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Horror en la perfumería

Ilustración. MARUXA
Ilustración. MARUXA

Debo de ser un tipo extraño. Cada mañana, después de ducharme, cepillarme los dientes y peinarme, echo un vistazo a la estantería de las colonias en el cuarto de baño y recuerdo cuál es la mía. La que me pongo a diario. No hay variación. Todos los días tiene el mismo aspecto. El mismo color. La misma forma. Soy capaz de reconocer la fragancia con la que me perfumo después de la ducha solamente por la pinta que tiene. Siempre es el mismo bote. Siempre es la misma etiqueta. Me basta con descartar el resto de recipientes para saber con qué pócima debo rociarme. Yo suponía que esto era lo más frecuente, lo que le ocurría a cualquiera, pero he comprobado que no es así. Curiosamente.

MARUXADe hecho, de ser así, todo el mundo adquiriría su marca de colonia de un modo ágil y certero. La gente entraría en la perfumería, echaría una ojeada a los estantes, elegiría su colonia a tiro fijo, la pagaría y se iría. Sota, caballo y rey. Pero no sucede esa forma. En las perfumerías existe todo un protocolo que se aleja de lo previsible. Que se aparta de la lógica. Al parecer, una colonia es algo que no se puede adquirir directamente, en un solo movimiento, igual que se compra una barra de pan o un fusil de asalto. Uno no puede entrar en el establecimiento y seleccionar el producto que quiere, como un troglodita. Primero hay que pasear las narices por las distintas estanterías, oler todas y cada una de las diferentes opciones, abrir unos cuantos botecitos de muestra y olfatear los bordes del tapón de una o dos docenas de perfumes. En ningún caso debe parecer que eliges tu colonia porque te acuerdas de ella. Porque eres capaz de identificarla por el aspecto. Todo lo contrario. El buen comprador de colonia debe comportarse como si eligiese a ciegas. Como si llevase una venda en los ojos y reconociese cuál es la marca que lleva comprando desde hace dos décadas solamente por el olor. Apenas debe haber distancia entre las prodigiosas habilidades de un comprador de colonia experimentado y las dotes de sumiller infalible que tiene cualquier cuñado.

Habiendo asumido esto, me resultó mucho más sencillo comprender el modus operandi de la clienta que esta mañana estaba delante de mí en la perfumería. Yo debo de ser un tipo extraño, como digo, así que entré en el local, cogí un frasco de la colonia que llevo usando desde hace dos décadas y me dirigí hacia la caja para pagarla y marcharme por donde había venido. Tan fácil como eso. Pero delante de mí había una muchacha que, según me figuré en ese momento, había rastreado el aroma de su colonia por todo el establecimiento y no había dado con ella. Su sentido del olfato le decía que ese día no había tenido suerte. Cuando me coloqué detrás de ella en la cola, le estaba consultando a la dependienta si tenía muestras de aquel  perfume determinado. Sin una triste muestra que olisquear, la pobre chica no era capaz de reconocer la marca de perfume que usaba, deduje. O lo olía o ya podían matarla allí mismo, que no sabía cuál era. Por lo poco que dijo, pude saber que se trataba de algo en francés. Se conoce que la pobre tenía mono de ese aroma en concreto y no le servía ningún otro —el síndrome de abstinencia de la colonia es algo complicado; los alcohólicos de mi infancia, allá por los años 80, estarán de acuerdo conmigo—. Muy amablemente, la dependienta le contestó que no, que no le quedaban muestras de esa marca, y fue entonces cuando la chica le preguntó si podría acercarse al almacén y hacerle el favor de rellenarle un frasquito vacío de muestra con un poco de ese perfume que le estaba comentando. "Para estar segura y no equivocarme", añadió. Ver para creer.

La dependienta la miró, me miró a mí, puso cara de hacer acopio de paciencia, dirigiendo sutilmente la vista al techo y levantando un poco las cejas, asintió, se marchó al almacén y regresó habiéndole rellenado el frasquito a la chica. "Espero que te sirva, porque no te puedo dar más muestras", le dijo a la clienta en un tono cansado, como si no fuese la primera vez. La muchacha le contestó que así estaba bien y salió del establecimiento con gesto distraído, haciendo como que olía el envase con cierta curiosidad, de forma inocente. Desde dentro, mientras compraba mi colonia, pude ver cómo, una vez en la calle, la chica se vaciaba el frasquito por el cuello a golpecitos, minuciosamente, y seguía su camino tan tranquila, muy satisfecha con el elaboradísimo plan que había ideado para perfumarse gratis.

Puse cara de asombro, pasé la tarjeta por el datáfono y esperé mientras la dependienta metía mi bote en una bolsa. Mientras tanto pensé que quizá el comprador experimentado de colonia fuese un poco cuñado, en efecto, pero incluso a eso hay quien es capaz de ganar por goleada. Ver para creer.
 

Horror en la perfumería
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