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Stephen King: el pop del rey

"¿Hasta qué punto te conviene lo que deseas?", se pregunta Laura Fernández en la recopilación de ensayos publicada por Errata Naturae en mayo de 2019 bajo el título 'The King. Bienvenidos al universo literario de Stephen King'

Stephen King. EP
Stephen King. EP

LA PERIODISTA y novelista condensa en esa reflexión uno de los motores fundamentales de la prosa del célebre escritor estadounidense: el aforismo que reza "cuidado con lo que sueñas porque podrías conseguirlo". Con envidiable precisión gráfica, Laura Fernández matiza: "[Una] máxima que ante las teclas de la vieja Underwood de Stephen King se convirtió en algo parecido a "Cuidado con lo que sueñas porque podrían salirle colmillos y empezar a correr detrás de ti". En eso consiste Stephen King. O al menos, una parte muy grande.

Porque el rey de las novelas de suspense y de terror no es solamente un autor de novelas de suspense y de terror. Ni un autor de literatura comercial —signifique eso lo que signifique—. Ni un autor que entienda la escritura como una industria y nada más que una industria. Hay una frase que lo persigue desde que la pronunció en el año 1998 durante la presentación en Londres de su novela Un saco de huesos: "Soy la versión literaria de los McDonald’s". Muchos de sus detractores, que son todos aquellos que se permiten juzgar su obra con altivez, la esgrimen a menudo. Produce novelas como churros, dicen. Sus textos carecen de profundidad, dicen. No satisface a los paladares más refinados, dicen. En realidad, al leer la frase completa, su sentido cambia: "Dejo que la gente me ponga la etiqueta que más le gusta, pero yo me veo como un narrador de historias. Exporto pequeñas experiencias de Estados Unidos. En definitiva, soy la versión literaria de los McDonald’s". King no hablaba de calidad. Hablaba de su capacidad para llevar pedacitos de Estados Unidos —muchas veces, pedacitos de Maine— a todas partes en cada uno de sus libros.

Y si esos pedacitos están intensamente presentes en sus novelas de terror, lo están todavía más cuando su ficción se aleja de ese género. Y se ha alejado mucho y en numerosas ocasiones. Es algo que entendí incluso antes de haber abierto un solo libro de Stephen King, cuando a finales de los años 90 descubrí que una de mis películas favoritas —todavía lo es hoy—, Cadena perpetua, estaba basada en un relato de Stephen King: Rita Hayworth y la redención de Shawshank. "¿Pero ese tipo no escribía historias de terror?", debió de exclamar mi cerebro mientras encorvaba una ceja. Poco después vi Cuenta conmigo, estrenada una década antes, y me volvió a ocurrir lo mismo. No solo estaba basada en otra novela corta de Stephen King (El cuerpo), sino que esta se contenía en el mismo libro que Rita Hayworth y la redención de Shawshank. Se trataba de una colección titulada Las cuatro estaciones, y en ella se encuentra definitivamente presente ese Stephen King al que Rodrigo Fresán se refería hace dos años en el periódico colombiano El Tiempo como "uno de los mejores narradores puros y duros en toda la historia de la literatura, más allá de géneros y gustos".

Comenzó a escribir historias cuando vivía con su familia en una caravana

A lo largo de su carrera, King ha sabido aparcar el terror para adentrarse en muchos otros géneros, como por ejemplo el fantástico. Lo sobrenatural seguía siendo clave en las novelas Los ojos del dragón o El talismán, publicadas ambas en 1984, pero por primera vez la historia se alejaba de lo espeluznante para adentrarse en un mundo de reyes, magos y dragones, en el caso de la primera, y en diferentes universos, en la segunda. También ha abordado el tema feminista en El retrato de Rose Madder, Dolores Claiborne y El juego de Gerald, tres novelas sobre tres mujeres que se encuentran en una situación límite. Ha escrito sobre la guerra de Vietnam en Corazones en la Atlántida —sin apartarse del todo de lo sobrenatural—. Ha publicado obras que se enmarcan dentro de la novela policíaca, como Colorado Kid o la trilogía basada en el personaje de Bill Hodges. Ha entrelazado la ficción política y la ciencia ficción en novelas como La cúpula o 22/11/63. Pero quizá el terreno en el que mejor se ha movido, además del terror —y exceptuando la descomunal La torre oscura—, sea el de la intriga, que —en combinación con el elemento fantástico— cristalizó en una magnífica novela sobre la condición humana: La milla verde.

Quienes lo acusan de escribir para seguir exprimiendo la gallina de los huevos de oro se equivocan. Stephen King siempre ha sido un lector voraz. En varias ocasiones ha reconocido que no se le ocurre mejor entretenimiento que un libro. Comenzó a escribir historias cuando vivía con su familia en una caravana en su Maine natal y ganaba 6.000 dólares al año trabajando como profesor en una academia. Al intentar dar forma a Carrie, su primera novela, se sintió frustrado y decidió tirarla a la basura. Se había rendido. Afortunadamente, Thabita Jane Spruce, su mujer, recogió el manuscrito y le animó a seguir trabajando en él.

Una vez terminado, King lo envió a la editorial Doubleday y recibió un pago de 2.500 dólares en concepto de adelanto. Entendió que publicando dos o tres libros al año, haciendo lo que más le gustaba—aunque tuviese que publicar algunas novelas bajo seudónimo—, podría vivir mejor que siendo profesor en aquella academia. A día de hoy ha vendido cerca de 400.000.000 de copias de sus libros. En su ensayo del año 2000 titulado Mientras escribo se encuentra una interesante reflexión sobre todo esto: "Escribir no es cuestión de ganar dinero, hacerse famoso, ligar mucho ni hacer amistades. En último término, se trata de enriquecer las vidas de las personas que leen lo que haces, y al mismo tiempo enriquecer la tuya. Es levantarse, recuperarse y superar lo malo. Ser feliz, vaya. Ser feliz".

Él mismo lo ha dicho alguna vez: "Cuando encuentras algo en lo que eres realmente talentoso, haces esa cosa hasta que tus dedos sangren o tus ojos salgan expulsados de tu cabeza". Escribe porque sabe que a pocos se le da tan bien como a él. Por la calidad de su narración, por la profundidad de sus personajes, por la riqueza de los detalles, por esa forma incomparable de crear un universo propio en el que las historias de sus novelas se nos muestran interconectadas a través de personajes, pueblos y acontecimientos comunes a todas ellas. Casi todo lo que ha tocado lo ha convertido en cultura popular. Stephen King es ya un elemento fundamental de la cultura pop —su columna en Entertainment Weekly, de hecho, publicada entre 2003 y 2011, se llamaba The Pop of King ("El pop del rey"), formando un juego de palabras con su apellido y el apodo de Michael Jackson a la inversa—. Ha ganado el prestigioso premio literario O. Henry, el National Book Award y la Medalla Nacional de las Artes, que le entregó el presidente Barack Obama en la Casa Blanca en 2015. Sin embargo, todavía hay gente que lo considera un mercenario de la literatura, un ejemplo de bestsellerismo, un productor de baratijas. Tal vez sea por eso por lo que otros, tal vez para compensar, llevan años reclamando que le den el Premio Nobel. Veremos quién acaba teniendo razón.

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