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Oliver Sacks: la despedida del último gran sabio

Si hay algo presente en todas las páginas de El río de la conciencia es la pasión de su autor por aprender y la pasión por comunicar lo aprendido. En cada idea expresada se aprecia ese impulso divulgativo

HACE MUCHOS años, cuando estaba convencido de que la mecánica cuántica —codo con codo con la literatura argentina— sería capaz de explicarme el mundo en su totalidad, cayó en mis manos un libro titulado La nueva mente del emperador (Grijalbo, 1991) en el que el formidable matemático y pésimo divulgador científico Roger Penrose describía la conciencia humana como el resultado de un proceso no computable según las leyes de la física.

Su teoría lo conducía, en último término, a explicar la naturaleza de la mente a partir de conjeturas sobre la gravedad cuántica y su influencia en el colapso de la función de onda. Algo realmente interesante, pero equiparable, por ejemplo, a tratar de explicar el universo únicamente desde el punto de vista de la astrogeología. Es decir, desde una sola perspectiva. Teniendo en cuenta una sola disciplina. Un camino que acostumbra a conducir a resultados excesivamente reduccionistas.

El planteamiento de Penrose, en cualquier caso, no constituye una excepción. Cuando se trata de analizar la naturaleza de la conciencia, lo habitual es encontrarse con fórmulas similares en la mayoría de ensayos científicos. Propuestas que aspiran a diseccionar una realidad tan compleja como la mente humana valiéndose de la física, la neurología, la fisiología, la psiquiatría o la biología, pero nunca de todas ellas a la vez, transversalmente. Hasta que, antes o después, en la vida de uno se cruza Oliver Sacks.
Esa es la principal virtud que Kate Edgar, Daniel Frank y Bill Hayes destacan en el prefacio de El río de la conciencia (Anagrama, 2019), último libro de Sacks, cuya publicación encargó a sus tres amigos dos semanas antes de su muerte en agosto de 2015. Sin embargo, es una virtud constante en toda su obra: Oliver Sacks siempre ha sido capaz de explicar la conciencia, la percepción, los mecanismos del pensamiento y de la memoria, la esencia de la mente humana, en definitiva, de una forma horizontal y con vocación de totalidad. Como si hubiese dedicado su vida a acumular todo el saber posible para después trasladarnos esos conocimientos de forma sencilla.

Y esa es una sensación como lector que se potencia notablemente al explorar su último libro, provocando que uno llegue a dudar si nos hallamos ante el epílogo perfecto de su carrera o ante el prólogo idóneo para acercarse por primera vez a Sacks. Porque si hay algo presente en todas las páginas de El río de la conciencia es su pasión por aprender y su pasión por comunicar lo aprendido. En cada idea expresada se aprecia ese impulso divulgativo. Esa necesidad que siente por investigar, meditar y poner por escrito sus conclusiones, sobre todo, aquello que despierta su curiosidad. Que es mucho.

Es tal el entusiasmo que se desprende del ensayo que, sorprendentemente, hasta es palpable cuando Sacks relata de forma pormenorizada el proceso de embolización con el que sus médicos intentaron controlar la metástasis que afectaba a su hígado. La metástasis que le estaba matando, y sobre la que el científico y profesor británico escribe con mirada despierta y mentalidad científica en un ejercicio turbadoramente admirable. Ese entusiasmo, en todo momento complementado con un talante didáctico, permanece inalterable se trate del capítulo que se trate.

Se aprecia, por ejemplo, cuando Sacks nos explica que incluso en el caso de las plantas y los protozoos se puede hablar de un estado mental —aunque este sea efímero puesto que carecen de sistema nervioso—. O cuando revela su convencimiento de que en la mente intervienen mecanismos y procesos que no se corresponden con una reacción a nivel fisiológico en una determinada zona del cerebro, convirtiendo el psicólogo y el anatómico es estados paralelos —aunque deba existir una base neurobiológica para el primero—. O cuando postula que la conciencia no puede circunscribirse sólo al momento presente, al ahora, concluyendo que abarca en cada momento toda nuestra experiencia. Una reflexión mediante la que se realiza la práctica identificación de la conciencia con la memoria.

