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Hacer un 'perfect'

Cuando todo va demasiado bien, es cuando uno debe abandonar la partida

MXEN LA ÉPOCA dorada del arcade y los salones recreativos, cuando los videojuegos estaban encerrados en artefactos macizos y corpulentos y no flotaban vaporosamente por el hiperespacio, una de las partidas más divertidas que uno podía echar era una ronda de combates en el Street Fighter II. No peleabas contra millones de jugadores conectados en línea, como ahora, sino contra otra persona o, en su defecto, contra la máquina. Contra esa mole metálica y robusta, provista únicamente de un puñado de botones y una palanca. No hacía falta nada más.

Cuando vencías a tu rival sin recibir un solo golpe, hacías un perfect. Se trataba del combate perfecto. Y eso era lo que todo el mundo deseaba: vencer siempre con un perfect. Cuantos más perfects, mejor. Ser famoso por tus perfects te concedía cierto estatus de campeón. Te convertías en un jugador temible. En el adversario a evitar. Entrabas en el salón recreativo a media tarde y la clientela enmudecía. La pianola dejaba de sonar. Las bailarinas de cancán corrían a encerrarse en las habitaciones del piso de arriba. Quienquiera que estuviese echando una partida al Street Fighter II en ese momento se apartaba y te dejaba jugar a ti, sin rechistar. Cada perfect era una muesca más en tu monedero. Nadie quería problemas con los tipos que te podían hacer morder el joystick.

Pero a mí los perfects me molestaban. Me molestaban de un modo extraordinario. Me refiero a recibirlos, por supuesto, pero sobre todo a provocarlos. Porque ganar así, sin recibir ni un solo golpe, era una forma especialmente aburrida de ganar. Lo divertido de los combates era la propia contienda, con sus altibajos y sus dudas, con su épica y sus remontadas. Se trataba de pelear, no necesariamente de salir victorioso. Y mucho menos, ileso. Los jugadores adoraban los perfects, pero no por la pelea, sino por la humillación de tu rival. Como si se tratase de fútbol o política. Una ronda de batallas ganada con perfects era, en mi opinión, una ronda desperdiciada.

Pero además había algo peligroso en una concatenación prolongada de perfects. Cuando tal cosa ocurría, lo más conveniente era desconfiar. Antes o después, algo acabaría torciéndose. Quizá en el medio de un combate definitivo, en el que se anulaba el recorrido anterior y el que venciese era campeón. O bien cuando la siguiente pelea se aderezaba con una apuesta. Una serie larga de perfects era la mejor señal de que debías abandonar la partida. Porque siempre hay que levantarse de la mesa cuando uno va ganando, y no después. Algo va mal cuando las cosas van demasiado bien.

En Ourense hay una calle bastante larga, de unos tres kilómetros y pico, que va desde el Puente del Milenio hasta el Jardín del Posío. En realidad cambia de nombre en cada cruce, pero en la práctica es la misma calle. Durante el día es una calle sobresaturada, con un tráfico excesivo, y resulta imposible recorrerla en coche sin detenerte al menos en seis o siete semáforos. Pero por la noche, cuando la calle está despejada, si el primer semáforo con el que te cruzas al salir del puente se pone en ese mismo instante en verde, hay una pequeña posibilidad de llegar hasta el Jardín del Posío sin parar en ningún semáforo. Hay que mantener una velocidad constante y tener la suerte de no encontrarte con vehículos u obstáculos que te ralenticen. No es fácil, pero a veces sucede. Es lo que algunos llaman aquí "hacer un perfect".

El pasado miércoles por la noche me encontré con el primer semáforo en verde y decidí probar fortuna con el segundo. Y lo crucé en verde. Me di cuenta de que un coche a mi lado estaba haciendo lo mismo que yo, pero seguí adelante. Los dos cruzamos en verde el tercero. Y cruzamos también el cuarto. Circulábamos en paralelo desde el principio de la calle y yo empezaba a ponerme nervioso. Si no fuese porque no superábamos la velocidad máxima permitida, podría parecer que estábamos disputando una carrera a través de la ciudad. Pero cada vez que nos acercábamos al siguiente semáforo, este se ponía en verde. Era una racha estupenda. Solo quedaba por recorrer el último tramo. Alguno de los dos iba a hacer un perfect en primera posición.

Y entonces me di cuenta de que debía desistir. Dejé que mi adversario se alejase calle abajo y me quedé atrás. Aquella secuencia de semáforos en verde estaba saliendo a pedir de boca. Era perfecta. Y en ese momento, cuando todo va demasiado bien, es cuando uno debe abandonar la partida. Antes de que todo vaya demasiado mal. Cuando doblé la siguiente esquina, me encontré con obras en la calzada y al otro coche encajado en una zanja llena de barro. Me detuve a echar una mano y lo primero que me dijeron sus ocupantes fue que iban a por el perfect. "Ya lo sé —les contesté—. Yo no".

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