diego.

MaruxaNuestro plan era no hacer nada. Permanecer los tres allí dentro hasta el domingo. La idea era ver alguna película, escuchar música, charlar. Pasar el rato jugando a ser mayores. Fingir que aquella era nuestra vida. Aparentar que vivíamos en aquella casa. Nuestros amigos estarían planeando salir un rato por la noche, ir a echar un partido al día siguiente o marcharse con sus padres al pueblo. Cosas de críos. Nosotros éramos prácticamente adultos. Y los adultos, como todo el mundo sabe, se dedican a hacer cosas de adultos.

Como por ejemplo, cenar. Ninguno de los tres había caído en la cuenta de que en algún momento del fin de semana habría que alimentarse. Llegaron las diez de la noche del viernes y nuestros estómagos comenzamos a llamar a gritos a mamá y a papá. Diego echó un vistazo por la cocina y encontró un par de cosas que, a los catorce años, uno ni siquiera considera comida, como espárragos y pimientos en lata, pero también encontró unos camarones y unos percebes en la nevera que, seguramente, su padre reservaba para su vuelta el domingo por la noche. Echamos números y descubrimos que para eso todavía quedaban dos días, así que, en el caso de que terminase constituyendo un problema, era tan lejano que ni siquiera debía comenzar a preocuparnos. Habría que estar loco para no devorarlos.

Diego abrió un armario cualquiera de los que había en el salón y extrajo un par de fuentes de cristal y unos platos preciosos con pinta de ser bastante caros. Vertió sobre las fuentes los percebes y los camarones, nos dio un plato a cada uno, nos sentamos a la mesa y nos pusimos a comer. Nos importaba un carajo que con nuestras pagas no hubiésemos podido pagar aquella cena ni en cuatro semanas. Alimentarse era un trámite que había que cumplir y aquello que teníamos delante eran alimentos. Se trataba de una ecuación sencillísima.

Porque exactamente así es como funciona el mundo cuando uno es joven. Las cosas tienen algún valor —o no tienen ninguno— únicamente en función del contexto. Cuando uno es un chaval y quiere regalarle a su novia unos pendientes porque se cumple un año desde que comenzaron a salir, lo de menos es que el dinero solamente le alcance para unos humildes pendientes de latón. A ninguno de los dos le va a importar lo que cuesten esos pendientes. Lo que importa de verdad es que representan un año de relación y, desde ese momento, serán los pendientes más valiosos del mundo.

Por eso cuando uno es joven no le importa celebrar lo que sea con unas hamburguesas del bar de abajo. O pidiendo comida china. O regalando unos pendientes de escaso valor. Lo que importa es lo que se celebra y no el envoltorio de la celebración. Sin embargo, a medida que uno va cumpliendo años comienza a aceptar esa perversión de que la relevancia de un aniversario, por ejemplo, dependerá de lo que uno se gaste en él. Como si en la conmemoración del día de tu boda lo más importante no fuese la propia efeméride, el propio recuerdo del enlace, sino cuánto te hayas gastado en demostrar que ese recuerdo te importa. Resulta casi contradictorio.

Cuando todavía eres un crío, lo importante es precisamente todo lo demás. Lo relevante es lo que se celebra ese día y no los mimbres de los que está hecha esa celebración. Y esto sucede igualmente en sentido contrario: si solamente se trata de cenar, de cumplir un trámite prosaico y carente de significado emocional, qué más da si se trata de unas sardinas en lata o de unos percebes y unos camarones. Lo importante es llenar el estómago y a otra cosa. Y tal vez en esa frase se resuma la esencia entera de la juventud.

Claro que el padre de Diego ya no era tan joven y todo esto, que horas después quise explicarle por teléfono, se la trajo al pairo. En Sanxenxo hacía muy mal tiempo y decidieron regresar a Ourense aquella misma noche. Ni siquiera los escuchamos entrar. De pronto, una voz grave y definitiva se escuchó desde el fondo del salón: "Así que os estáis comiendo mis percebes. Y mis camarones. Y en la vajilla de mi boda". En menos de dos minutos, Alba y yo ya habíamos recogido las mochilas y corríamos calle abajo sobre nuestras ágiles piernas. Juventud, divino tesoro.

Camarones y percebes
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