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¿Qué fue de la política?

MARUXA
MARUXA

Cuando yo era pequeño, en mi casa solamente había un televisor. Un artefacto alemán de proporciones formidables y gesto severo que compartía espacio con un sofá y dos butacas en una pequeña sala llena de libros que dividía el pasillo en dos. Nunca tuvimos un televisor en el salón. El salón estaba reservado para cosas mucho más importantes, como por ejemplo permanecer cerrado y a oscuras casi todo el año, esperando que llegase alguna visita o las celebraciones de Navidad.

Mi padre acostumbraba a leer y ver la tele en aquella pequeña sala de estar. Si fumase en pipa, sería allí donde lo haría. Era esa clase de lugar. Por lo general, yo me entretenía con mis juguetes junto a sus pies, sobre la alfombra, dirigiendo mi atención de cuando en cuando hacia las imágenes del televisor y volviendo de inmediato a mis asuntos. Me interesaba poco lo que mi padre veía en aquel aparato, cuya función, desde mi infantil perspectiva en contrapicado, se reducía a mantener un rumor soporífero de fondo, parecido al de alguna rutina eclesial. En cierta ocasión le pregunté qué era aquello tan aburrido que veía todos los días en la tele. Me miró y me contestó: «Es política, hijo». Comprendí que era algo muy serio y seguí a lo mío.

Pero los años fueron pasando y la televisión fue cambiando. Y a medida que la década de los 90 se iba extinguiendo, comenzaron a florecer los talk shows y los programas del corazón. Como esos hongos que nacen en otoño sobre los troncos muertos. Y la televisión y sus contenidos, repartidos ahora en media docena de canales, se fueron volviendo más vulgares, más elementales y más chillones. Y fue en ese momento cuando la industria del entretenimiento se dio cuenta de que eso era lo que cautivaba a los espectadores. Cuanto más burda era la polémica, cuanto mayor era la crispación, mejores eran los datos de audiencia. De aquellos debates ordenados y tediosos que veía mi padre ya no quedaban ni las migas. España no tenía nada que ver con eso. Lo que querían los españoles era ponerse de un lado o del otro en cada controversia. E ir con todo.

Y así se iban formando los correspondientes bandos. La audiencia se ordenaba por gradas con cada enfrentamiento televisivo. Y como siempre ocurre, lo que todo el mundo quería era estar en la grada del equipo ganador. Y además, que el equipo contrario resultase humillado. Aquella idea se extendió por todas las cadenas y todos los formatos. Llegó un momento, comenzado ya el nuevo siglo, en el que o bien estabas del lado de Karmele o bien en el de Pocholo. Del lado de Tamara o del lado de Leonardo Dantés. Del lado de la Esteban o del lado de la Campanario. Y aquellas contiendas, todavía más vulgares, todavía más elementales y todavía más chillonas, eran capaces de arrastrar a las masas. Recuerdo que alguien lo comentó una vez en la cafetería de la facultad: si la Esteban se hubiese metido en política liderando una lista electoral, habría arrasado. Especialmente si la lista contraria la hubiese liderado la Campanario. Todo era cuestión de bandos.

Y como era previsible, poco a poco la política se fue empapando de esta futbolización del show business. Sobre todo cuando las ideas y el debate parlamentario pasaron a tener menos importancia que un eslogan demagógico bien gritado en un plató de televisión. Si de lo que se trataba era de arrastrar a las masas, había que bajar al barro. Lo importante era la intensidad. El objetivo consistía en formar una hinchada numerosa y dispuesta a batallar por sus colores. Deseosa de ganar y, de paso, de pisotear a la grada contraria. Y las arengas políticas, de pronto, adoptaron una función similar a la que tienen los titulares de los artículos periodísticos cuando hablamos de clickbait. Lo fundamental no era el contenido, sino que el electorado picase ese anzuelo. Que los votos llegasen en tromba. Lo que se hiciese después con ellos era otra cosa. La preocupación pasó a ser llegar al gobierno, no gobernar.

Y hasta hoy. Así es la política de nuestros días. Vulgar, elemental y chillona. Cada vez más. Una política cuyo rumbo ha terminado por virar del todo hasta encaminarse hacia sí misma. Si alguna vez tuvo que ver con debatir, pactar y tomar decisiones para gestionar de la forma más eficiente posible la cosa pública, ahora tiene que ver únicamente con el interés del propio partido. O del propio político. Se ha convertido en un espectáculo, el del votobait, que desde luego a mí no me interesa en absoluto. Y por eso a veces me pregunto qué pudo haber sido de aquello tan serio que mi padre veía en su viejo televisor alemán. Qué fue de la política. Y la verdad es que no lo sé. Ignoro qué habrá sido de ella. Pero lo que ha quedado en su lugar genera unos magníficos índices de audiencia, eso sí. Qué suerte tenemos.

¿Qué fue de la política?