Defiende que nuestro yo privado es en realidad producto de una sucesión de capas de memoria


A esta idea, la de la relación entre la identidad y la memoria, dedica Sacks un buen número de páginas de su ensayo, deteniéndose en el que, en mi opinión, es el tema más interesante de los que en él se abordan. Así, defiende que nuestro yo privado es en realidad producto de una sucesión de capas de memoria, de tal manera que son los recuerdos de nuestras experiencias los que lo conforman. Dichos recuerdos, sin embargo, no son fidedignos, ya que son reescritos una y otra vez por nuestro cerebro, y es esta retranscripción la que compone nuestra conciencia y, por tanto, nuestra identidad. De ahí lo interesante de la regresión, de la reversión de esa acumulación de capas, por ejemplo con fines terapéuticos.

Sacks profundiza en el modo en el que refinamos o reconstruimos esos recuerdos —o incluso los creamos de la nada— y estamos plenamente convencidos de que son nuestros. De que son experiencias reales. Creemos haber vivido algo que en realidad ha construido nuestra memoria por sí sola o con fuentes externas, impidiéndonos distinguir qué fue real y qué no. Y una de las principales consecuencias de esta ductilidad de la memoria es que uno puede creer estar ayudando a otro a liberar un recuerdo enterrado y en realidad estar implantando uno nuevo sobre la marcha. El neurólogo y psiquiatra británico no pierde de vista que, si somos nuestra memoria, si nuestra identidad y nuestra conciencia se apoyan en ella, los falsos recuerdos construirán un falso individuo.

Y lo más apasionante es que los caminos sensoriales creados por esos falsos recuerdos serán exactamente los mismos que los de los recuerdos reales. A nivel neurológico, no hay forma de distinguir qué es verdad y qué no. Y es natural, ya que tampoco la hay cuando dos personas perciben cosas distintas observando la misma realidad. Sacks lo explica aclarando que la percepción se produce mediante la captación de instantáneas que se ensamblan en una percepción preconsciente, en la que se involucran miles de millones de neuronas en coaliciones que afectan a regiones enteras del cerebro. Si esas coaliciones superan un umbral mínimo de intensidad, de unos cien milisegundos, entonces nuestro cerebro elegirá ese ‘momento perceptivo’ para formar parte del puzzle astronómico que es nuestra conciencia. Somos conscientes gracias a la permanencia de esos momentos perceptivos más allá del estímulo y a su interacción con nuestra memoria. Resulta asombroso darse cuenta de que dos personas jamás estarán contemplando la misma cosa.

La erudición que Sacks demuestra poseer al realizar la exposición de estos temas es abrumadora. Recurre a anécdotas, a ensayos, a experimentos, a ejemplos documentados. Aplica un enorme cantidad de disciplinas a su planteamiento, que van desde la bioquímica hasta la historia de la filosofía. Su criterio, siempre certero, hace que parezca que los demás tenemos visión en túnel y él una amplísima y clarísima visión de conjunto. Aquello sobre lo que siempre te has limitado a teorizar de forma genérica, las dudas sobre la mente humana a las que siempre has dado vueltas, él las aclara con una precisión envidiable. Porque se ha interesado antes que tú y ha buscado las respuestas. Incluso a preguntas que no sabías que tenías. Por momentos, en determinadas partes de El río de la conciencia, uno tiene la sensación de ser el propio Sacks.

Por eso el libro no es una mera recopilación de ensayos sueltos ni su disposición es caprichosa. No es indiferente comenzar por el principio, por el medio o por el final. A medida que uno va leyendo, comprende que Sacks sabía exactamente por qué los textos debían ser esos y seguir ese orden. Como si se tratase de capítulos. Cada uno no tiene nada que ver con el siguiente —o tiene muy poco que ver—, pero al mismo tiempo, y aunque fuesen escritos en distintas épocas, de algún modo cada uno conduce al posterior, como si se tratase de un camino en el que uno se plantea nuevas dudas que el autor va solucionando a continuación. Como si la estructura del libro hubiese sido perfectamente diseñada para ello, aunque sería imposible que fuese así...O quizá no tanto.

Sacks falleció dos semanas después de terminar de perfilar su último libro. Se trataba de un científico del siglo XXI, pero uno tiene la sensación de haber sido coetáneo del último gran humanista. De un hombre que, quizá con más intensidad que ningún otro, era consciente de que el saber es ciencia y viceversa. Para algunos, este ensayo será la mejor forma de descubrirlo. Para otros, su gran despedida.

Oliver Sacks: la despedida del último gran sabio
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