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En los días de lluvia

MarucaHAY UN POEMA de Karmelo C. Iribarren titulado Domingo, tarde al que mi memoria regresa con cierta frecuencia: "Qué hago / mirando la lluvia / si no llueve". He vuelto a recordarlo ahora mismo, sentado en mi despacho, mientras observaba algún punto lejano al otro lado de mi ventana. La diferencia es que aquí sí está lloviendo. Llueve con obstinación. Claro que eso, en el fondo, es lo de menos. La lluvia es lo único que no miramos cuando miramos la lluvia.

Hace casi una semana que llueve sin parar y así debe ser. No me gustan esos cielos embusteros que van cambiando de bando a medida que avanza el día. Lo escribe Eduardo Sacheri en La pregunta de sus ojos: "En los días de lluvia, el sol es un intruso imperdonable". Es algo que tardé en comprender. Hace años disfrutaba de esos rayos luminosos que se cuelan a menudo entre las nubes justo antes de comenzar a llover otra vez. Pero ahora elijo la coherencia. La uniformidad. Supongo que la tranquilidad de la monotonía es una de las pocas certezas que a uno le van quedando con la edad.

Durante mi segundo año en Santiago de Compostela estuvo lloviendo dos meses seguidos. La capital de Galicia es una ciudad muy lluviosa, pero dos meses es una sexta parte del año. Puede que incluso más. Recuerdo una noticia en el periódico que decía que el tiempo máximo que había estado sin llover en esos dos meses fueron siete horas seguidas. La lluvia arreciaba, aflojaba y paraba, pero nunca habían pasado más de siete horas sin que se pusiese a llover otra vez. Así durante ocho o nueve semanas. Mi sangre extremeña, que es la mitad, no estaba preparada entonces para algo así.

Cuando Gabriel García Márquez visitó Galicia en 1983, escribió un artículo en el diario El País sobre la lluvia de aquí. Lo he citado en alguna ocasión. Contaba el escritor colombiano que había estado lloviendo durante tres días seguidos, una circunstancia por la que sus amigos gallegos no dejaban de disculparse: "Tal vez ni siquiera ellos eran conscientes de que Galicia sin lluvia hubiera sido una desilusión, porque el suyo es un país mítico —mucho más de lo que los propios gallegos se lo imaginan—, y en los países míticos nunca sale el sol".

Su descripción es impecable: "Llovía en la ciudad, llovía en los campos intensos, llovía en el paraíso lacustre de la ría de Arosa y en la ría de Vigo, y en su puente, llovía en la plaza, impávida y casi irreal,de Cambados, y hasta en la isla de la Toja, donde hay un hotel de otro mundo y otro tiempo, que parece esperar a que escampe, a que cese el viento y resplandezca el sol para empezar a vivir. Andábamos por entre esta lluvia como por un estado de gracia (...) y sabíamos que todo aquello estaba allí por virtud de la lluvia, que nunca acaba de caer". De haber leído este artículo antes de mudarme a Santiago, no habría anhelado más treguas en aquella lluvia perpetua. No habría deseado más pausas soleadas, que ahora juzgaría inoportunas.

Como decía antes, supongo que todo esto tiene que ver con la edad. O con la madurez, que es una cosa distinta. Mi hija Julia lleva tredías sin ir al colegio porque tiene laringitis. Ella ni siquiera se ha dado cuenta de que está enferma, continúa tan vital y sonriente como siempre, pero su madre y yo sí: la tos metálica y respirar como Darth Vader la delatan. Hemos pasado casi toda esta semana en casa, sin salir. Ha estado jugando en mi despacho mientras yo escribía, hemos visto varias películas de dibujos, hemos hecho palomitas, nos hemos quedado todos dormidos en el sofá del salón después de comer. La vida en pijama es la vida mejor.

Y mientras tanto, al otro lado de la puerta, en un mundo ajeno al nuestro, llovía sin cesar. Con ese ruido de fondo, parecido al de una rutina feliz, que hace la lluvia contra las ventanas. Llovía en ese país mítico en el que se encontraba nuestro pequeño refugio. Sin espacios impertinentes de sol. Sin rayos luminosos que nos habrían estropeado los cielos grises y las películas de dibujos y la vida mejor. Y yo he pensado que estos días, en realidad, no han tenido nada que ver con la laringitis de Julia. He pensado que estábamos allí por virtud de la lluvia, que nunca acababa de caer. Y que todavía sigue cayendo.

Ahora mismo, Julia está jugando con unas muñecas sobre la alfombra que hay delante de mi mesa. La casa está en silencio y sólo se escucha el martilleo de la lluvia sobre los toldos del patio de luces, acompasándose de vez en cuando con el sonido de mi tecleo. He vuelto a echar un vistazo al otro lado de la ventana y he pensado que no parece que vaya a escampar por ahora. Eduardo Sacheri tenía razón: en los días de lluvia, el sol es un intruso imperdonable.

En los días de lluvia